28 de julio 2026

    28.¡De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en Él!Col.2:6

    “De la manera” significa “así”, “del mismo modo” “…en que han recibido al Señor…así andad en Él”. O sea: Como ocurrió al principio, en el origen de la vida espiritual, como cuando lo recibieron y nacieron de nuevo, así debe ocurrir también a continuación, en el desarrollo de esa vida, durante el peregrinaje terrenal.

    Lo mismo que al principio llegó a ser la muerte del viejo hombre, y el origen del nuevo, lo mismo debe llegar a ser la muerte del viejo hombre y el desarrollo del nuevo de ahí en adelante.

    Todo el capítulo en el que encontramos estas palabras, tiene la finalidad de enseñar a las personas que recibieron a Jesucristo, que nunca se dejen seducir y piensen que deben realizar algo especial para llegar a ser santos. ¡No! Deben saber que el mismo Señor Jesucristo y la misma fe en Él, por la que obtuvieron el perdón y fueron justificados-, también produjeron y siguen produciendo la santificación. Sólo deben perseverar y crecer en esa fe mediante la cual lo recibieron al principio, y “asirse de la cabeza, (Jesucristo), en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios” (Col.2:19). En resumen: Todo depende de que permanezcamos en Cristo, a quien Dios nos dio para justificación y santificación (1 Co.1:30). Así dijo el mismo Señor “¡Permaneced en mí, y yo en vosotros! Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn.15:4). Permaneciendo en Él, en primer lugar tenemos la vida y la fuerza para hacer lo bueno y en segundo lugar, todo el cuidado, la supervisión y corrección que necesitamos; como dice el propio Jesús: “Todo pámpano en mí que lleva fruto, mi Padre lo limpiará, para que lleve más fruto” (Jn.15:2b). Porque a pesar de ser un pámpano bueno y fructífero, todavía no está totalmente limpio y con los debidos cuidados puede producir más fruto aún.

    Primero se coloca un buen fundamento y se endereza la vida interior; el segundo paso es mortificar la carne, y dejar dominar al Espíritu en todas las situaciones. En el Bautismo el viejo hombre fue sentenciado a muerte. Fuimos bautizados para tener parte en la muerte de Cristo. Cuando alguien llega a ser cristiano, debe comenzar en seguida a abandonar su antigua manera de vivir.

    “Cristo por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co.5:15). Tan pronto como recibimos la gracia de Dios y la paz con Él, recibimos también un vivo deseo de vivir para Él, y de morir a nosotros mismos. Puede ser que alguien confiese la fe, pero no tiene un espíritu dispuesto a morir a sus intereses carnales. No quiere estar crucificado con Cristo. Quiere tener ambas cosas: Su fe, y la libertad de vivir como le agrada a la carne. No quiere someterse a ninguna amonestación de la Palabra de Dios. Prefiere proseguir impune y licencio samente su vida natural. Tal persona se engaña a sí misma con una fe falsa, porque “los que son de Cristo, han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gá.5:24).

    Aquí queremos ofrecerles a los principiantes en la fe y en la gracia, algunos ejemplos sencillos de cómo y cuándo mortificar la carne. Te despiertas de mañana. ¿Qué es más razonable que comenzar el día agradeciendo y adorando al Dios de tu vida, a tu Padre celestial, con profunda gratitud por todo lo que te dio en cuerpo y alma? De modo muy especial agradecerle por haber entregado a su Hijo por ti, y por haberte dado su Palabra y los santos Sacramentos; también darle gracias porque eres un hijo de Dios, estás revestido de Cristo, y a los ojos de Dios estás limpio, y tienes hoy su misericordia. ¡Entonces da gracias y adora a tu Dios! Pero… sientes pereza para orar? ¡Es tu naturaleza carnal! Y la carne no debe prevalecer; debe ser mortificada. Este es el ejercicio de tu nueva vida. Cultiva tu amistad con Dios todo el día. Ten miedo de hacer algo contra Él. Horrorízate ante el pecado más que ante la muerte. ¿Eres indiferente y flojo? ¡Eso también es tu naturaleza carnal! ¡Tienes una vocación en esta vida? Debes desempeñarla con diligencia y cuidado. ¿O eres descuidado e irresponsable en tus obligaciones? Eso es otra vez tu naturaleza carnal, que debe ser mortificada. ¿Eres jefe de hogar o ama de casa? ¡Administra con celo y esfuerzo, y también con suavidad y delicadeza! ¿O eres negligente y descuidado, impaciente y grosero? ¡Es tu naturaleza carnal, que debe ser mortificada! ¿Eres un hijo o empleado? Entonces ¡haz lo que te ordenan hacer, y hazlo con amor, respeto, humildad, dedicación y lealtad! ¿Surgen la impaciencia y el mal humor en ti? ¡Es la naturaleza carnal, que debe ser mortificada! ¿Tal vez alguien te ha insultado de alguna manera; y tú quieres enojarte y odiarlo? ¡Cuidado! ¡Es tu naturaleza carnal! Tal vez surjan en tu alma deseos impuros, o envidia, orgullo, o codicia. Son todos frutos malos de tu naturaleza carnal, que no debe dominar más, sino ser sometida. En esto consiste el ejercicio de la fe.

    De los Mandamientos de Dios aprendemos en qué consiste o qué es la verdadera santidad. No necesitamos tratar de hacer grandiosas hazañas de nuestra propia imaginación para lograr la santidad. Meditando en los Mandamientos hallaremos tanto para hacer, que nunca estaremos conformes con nosotros mismos. Es decir, si miramos atenta y seriamente la voluntad de Dios, y luego nuestro hombre interior a la luz de los requisitos espirituales de la Ley de Dios, permaneceremos toda nuestra vida en dependencia de la ayuda y fidelidad de Dios. Y es exactamente así como se mortifica la carne. Es el arte de la santificación, en el que dependemos cada día de Dios como un niño, y quedamos junto a Él, por medio de su Hijo Jesucristo. Manteniendo la fe, la confianza filial, el gozo, la lealtad y el valor por el Evangelio de Cristo.

    Y luego, con este espíritu dispuesto, hemos de prestar atención a la santa voluntad de Dios, y al hermoso ejemplo de nuestro Señor Jesucristo. Esto no sucederá tan fácil ni tan sencillamente como se lo dice, pero sucederá como el Señor lo conceda, cuando trate a cada persona conforme a la medida de la fe que le repartió (Ro.12:3b).

    Publicado por editorial El Sembrador