27.Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad.Ef.6:14
El apóstol describe la forma en que luchaban los soldados de aquella época. El soldado ceñía sus lomos con un ceñidor -o cinto- para ajustar las ropas largas que vestían esos tiempos, y que de otra manera estarían sueltas sobre su cuerpo y le impedirían moverse con libertad. El cinto le permitía al cuerpo tener firmeza y agilidad. Pero, ¿cuál es el cinto con el que nos hemos de ceñir nosotros, los cristianos? El apóstol dice, “la verdad”. Ah, ¡Qué sabiduría divina! Aquí habla el Espíritu del Señor. Hemos de ceñir los lomos de nuestras mentes con la verdad. Como el verdadero ser y poder de nuestro enemigo está en la mentira -falsedades, errores y engaños- así nuestra primera arma contra él debe ser la verdad. Pero la palabra “verdad” tiene un doble sentido en la Escritura. Primero está la verdad de la doctrina o la Palabra de Dios. En ese caso, la exhortación indica que hemos de armarnos con un conocimiento claro y correcto de la Palabra de Dios, para no dejarnos desviar por doctrinas nuevas y extrañas.
Pero en segundo lugar, la palabra también expresa verdad en nuestro testimonio o conducta. Eso es honestidad, intención seria y real. Saber qué dice Dios con respecto a todas las cosas, a fin de obrar de acuerdo a ello. Sin duda, debemos ceñirnos con la verdad en ambos sentidos.
Contra todas las tentaciones del diablo, no existe arma más potente, que agarrar con firmeza las cosas que Dios dijo en su Palabra. Así como el soldado ajustaba con un cinturón de combate sus ropas sueltas (que de otro modo estarían flameando al aire y molestándole), así hemos de ajustar y afirmar con la verdad nuestros pensamientos para que dejen de flotar libremente en el mundo de las suposiciones. De manera que siempre podamos decir: “¡Esto o eso es lo que Dios dice! Cielos y tierra pasarán, pero ni una sola Palabra de su boca dejará de cumplirse. Lo que Dios ha dicho es cierto y seguro. ¡A eso me atengo!” Ah, ¡Qué bendita seguridad cuando Dios concede que nos ciñamos con su propia verdad! Esto es lo primero y lo más necesario que debemos hacer, si deseamos permanecer firmes en el día malo de la tentación.
Pero, ¿De qué vale toda la firmeza doctrinal, mientras el Espíritu Santo no produjo en nosotros la seria y sincera intención de buscar y conocer la voluntad de Dios en todas las cuestiones, para vivir y obrar de acuerdo a ella? ¿De qué le valen al soldado las mejores armas, si sus miembros se niegan a usarlas, o no saben o no quieren hacerlo, y la espada se cae de sus manos? Así también nosotros dejamos caer la verdad de la Palabra de Dios, si no perseveramos en la fe que el Espíritu Santo por medio de esa verdad obró en nuestros corazones, si dejamos de ser honestos en nuestras mentes.
Por naturaleza, el corazón de todo ser humano, está lleno de hipocresía y falsedad. Por eso dice Dios por boca del salmista: “Todo hombre es mentiroso” (Sal.116:11). Sólo después de la regeneración, el Espíritu de Dios crea un santo celo en nuestras mentes, que nos hace decir: “Cueste lo que cueste, aunque tenga que morir por ello, quiero saber y hacer lo que Dios quiere. Su voluntad es mi regla. Quiero estudiar atentamente toda la Palabra de Dios. No quiero limitarme sólo a algunas obras y determinadas ordenanzas. No. Quiero prestar la mayor atención a mi ser más íntimo, al corazón, a los pensamientos y deseos, a las más secretas inclinaciones que nadie ve. Es cierto que así muchas cosas serán reprendidas en mí, y eso puede deprimirme. Pero es que, cuando Cristo fue glorificado en mi alma y obtuve su perdón de todos mis pecados, y me regocijé en su perpetua gracia, también sentí un entrañable amor a todo lo que le agrada a Dios. Hay sinceridad en mi piedad: Realmente me alegro haciendo el bien, y no obro por compulsión. Ahora ando delante del Señor Dios en verdadera piedad, tanto según mi hombre interior como según mi hombre exterior. De esta manera, cada vez soy más puro, honesto y leal en pensamientos, palabras y conducta”. Todo esto es obra del Espíritu del Señor. Él nos lleva a la verdad, por eso se le llama: “Espíritu de la verdad”. Y a la obra de nuestra regeneración -o nuevo nacimiento- se la llama: “ser de la verdad” y “andar en la verdad” (1 Jn.3:19; 3 Jn.4).
Sin embargo el diablo quiere destruir todo lo que Dios hizo. Por eso trabaja incansablemente, para lograr que nuestras almas se vuelvan otra vez falsas y estén relajadas, y no prestemos más una cuidadosa atención a la enseñanza y voluntad de Dios. Hace falta que temamos seriamente este engaño del diablo, para no perder la gracia recibida. Hace falta que seamos sumamente escrupulosos, de modo que no le demos lugar a ninguna falsedad en nuestra mente.
¡No! A la primera percepción de falsedad invoquemos inmediatamente a Dios diciendo: “Antes de volverme hipócrita contigo prefiero que me sobrevenga cualquier mal, y que me apliques los más amargos remedios. ¡Oh Dios, consérvame recto y honesto delante de Ti!” Esto también se llama ceñirse los lomos con la verdad. Y mientras no se hace esto, todo está perdido.
Que el cristiano sienta la simiente de la serpiente en su naturaleza –las inclinaciones perversas, inclusive la de la hipocresía- no es para muerte, mientras un espíritu honesto las combate, y maldice ese veneno de la serpiente, e invoca a Dios. En efecto, quien no siente ninguna falsedad dentro de sí y se cree muy libre de la misma, ya ha sido adormecido por el espíritu del engaño. Pero la falsedad se torna fatal cuando la persona comienza a rendirle lealtad. Cuando hace una secreta alianza con la hipocresía y piensa perseverar en la misma.
Entonces su espíritu y toda su vida se vuelven falsos. Tal cristiano ya no puede pelear la batalla del Espíritu. Si sabe que está siendo hipócrita –aunque sólo sea en una cosa- se vuelve impotente, vergonzoso ante Dios, cobarde en la lucha e inconstante en toda su conducta. Por otra parte, donde se practica la honestidad el diablo ya no puede concretar sus planes, porque ahí todas las tentaciones al pecado sólo llevan al cristiano a temer más a Dios y a orar.