27.Porque no me avergüenzo del evangelio (de Cristo).Ro.1:16
Uno podría preguntarse por qué el apóstol hace esta observación, siendo que el evangelio no tiene nada de vergonzoso; es un mensaje que Dios nos dio del cielo, y es el anuncio más glorioso que poseemos en la tierra. ¿Por qué dice entonces el apóstol que no se avergüenza del evangelio? Sin duda porque la gente, a pesar de todo, suele avergonzarse del mismo. Algunos pensarán que eso sólo sucedía en los tiempos del apóstol, cuando los judíos incrédulos y los paganos manifiestos todavía no conocían la gloria del evangelio, y lo despreciaban por tener muchos prejuicios.
Es cierto que en los tiempos del apóstol, el evangelio de Jesús era una piedra de tropiezo para muchos judíos, e insensatez para los griegos, “porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría” (1 Co.1:18-23). Sin embargo, lo mismo ocurre en la actualidad.
El evangelio de Cristo sigue siendo piedra de tropiezo y locura para la mayoría, inclusive para los bautizados en el Nombre de Cristo. La naturaleza humana sigue siendo la misma en todas las épocas y lugares, a pesar de todos los cambios externos que se produzcan. Por eso la Palabra de Dios siempre sigue siendo aplicable a todos: A los judíos, paganos, musulmanes, y a los que se denominan cristianos, pero aún no están convertidos.
En todas partes se ratifica lo que el apóstol dice: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender” (1 Co.2:14).
El evangelio de Cristo se enfrenta a todo lo que nuestra naturaleza pervertida más aprecia. Ataca a lo que el ser humano más ama: su independencia. Exige sumisión incondicional a la Palabra de Cristo, tanto del intelecto como de la voluntad. El evangelio derriba de raíz toda fantasía jactanciosa, falsa confianza y seguridad propia, hasta reconocer sólo a Dios como soberano y al ser humano como un miserable mendigo. Tales cosas jamás pueden agradar al hombre. No, sólo le causan pena y muerte espiritual.
Esta es la causa por la cual toda persona que no es nacida de Dios siempre odia la Palabra y el buen testimonio de Cristo. Por este motivo el Señor le advirtió tantas veces a sus discípulos que, por amor de su Nombre debían estar preparados para enfrentar el odio de todo el mundo (Mt.10:16-25; Jn.15:18-19). Y les explicó que las cosas no estaban bien con ellos -que no serían verdaderos discípulos suyos- si el mundo no hiciese con ellos lo que hizo con Él, el Maestro. O sea, si no adquiriesen la distinción de ser odiados y perseguidos.
¡Si alguien predica un mensaje que el mundo puede amar y tolerar; un mensaje del que no se burla, y al que no ataca… el tal no predica el auténtico evangelio de Cristo!
Sin embargo, por lo general los enemigos del evangelio no quieren aparecer como quienes odian lo bueno y correcto. Muchos pretenden inte resarse por la verdad, pero en realidad se burlan del evangelio de Cristo y lo consideran una locura detestable.
Los discípulos y seguidores de Jesucristo siempre son una minoría: sólo unas pocas almas despreciables. Mientras que todo el mundo que los desprecia es una amplia mayoría, una gran multitud, y consiste de grandes dirigentes y respetables hombres de ciencia.
Por eso, avergonzarse de Él y de su Palabra será siempre una gran tentación. Para más de un cristiano llega a ser una lucha indeciblemente ardua. Por amor de Cristo debemos renunciar a la honra del mundo, y dejar que nos llamen atrasados y locos. Tenemos que ser despreciados y tratados como personas insoportables y fanáticas, a veces por miembros de nuestra propia familia. Tenemos que renunciar a ciertas amistades y vida social, a la estima y confianza de gente que anteriormente nos resultaba muy preciosa e importante.
Se necesita una obra divina en nuestras almas para poder perseverar siempre consagrados a Dios. No nos referimos a una piedad que el mundo puede aprobar y respetar, sino al discipulado genuino y verdadero del seguidor de Cristo, cuyo comportamiento necesariamente tiene que ser una piedra de tropiezo y una locura para todos los incrédulos.
Tan seguro como que Cristo dijo: “El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, a vosotros también os perseguirán” (Jn.15:20). Como si quisiera decir: Si alegan falsamente que los odian por alguna falta de ustedes, por ejemplo: por falta de humildad o de amor, sepan y recuerden que Yo era “manso y humilde de corazón”, y no obstante me odiaron (Mt.11:29).