28.Yo conozco mis ovejas, y las mías me conocen.Jn.10:14
Estas palabras nos hablan de una relación muy especial entre Dios y sus hijos renacidos, de la que depende todo. ¿De qué se trata? Recordemos lo que dijo solemnemente nuestro Señor en el gran momento decisivo en que se disponía a presentar su sacrificio expiatorio: ”Esta es la vida eterna: Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn.17:3). Escuchen bien lo que asegura el Señor Jesucristo: Conocer a nuestro Dios y Salvador, ¡eso es la vida eterna!
En el día del Juicio Final, los que confiaron en su propia piedad, capacidad y religiosidad, sufrirán la mayor desilusión que se pueda imaginar. Muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu Nombre, y en tu Nombre echamos fuera demonios, y en tu Nombre hicimos muchos milagros?” Mas Jesús advierte con toda claridad que los rechazará con las palabras: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de Mí!” (Mt.7:22,23).
Las mismas palabras se repiten en el eterno repudio a las cinco vírgenes insensatas, que tienen sus lámparas apagadas por falta de aceite. El Señor les dirá: “De cierto os digo, que ¡no os conozco!” (Mt.25:12). ¡Pensemos a qué extraordinario conocimiento se refiere esto!
Cristo emplea la misma expresión de juicio al explicar por qué muchos que querrán entrar al cielo, no podrán hacerlo. Ellos dirán: “¡Señor, Señor, ábrenos!… delante de Ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste!” Pero Él les contestará: “Os digo que no sé de dónde sois; ¡apartaos de Mí, todos vosotros, hacedores de maldad!” (Lc.13:25-27).
Al leer esto vemos el santo celo de Cristo, el implacable Juez, recalcando la importancia decisiva del conocimiento íntimo entre Él y sus fieles. Algunos se preguntarán por qué el Señor, en vez de decirle a los condenados: “No os conozco”, no los acusa de algún delito, diciéndoles por ejemplo: “Desobedecieron mis Mandamientos”, o: “No fueron lo suficientemente sinceros en su arrepentimiento y santificación…”; sí, muchos se preguntan por qué el Señor no les señala explícitamente la maldad que cometieron ni les extiende más su gracia, que tanto quisieran recibir. Les resulta incomprensible que solamente les diga: “¡No os conozco!” Estas personas tienen que entender que en el Juicio Final, lo decisivo no serán las obras, sino el motivo por el cual se hicieron (Mt.25:31ss). Jesús dirá: “A Mí me lo hicieron” (v.40b) “Lo que hicieron por la fe en Mí, y por amor a Mí, al más pequeño de mis hermanos”. La estrecha relación que los creyentes tuvieron con Él, es la fuente de la que brotaron esas obras. Jesucristo, y no la propia santidad, fueron el motivo de su celo por la santificación. La glorificación de Cristo fue su objetivo.
Teniendo en cuenta el cuidado especial que Cristo puso en destacar este “conocimiento”, ¿acaso no debieran detenerse y dejarse enseñar de una vez por todas, para el bien de sus almas inmortales y el honor del Señor Jesucristo? Él tiene las llaves de nuestro destino eterno en su mano. Cuando Él cierra, ya nadie más abrirá. ¿Acaso no debiéramos reflexionar todos sobre esas palabras y tomarlas a pecho?
Muchas personas serias y religiosas, después de muchos años de un equivocado celo por Dios y por la Iglesia, -con el que pensaban merecerse la beatificación-, despertaron y reconocieron a Cristo. Y pudieron ser arrebatadas -como tizón del fuego- porque finalmente conocieron el secreto del Reino de Dios.
Llegaron a conocer al gran Salvador, al santo Cristo, que derramó su sangre por nosotros y cuyas manos y pies fueron traspasados por clavos en la cruz. Así hallaron paz y con gozo le consagraron todo el resto de sus vidas en gratitud. Y de ahí en más, tuvieron la sabiduría de confiar solo en Él y en su muerte vicaria, al extremo que perdieron toda estima de sus méritos y religiosidad personales, llegando a considerarlos como basura, en comparación con la Justicia y el sacrificio de Cristo.
Esa forma de pensar, se obtiene cuando se conoce debidamente a Cristo. Y solo los que conocen así a Jesús, son sus ovejas.
“Si quieres conocer e identificar a un cristiano”-dice Lutero-“o saber por qué se lo denomina así, no debes intentarlo aplicando la Ley de Moisés, o comparando su vida y santidad con la de los más célebres santos. Solamente debes tomar en cuenta estas palabras de Cristo: “Yo conozco mis ovejas, y las mías me conocen”. Cristiano no es el que lleva una vida austera y observa una disciplina severa, como los frailes y ermitaños más serios. Los judíos y paganos también saben hacer esas cosas, y algunos de ellos llevan una vida mucho más sacrificada aún. En otras palabras: Nada de lo que podemos hacer, o de lo que puede ocurrir con nosotros, nos convierte en cristianos. La única manera en que nos convertimos en cristianos es conociendo a Jesucristo; amándolo y adorándolo por los motivos que Él quiere ser amado y adorado; por ser Él nuestro Buen Pastor, que dio su vida por las ovejas, y que las conoce. Ese conocimiento no es otra cosa que la fe, que viene de oír el Evangelio”.