28.Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti.Is.54:10
“¿A quién tengo que creerle más lo que dice acerca de Dios, que a Dios mismo?” preguntaba el obispo Ambrosio. Infelizmente, todos los hombres, inclusive los iluminados y fieles, tienen la tendencia a opinar sobre la salvación en base a sus prejuicios. Tenemos la tendencia a opinar sobre la relación de Dios con nosotros, de acuerdo a lo que percibimos o experimentamos por nosotros mismos. No queremos oír a Dios en su Palabra, ni ver cómo nos reveló su voluntad y plan de salvación. No queremos reflexionar sobre lo que Dios resolvió y está escrito en la santa Biblia. Preferimos consultar con nosotros mismos, afligirnos, meditar, suspirar y exclamar: “¡Ah, ojalá pudiese saber en qué situación se encuentra mi alma ante Dios! ¿Cómo podría estar seguro de esto?”
Pero, ¿qué seguridad pueden darme mis propias reflexiones, sentimientos o impresiones? ¿De qué me sirven mis facultades mentales para iluminar esta gran cuestión? Mis pensamientos son como hojarasca y paja llevada por el viento.
A veces pienso que Dios es pura bondad y amor, y a veces me lo imagino como a un severo juez, encarándome con la Ley. Creo ver a Dios en todo lo que me rodea, y al rato me parece que Él no existe. Por un momento me considero un cristiano bastante bueno, y de pronto pienso que soy un pecador perdido e incorregible. Así varían mis opiniones y van de un extremo al otro. Lo que siento u opino en un momento, puede ser tan equivocado como lo que opino en otro momento…
Esta tendencia de opinar de acuerdo a nuestra razón, hizo que muchísima gente se desviase completamente del camino de la salvación. Cada cual se forma su propia idea, y no acepta nada más. Uno cree poder agradar a Dios con esto, el otro con aquello. Así cada cual elige su propio camino y tal vez se sientan bien con eso en su corazón; entonces, inmediatamente sacan la conclusión de que debe ser bueno y correcto, y que hay que vivir así.
Por ejemplo, alguien piensa poder agradar a Dios cumpliendo formalmente cierta obra de la Ley, como ayudar a los necesitados, ir a la iglesia, etc. Otro piensa poder conquistar a Dios por medio de sus virtudes interiores, como la humildad, bondad, etc. Un tercero lo intenta con renunciamientos, penitencias y retiro a la soledad. Así, y de otras formas, el pecador cree poder obtener el perdón y el beneplácito de Dios…
¿Por qué la gente elige y sigue estos errores de su propia imaginación? Por su ignorancia acerca de lo que Dios ya decidió desde la eternidad, en cuanto a la salvación del hombre caído; y porque se resisten a reflexionar en esto. No saben nada del pacto que Dios Padre hizo con su Hijo, ni del Pacto que hizo para los hombres. (No me refiero a los que descuidan su salvación, ni a los que con una fe imaginaria “convierten la gracia de Dios en libertinaje” (Jud.4). Me refiero a los que efectivamente buscan la salvación, pero de manera equivocada).
Eso ocurre inclusive cuando buscamos la salvación correctamente, es decir sólo por la fe en Cristo, pero convertimos nuestra fe en algo meritorio. Tomamos nuestra decisión de seguir a Cristo y tratamos de convencernos. Nos preocupamos por creer en nuestra salvación, pero concentramos la atención en nosotros mismos: Queremos llegar a ser buenos discípulos y así estar seguros de que somos salvos. Pero no llegamos a ninguna seguridad.
Vacilamos de aquí para allá, como movidos por el viento, buscamos dentro de nuestras almas lo que nunca hubo allí, lo que debiéramos buscar únicamente en la instrucción celestial, es decir, en la Palabra de Dios; en el Evangelio que nos reveló Cristo. Recordemos que la fe no se produce porque nosotros nos empeñamos y esforzamos por creer. Se produce cuando apartamos nuestra atención de nosotros mismos, de lo que poseemos, percibimos y somos nosotros, y la concentramos en lo que decidió y nos reveló Dios acerca de nuestra salvación. Nos esforzamos por creer, y rogamos a Dios que nos ayude, pero seguimos en la inseguridad y sin paz. Y nos preguntamos ¿Cuál podría ser el motivo? Pero no nos maravillemos.
Posiblemente todavía no hemos tenido en cuenta, ni hemos reflexionado nunca en lo que ya ha quedado decidido sobre este tema desde antes de la fundación del mundo, en el gran plan que Dios tuvo en el cielo. Posiblemente todavía no hemos conocido ni reflexionado sobre el pacto que Dios Padre hizo con su Hijo, y sobre la alianza que hizo con los hombres.
¡Cuán necesario es saber esto! ¡Y qué importante es conformarnos con esto y edificar nuestra fe únicamente sobre ese fundamento! Así podemos estar firmes, sobre un fundamento que perdurará en la vida y en la muerte, porque es eterno. Ha sido puesto profundamente, antes de la fundación del mundo, como dice expresamente el apóstol “… según nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo” (Ef.1:4). Por eso también perdurará después de este mundo. “Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti” (Is. 54:10).