27 de mayo 2026

    27.Amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro.1 P.1:22

    Como el amor a los hijos de Dios, es un fruto y signo del nuevo nacimiento, la amonestación a mostrar ese amor no se dirige a cualquiera, sino sólo a los cristianos, o regenerados.

    Nunca alentemos a los que sólo nacieron “según la carne”, a producir los frutos del “nuevo hombre”; por ejemplo, a amar a los que nacieron “según el Espíritu”, pues no pueden hacerlo (Gál.4:29). Siempre será un esfuerzo inútil, tratar de ignorar o abolir la vieja enemistad entre la “simiente de la serpiente” y la”Simiente” de la mujer (Gn.3:15).

    Cuando el Señor Jesucristo y sus apóstoles exhortan a los fieles a amarse fraternalmente “los unos a los otros”, se refieren sólo a ellos. El Espíritu Santo produjo este amor en nuestros corazones. Este amor va desarrollándose mediante la comunión con el Salvador y necesita de cuidado y atención, lo mismo que todos los demás frutos del Espíritu. Por eso encontramos todas estas exhortaciones y amonestaciones al amor en la Escritura. Perder el amor a los hermanos es una falta grande y peligrosa.

    Existen muchos factores que pueden enfriar este amor. Nuestro enemigo espiritual, bien consciente de lo que gana cuando consigue separarnos de los hermanos, siempre arma intrigas contra el amor fraternal entre cristianos. Y encuentra mucho apoyo para lograrlo en nuestro propio corazón. Pero al ser este amor un fruto tan distintivo de nuestra vida por la fe en Cristo, siempre depende de esa vida. En tanto que vivo en saludable arrepentimiento y en la fe salvadora, también amo a los hermanos. Por eso la primer causa, y la más común y esencial para el enfriamiento del amor, reside en un debilitamiento de la vida en la gracia de la fe.

    Cuando comienza a predominar una mentalidad materialista en un cristiano, de modo que ya no vive en la actitud cotidiana de arrepentimiento y fe, de conocimiento de pecado y de confianza en la gracia, entonces también comienza a volverse indiferente a los hermanos, y a mirar más sus faltas, que la gracia que mora en ellos. De esa manera se cumple el dicho de Jesús: “Y por haberse multiplicado la maldad, se enfriará el amor de muchos” (Mt.24:12). Además, es lamentable que frecuentemente entre los hermanos haya falta de sabiduría y malos hábitos, que pueden repeler y enfriar el amor.

    A veces también se producen diferencias de opinión que separan a los hermanos. Esas diferencias generalmente se deben a asuntos de menor importancia, porque en cuanto a lo principal todos suelen estar de acuerdo. Las opiniones sobre cosas secundarias pueden causarle heridas fatales al amor. Esto puede ocurrir cuando no se acepta que otro hermano pueda ser un cristiano tan honesto y justo como uno, aunque no entienda todas las doctrinas de la Palabra de Dios como nosotros.

    En otras palabras, cuando no concibo que existan fieles hijos de Dios al mismo tiempo que, en algunos temas, piensan diferente. La consecuen cia es que comienzo a condenar a todos los que tienen opiniones diferentes a las mías.

    Y esta condenación siempre apaga el amor. Es algo diferente cuando repruebo una opinión equivocada, o reprendo una falta de parte de un hermano, de la manera en que nuestro Señor Jesucristo reprobó a Pedro, cuando éste sacó su espada, o cuando, en una ocasión anterior, equivocadamente quiso impedir el sacrificio de Jesús (Mt.26:52; Mt.16:23). Tal reprimenda se puede dar todavía en el marco del amor. Pero condenar llanamente a una persona que piensa diferente, pero tiene toda su confianza puesta únicamente en la sangre de Cristo, es totalmente contrario al amor y apaga a éste.

    Destruyo el amor cuando permito que ciertos asuntos secundarios ocupen el primer lugar en mi corazón. Cuando aprecio más a los que comparten mi opinión sobre un tema, aunque no crean en Jesús, que a los cristianos que no están de acuerdo conmigo. Es una muy mala señal que un asunto superficial me resulte tan importante, que por el simple hecho de que están de acuerdo conmigo, les tengo más amor y aprecio a los enemigos deJesús… ¡que a mis hermanos en Cristo! Es terrible que ame más a los incrédulos, sólo porque me dan la razón en un tema secundario… ¡que a los que abrigan una fe tan preciosa como la mía en “la justicia que da nuestro Dios y Salvador Jesucristo”!

    ¿Cómo puede ser que ame más a una persona enemiga del Señor, a la que jamás se le ocurrió buscar su paz y la reconciliación mediante la sangre del Cordero, y que jamás se postró como un pecador perdido a los pies del Señor Jesucristo, sino que “pisotea al Hijo de Dios, y tiene por inmunda la sangre del Pacto en la cual fue santificada”, que a un amigo de Cristo, que tiene toda su fe puesta en la pasión y muerte del Cordero, y que es un hijo de Dios y hermano mío? (He.10:29). ¿No es eso algo sumamente sospechoso y terrible? ¿Acaso no es una evidencia de que ese asunto secundario se volvió más importante para mí que mi Salvador, porque aprecio más a los incrédulos que comparten mi opinión, que a mis hermanos en la fe?

    Ya que hay tantas razones que pueden enfriar nuestro amor a los hijos de Dios y hermanos nuestros en Cristo, ¡cuán importante es velar atentamente, y pensar en los grandes motivos que tenemos para amar a los hermanos y hermanas, con los que compartimos la misma gracia y la misma fe!

    Publicado por editorial El Sembrador