27 de noviembre 2026

    27.Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.Ro.1:7

    “Gracia y paz” son dos breves palabras, pero abarcan toda la vida cristiana. “Gracia” contiene el perdón de los pecados, y “paz” una conciencia buena y feliz. Pero, en un sentido más amplio, la paz abarca también todas las demás bendiciones; la profunda certeza y el bienestar que provienen de estar en buena relación con Dios. El apóstol Pablo dice que no sólo nos gloriamos en la gracia de Dios en el presente, sino también en la esperanza de la gloria venidera.

    Más aún, nos gloriamos también en las tribulaciones, sabiendo que absolutamente todas las aflicciones tienen una función constructiva, para nuestro bien. El apóstol afirma finalmente que “nos gloriamos en Dios” (Ro.5:11).

    Él es nuestro Padre, y eso hace posible que recibamos toda clase de bendiciones. ¡Porque si Dios está con nosotros, quién puede estar en contra! Piensa: el Dios que no mezquinó a su unigénito Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también, junto con su Hijo, todas las cosas buenas y necesarias? (Ro.8). La palabra “paz” abarca todas estas cosas.

    Cuando Dios obra en una persona, sus sentidos espirituales son abiertos, y entonces ella puede darse cuenta qué significa ¡que el Señor del cielo y de la tierra sea su Amigo! Y comprende que, por tener a la obra de Cristo como fundamento, la amistad de Dios no cambia ni disminuye, a pesar de todo el pecado que todavía permanece en ella. ¡Sin duda, esta es una paz superior y bendita!

    Más aún, cuando comprendo que no caerá ni un solo cabello de mi cabeza sin que lo permita mi bondadoso y todopoderoso Padre celestial; cuando creo que no existe ningún mal que Él no pueda remediar en el momento que quiera; y cuando confío que Él no permitirá que yo sufra ningún mal que no fuere necesario para mí… con certeza recibo una paz suprema y bendita.

    En nuestro texto el apóstol llama a esta paz la “paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Y eso es muy cierto. Esta paz no sólo proviene exclusivamente de Dios, sino que además es Dios dándose a Sí mismo, ofreciéndonos su amistad y su poder. ¡Recuerda bien esto! Él no nos promete la paz del mundo, antes bien Cristo dijo que en el mundo tendríamos aflicción, (Jn.16:33); y que el mundo nos odiaría (Jn.15:19).

    Tampoco dice que nos dará la paz de la carne, “porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, y éstos se oponen entre sí…” (Gá.5:17). No es la paz con el diablo, porque San Pedro dice que nuestro enemigo espiritual nos odia profundamente, y anda alrededor como león rugiente, buscando a quien devorar (1 P.5:8). Ni es la paz externa, la ausencia de problemas, buena reputación, amistades, salud, etc., pues esa paz es inestable. No, el apóstol habla de la “paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. O sea, nos desea la paz divina y celestial. Como Cristo dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Jn.14:27).

    La paz del mundo consiste en eliminar el mal externo que causa disturbio. Si un ejército enemigo está en las afueras de una ciudad, sus habitantes no tienen paz; pero vuelven a estar en paz si el ejército enemigo se retira. Así también dejamos de estar en paz cuando tenemos enfermedades o problemas económicos, y recuperamos la tranquilidad cuando nos sanamos o solucionamos nuestros problemas de dinero. O cuando malas lenguas te difaman, pierdes la paz; pero cuando las habladurías se acaban, vuelve la calma. Esa es la paz del mundo.

    Pero la paz de Dios consiste en lo siguiente: Aunque todas estas cosas negativas existan y aflijan tu vida, tú sin embargo tienes paz en tu corazón, sólo porque Dios es tu Amigo, y porque Él es todopoderoso. Él oye tus oraciones, cuenta tus lágrimas, y si es su voluntad, de repente puede ordenar a los vientos y a las olas que cesen y enmudezcan, para que se haga la paz. En esto consiste la paz de Dios: Aunque tu carne todavía esté llena de pecado, y el diablo te asalte con tentaciones o acusaciones sobre tu conciencia, tú sin embargo sabes que Cristo y sus méritos son más grandes que todo eso. Él es tu Abogado defensor junto al Padre. En esto consiste la paz de Dios: Aunque la maldad del mundo todavía puede atormentarte, la enfermedad, la pobreza, la difamación, etc., tú sin embargo sabes que Dios y su amistad valen infinitamente más que todo eso. En un tiempo relativamente breve, Él te llevará de este valle de lágrimas, para que estés con Él en su reino de gloria. Allí estarás libre para siempre de todo mal. Allí estarás a salvo para siempre, más allá de todo peligro, y serás perfectamente feliz, con Dios y todos sus santos. Esta es la paz de Dios.

    Esta paz depende de tener la gracia de Dios en el corazón. La paz que sentimos puede aumentar o disminuir. ¡Qué importantes son ambas cosas: la gracia y la paz! Abarcan toda nuestra vida cristiana. Con cuánto celo debemos procurarlas y cuidarlas. Y hay un solo medio para ello, como dice San Pedro: El conocimiento de Dios y de nuestro Salvador Jesucristo: “Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús” (2 P.1:2). Cuánto más conozcamos a Dios y a nuestro Señor Jesucristo, más gracia y paz habrá en nuestro corazón. ¡Qué cada cristiano retenga estos tesoros en su corazón! ¡Sí, quiera Dios mismo darnos su gracia para ello!

    Publicado por editorial El Sembrador