28 de abril 2026

    28.¡Y no nos metas en tentación!Mt.6:13

    Si oré con sincera fe en Jesús: “¡Perdónanos nuestras deudas!” y tengo la seguridad de que todo pecado ha sido perdonado; y si creo que Dios, por amor de su amado Hijo, ahora está reconciliado conmigo, entonces el mayor deseo de mi corazón necesariamente será no ofender de nuevo a mi piadoso Padre celestial. Por eso, en seguida suplicaré de corazón: “¡Y no nos metas en tentación!” “¡Ayúdame, Señor, a no pecar nuevamente contra ti!” Quien desea escapar al castigo del pecado, pero no se preocupa en absoluto por evitar el pecado mismo, demuestra que un espíritu falso lo domina.

    Es característico de toda alma honesta, que aun antes de llegar a la fe salvadora, se sienta más ansiosa por vencer el pecado que por obtener el perdón.

    Algunos, cuyas conciencias han sido despertadas, se confunden y anteponen la sexta petición del Padrenuestro a la quinta. Primero quieren verse librados del dominio del mal, y luego piden el perdón. Algo similar ocurre con los creyentes, especialmente si su espíritu es más legalista que evangélico. Por cada vez que piensan en el perdón, piensan diez veces en la forma de evitar el pecado. Y esto no es lo correcto. Porque el Evangelio del perdón tiene que llenar nuestro corazón, -si queremos tener el santo celo y el poder para vencer el pecado.

    En la persona espiritualmente dormida y carnal, reina un espíritu falso, que no se aflige para nada por evitar el pecado. Pero eso no significa necesariamente que alguien, con tal de ser honesto, deja de ser carnal y de amar el pecado.

    Además de la sinceridad, en el alma creyente se produce una acción distintiva del Señor; Dios crea un corazón santo y un espíritu dispuesto, que nos inspira temor ante la maldad de nuestra propia carne, y nos hace exclamar: “¡Señor, no nos metas en tentación, antes ayúdanos a combatir el pecado! ¡Ayúdanos contra la seducción de la propia carne corrupta, del mundo impío y del diablo engañador!” ¡Ah, que todos los que desean ir al cielo se examinen honestamente en la presencia de Dios, para ver si realmente se horrorizan ante la tentación y quieren combatir el pecado! El Señor lo ve todo; conoce los secretos de cada persona. Sabe si tú, que lees esto, estás realmente ansioso por dejar tu pecado, o solamente quieres escapar del castigo…

    Qué terrible oscuridad del corazón, que encanto de la vieja serpiente, cuando una persona no se asusta ni siquiera ante el majestuoso Dios, cuyos ojos son como una llama de fuego, que escudriña la mente y “discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb.4:12). Él sabe lo que quieres, si piensas en combatir realmente el pecado, o si prefieres seguir sirviéndole. ¿De qué le sirve la oración y la religión al que es tan deshonesto, que incluso al orar trata de mentir y engañar a Dios?

    Es una hipocresía que alguien pretenda combatir muchos pecados, pero exceptúe uno, su pecado favorito; o que trate de evitar las apariencias, pero no se ocupe del pecado oculto en el corazón; o que evite solamente el pecado que le causa problemas, mientras sigue disfrutando de los que le provocan placer, como la vida licenciosa. Lo mismo vale para la arrogancia espiritual, la presunción y el aire de superioridad, ya sea por el talento, la inteligencia, o el cargo público. El amor a esa sensación de poder es el mal más ponzoñoso y más opuesto a la gracia.

    También se cae en una gran hipocresía al orar la sexta petición, cuando primero se dice: “¡No nos metas en tentación!” y luego uno se expone deliberadamente a la tentación.

    Por ejemplo, uno sabe que en cierta compañía, en cierto lugar, con ciertas personas, habrá determinada tentación. Sin embargo, deliberadamente va allá, y antes de llegar incluso ora: “¡No me metas en tentación!” Eso equivale a “tentar al Señor” con ligereza. En ese caso, la oración solamente servirá para atraer el justo castigo de caer realmente en tentación; o es la manera de actuar de alguien que ya está sufriendo una tentación, que lo arrastra con mucha fuerza hacia su objetivo final.

    Tú ya te conoces. Sabes lo débil que eres, y lo que efectivamente te conviene hacer en esa hora, es decir: Orar pidiendo fuerzas para escapar de la tentación.

    Pues si no posees el poder para escapar de la tentación, menos poder aún tendrás para resistir al mal. Es una insensatez arrojarse deliberada e innecesariamente a los brazos de la tentación.

    Muy diferente es el caso de los que, debido a su vocación terrenal, tienen que tratar con el mundo y moverse en la compañía de los impíos. Esto preocupa y aflige a muchas almas piadosas. Muchas veces tienen que suplicar esta petición con temor y mucha intensidad, teniendo presente que “el Señor sabe librar de tentación a los piadosos” (2 P.2:9).

    También deben tener presente que sus hermanos en todo el mundo sufren tribulaciones parecidas, aun cuando el tipo de tribulación sea diferente (1 P.5:9).

    Porque el creyente menos tentado por el mundo, generalmente es más tentado por su propia carne y por el diablo. De diferentes maneras de acuerdo a las diferentes edades y experiencias espirituales, todos padecerán tantas tentaciones, que “con dificultad se salvan” (1 P.4:18). Toda actitud de autosuficiencia debe ser erradicada, y todos deben aprender a invocar de corazón únicamente al todopoderoso Dios.

    Publicado por editorial El Sembrador