28.No matarás.Éx.20:13
Por la explicación que nuestro Señor Jesucristo hace de este Mandamiento en el Sermón del Monte, vemos que la mirada y los pensamientos de Dios son bastante más profundos que los nuestros. Dios mira nuestro ser interior.
El Creador y el “Padre de los espíritus” (He.12:9) ve y conoce nuestro espíritu, nuestro corazón y nuestros más íntimos pensamientos. Por eso, las palabras: “¡No matarás!” abarcan mucho más que la prohibición de quitarle a un ser humano la vida física.
La prohibición no se dirige sólo a tu mano, sino a toda tu persona: A tu cuerpo, alma, corazón, lengua, mirada, y motivaciones secretas. Al decir “¡No matarás!” Dios mira tu amor o falta de amor. Quien ordena: “No hagas esto, o aquello” no le dice eso sólo a la mano, sino a la persona completa. Y aun si dijera: “Que tu mano no haga esto o aquello”, no estaría hablándole a la mano, sino a la persona: Al cerebro y a la voluntad que dominan esa mano. La mano es un instrumento del alma; de la mente y del corazón.
Dios se fija ante todo en el ser interior. Las palabras “¡No matarás!” significan exactamente lo mismo que si diría: “Nada, en todo tu ser, debe matar”. Todas las formas de matar que podamos imaginar: Con un arma, con las manos, con la lengua, con el corazón, con miradas de ira y gestos de odio, o con oídos sordos para la verdad… todas están comprendidas en la prohibición de matar.
En cualquiera de esas formas de matar están tan involucrados el corazón y el ser interior, que para Dios quien actúa así, es un asesino. Este Mandamiento prohíbe, en primer lugar, el crimen concreto de homicidio. Nadie tiene el derecho de acortar la vida de otra persona por su cuenta.
¡Absolutamente nadie! Por otra parte, cuando las autoridades abaten a un criminal, no es un asesinato por cuenta propia, sino por mandato de Dios, quien ordenó a los gobernantes -a las autoridades establecidas- a no llevar “la espada” (el arma) en vano. Son “servidores de Dios, vengadores para castigar al que hace lo malo” (Ro.13:4).
Pero además Dios prohíbe toda idea o deseo de matar, aunque el homicidio no llegue a consumarse. El odio del corazón, en general, no se puede ocultar. Se revela en el rostro siniestro, o en palabras y gestos hirientes. Ese odio no sólo es pecaminoso ante Dios; también es el comienzo del homicidio. En fin, lo que imagina, dice o hace una persona amargada, llena de odio, envidiosa, vengativa y hostil contra su prójimo, es pecado contra el Quinto Mandamiento. Ante la vista de Dios, es asesinato. Por ejemplo, el padre que castiga a su hijo con ira descontrolada, aunque es la persona indicada para castigar al hijo, si no lo reprende por amor, con el deseo de corregirlo y para su propio bien, sino que lo maltrata con una mentalidad perversa e ira descontrolada… peca contra este Mandamiento. En el momento del castigo no piensa en el daño que le puede causar al cuerpo y al alma de su hijo; sólo quiere desahogar su cólera. ¿Acaso tal padre no merece ser acusado como homicida de su propio hijo?
O la madre furiosa, dominada por su mal carácter, que vuelca la rabia de su corazón en su hija con maldiciones e insultos, sin darse cuenta que su furor es como un fuego que destruye la vitalidad espiritual y corporal de su hija. ¿Qué es esa madre ante Dios? Nada menos que la homicida de su propia hija.
¿Y ese marido, que por su odio salvaje y descontrolado descarga una furia irracional contra su mujer, a la que debería mostrar ternura, afecto, comprensión y compasión? ¿O esa esposa resentida que fastidia día y noche a su marido, al que debería respetar, con palabras despectivas e hirientes, y con una actitud fría y desafiante? ¿Y ese patrón avaro y despiadado, que explota a sus empleados…? ¿Qué es todo esto ante Dios, e incluso ante los hombres, sino actitudes criminales que amargan y acortan la vida a otros? ¿Cómo podría aprobar el bondadoso y misericordioso Señor ese menosprecio, odio y crueldad contra nuestro prójimo?
Y es lo mismo también cuando privamos a nuestro prójimo de sus medios de vida; o si nos negamos a socorrerlo, cuando corre peligro de muerte. Según la Escritura, el que priva a alguien de sus medios de vida, lo mata (1 Jn.3:15-17).
Si vemos al prójimo sufriendo una necesidad y no sentimos compasión, sino que cerramos nuestros corazones, y no le damos lo que necesita para sobrevivir… también somos responsables de su muerte. Porque si todos obrasen de la misma manera, el desdichado efectivamente moriría. Y entonces nosotros habríamos participado en su homicidio, con igual culpa que la del que ve a su prójimo en peligro de morir quemado o ahogado, y no trata de rescatarlo.