28.Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor.Col.3:18
La base de todas las obligaciones que tiene la esposa para con su marido, se encuentra en la Palabra de Dios “¡Estad sujetas a vuestros maridos!”
El apóstol podría haber mencionado otras obligaciones, como la fidelidad, la dedicación al hogar, etc., pero menciona una sola: “¡Casadas, estad sujetas!” Este fue también el único Mandamiento que Dios le dio a la mujer al principio, cuando le dijo: “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Gn.3:16b).
El marido puede recordarle a su esposa qué desea particularmente de ella, de acuerdo al mandato que Dios le ha dado. Por eso el apóstol resume las obligaciones de la mujer, en forma muy concreta. Pero podemos oír a más de una mujer preguntando: -¿Quiere decir que el marido puede exigir lo que se le ocurra?- ¡No, no es así! Él también tiene reglas a las que ajustarse. Y si el marido no se ajusta, notemos que el apóstol agrega que la mujer ha de obedecer: “…como conviene en el Señor”. La mujer debe sujetarse al marido no porque él sea un hombre ni porque tenga buena conducta, sino porque “conviene en el Señor”. La mujer debe someterse al marido por causa del Señor, más allá de que el marido cumpla o no con sus obligaciones. Con respecto al gobierno, que es una institución humana, el apóstol Pedro dice: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana” (1 P.2:13) ¡Cuánto más debiera someterse la mujer a una ordenanza puramente divina, como es el matrimonio!
Las palabras: “como conviene en el Señor” comprenden dos cosas: Primero, que la mujer debe someterse a su marido por razones cristianas, “por causa del Señor”. Y segundo, esto debe ocurrir en forma cristiana; o sea, en una forma que concuerda con la Palabra del Señor. Debe obedecer como el Señor se lo ordenó. Debe reconocer a su marido como a su señor. Debe subordinarse no sólo con palabras y acciones, sino también con su voluntad.
“Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”. De todo corazón, “por causa del Señor”, debe hacer suya la voluntad de su marido. Acerca de esto dice Gregorio, un antiguo maestro de la Iglesia: “La mujer debe agradar a su marido, para no desagradar a su Creador”. Pero, que una mujer obedezca en todo por causa del Señor, no significa que debe obedecer a su marido en algo con lo que desobedecería a Dios. Por ejemplo, si el marido ordenase algo contrario a los Mandamientos de Dios, vale la regla universal: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch.5:29). Pero en lo demás, las Escrituras enseñan claramente que la mujer se someta a su marido en todo. Así reza la instrucción apostólica: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es la cabeza de la mujer, así como Cristo es la cabeza de la Iglesia, la cual es su cuerpo, y Él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (Ef.5:22ss) ¡Estos sí son grandes y gloriosos motivos! Así como Cristo es la cabeza de la Iglesia, y la iglesia, “la desposada, la esposa del Cordero” (Ap.21:9) se subordina a Él, así el marido ha de ser la cabeza en la familia. Dios se lo ordenó. Y es por eso que la esposa cristiana se somete a su marido.
El apóstol Pedro dice algo parecido: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, para que también los que no creen a la Palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa” (1 P.3:1-2). Pedro habla de mujeres cuyos maridos eran evidentemente paganos. En el tiempo del apóstol, esto ocurría frecuentemente cuando se predicaba el evangelio por primera vez, y era convertido sólo el marido, o solamente la esposa. Aunque el marido de una esposa cristiana era un pagano, el apóstol insta a la mujer creyente a someterse a él. ¡Ojalá todas las esposas cristianas lo recordasen! Si Dios la convirtió a ella y no a su marido, su deber es someterse a él, por más inteligente y hábil que fuese, en tanto que él no le ordene hacer algo malo. Por ordinario e impío que el marido pagano pueda ser, el apóstol exhorta a la mujer cristiana a que se someta. Y si el marido no permite que ella le dé testimonio de Cristo con palabras, el apóstol quiere que no obstante lo haga por medio de su sumisión, bondad, amabilidad y fidelidad cristianas. De esa forma es posible que el marido sea “ablandado”, bajo el poder de la humildad y del amor; y que comience a escuchar la Palabra de Dios, cambiando de actitud y diciendo: -En mi esposa veo que los cristianos son buenas personas ¡Dios me ayude a llegar a ser cristiano también!
¡Quiera Dios conceder a todas las esposas cristianas esta manera de pensar, en cuanto a sus obligaciones! Sabemos que esto le duele a la carne y a la sangre, que se quieren rebelar contra las ordenanzas de Dios y protestan: ¿Acaso debo someterme siempre? Pero donde reina Cristo uno crucifica su carne. Entonces le resulta dulce al espíritu practicar las acciones que Jesús desea que practiquemos; y uno se alegra por tener la oportunidad de hacer lo que le agrada al Señor. Como comenta Lutero al respecto: “Para la mujer obediente a su marido, es un verdadero tesoro tener la certeza de que sus acciones agradan a Dios. ¿Podrá encontrar una felicidad mayor? Por lo tanto, la mujer que desea ser una esposa cristiana, que no pregunte por las cualidades de su marido, si es bueno o malo ¡No! Lo que importa es que Dios la colocó en el estado matrimonial. Por eso ella tiene que subordinarse voluntariamente a su marido y obedecerle”.