28.Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.Ro.11:29
¡Qué poderoso consuelo contienen estas palabras! El pensamiento central del texto, es que Dios no puede arrepentirse de la elección que hizo, ni anular la gracia que anteriormente dio.
Como fundamento de nuestra esperanza de salvación, tenemos una elección y un llamado que data de mucho tiempo atrás. Hemos recibido grandes y preciosas promesas, porque “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. “Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo” (Ef.1:4). Este plan de salvación es completamente inalterable, absolutamente independiente de nosotros. Puesto que Dios ha tomado su decisión hace tanto tiempo atrás, es que ninguna persona pudo influir en ella. Es algo que sucedió “antes de la fundación del mundo”.
Cuando Dios nos eligió, no existía ni el sol ni la luna. No había días ni noches.
En la libre voluntad de su propio ser eterno, el Señor Dios planeó crear al mundo y crear a los seres humanos a su imagen y semejanza, para que fuesen sus hijos y herederos de todos sus dones. Seres que pudiesen ver y alegrarse en las perfectas obras de Dios. Y para que pudiésemos conocer también su divina justicia y misericordia, decidió ponernos a prueba. Él anticipó que seríamos seducidos por la astucia y la envidia del depravado ángel caído y entonces en su pensamiento decidió nuestra salvación: Nos daría a su eterno Hijo unigénito, para que sea nuestro mediador. Él descendería a nuestro mundo, asumiría nuestra carne y nos representaría. Cumpliría las exigencias de la ley por nosotros, y sufriría el castigo en nuestro lugar. Todo el que está desesperado debido a sus pecados y acude a Él, y confía solamente en Él, no se perderá, sino que tendrá vida eterna.
Esta es la decisión libre y personal que Dios tomó para nuestra salvación. Es la elección eterna, basada en su gracia. Así escribió el apóstol Pablo sobre esto: “Dios… nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo… habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef.1:4-6). Y ya en el mismo día de la caída en el pecado, Dios anunció este plan de salvación. Y luego, incontables testigos y sacrificios, anunciaron y simbolizaron una y otra vez su promesa. Hasta que vino el tiempo señalado, y todo se cumplió con el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesús.
Juan el bautista testificó: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn.1:29). También el mismo Señor dijo: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt.26:28). Y una multitud de evangelistas testifica: “Sólo en Él hay salvación”. “Su sangre nos limpia de todo pecado”.
Vemos, pues, que este plan de salvación fue realizado hace mucho tiempo atrás, y fue ampliamente anunciado.
¿Podría entonces retractarse Dios, y anular su eterno llamado y su don? ¿Se pondría Dios a buscar ahora justicia en nosotros, y pagarnos de acuerdo a nuestros pecados? ¿O acaso el gran Dios de Israel no es fiel e inalterable en su eterno plan ¿No se atiene a sus muchas y preciosas promesas? ¿Cambiaría Él alguna vez lo que Él mismo decidió y anunció? Recordemos que nos eligió “según el puro afecto de su voluntad”.
Cuando nos sentimos aterrorizados por nuestros pecados, solemos pensar que Dios nos tratará de acuerdo a ellos. Pero tratemos de recordar en esos momentos, que Dios nos ha dado a su Hijo precisamente porque somos pecadores. Entonces, ¿miraría Dios ahora nuestros pecados y dejaría de ser misericordioso con nosotros, con los que, afligidos por nuestra propia maldad, todavía seguimos creyendo en su Hijo y buscamos nuestra salvación en Él? ¿Se cansaría de nosotros y nos rechazaría a causa de nuestros pecados? ¡Eso sería anular su gracia!
Eso no puede ocurrir jamás, “porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” ¡Sea Dios eternamente alabado, por habernos elegido en Cristo antes de la fundación del mundo! Él ha decidido concedernos su gracia solamente por medio de su Hijo y nunca anulará esa decisión.
Dios también ha hecho un pacto individual con cada uno de nosotros, en nuestro bautismo, “la aspiración de una buena conciencia hacia Dios” (1 P.3:21).
Por ese medio fuimos adoptados como hijos suyos e injertados en Cristo, para que solamente por medio de Él fuésemos completamente lavados (Jn.13:10). ¿Podría el Señor, nuestro Dios anular su pacto y empezar a tratarnos de acuerdo a lo que realmente somos? Si alguien ha caído en la incredulidad, entonces sí, sin lugar a dudas, es como los israelitas infieles, una “rama” cortada y separada de la vid (Jn.15). En ese caso no está recibiendo la savia de la planta; y así, el incrédulo no puede recibir la gracia de Cristo. Pero el Señor “se acordó para siempre de su pacto” (Sal.105:8). Él quiere darle una gracia especial y traerlo de regreso.
En fin, nuestra infidelidad no puede anular la fidelidad de Dios (Ro.3:3). El Señor no puede alterar ni anular su pacto, “porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”.