27.¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?He.2:3
Dios es amor. Y no hay lengua humana o angelical capaz de describir adecuadamente el amor de Dios. Pero, ¿quién toma en cuenta que cuanto mayor es la gracia, tanto mayor también es el peligro de perderla por negligencia, desprecio o abuso? ¿Quién toma en cuenta que, junto con el excelso amor de Dios, esta su igualmente excelsa e infinita justicia y santidad? ¿Y qué sólo por ser tan grandiosa la gracia, también el celo y justo juicio de Dios contra los que no se interesan por ella ni la buscan ni la aprecian ni la reciben es tanto más terrible?
Como dijo Jesús refiriéndose al mundo impío: “Si Yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado” (Jn.15:22).
Después de describir la inmensa gracia y gloria que el mundo recibió cuando el unigénito Hijo vino y Dios nos habló por medio de Él, San Pablo pregunta: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” La sangre de Cristo servirá a unos para vida, sabiduría, justicia, santificación y redención; y a otros para juicio y maldición, ¡así como les sobrevino a los judíos infieles! (Mt.27:25). “El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (2 R.19:31).
“El que viola la Ley de Moisés… muere irremisiblemente”, dice el apóstol (He.10:28), y en seguida agrega: “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del Pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” “Pisotear al Hijo de Dios” significa interesarse tan poco por Él, que se lo ignora; no buscarlo ni reverenciarlo ni prestarle atención; no ser su discípulo, admirador e imitador. Por algo que no nos interesa, no nos agachamos para alzarlo del suelo. Preferimos pisotearlo.
No todos los habitantes de Jerusalén, sobre quienes se descargó el terrible juicio de Dios habían ultrajado y torturado a Cristo; no, algunos hasta lloraron por sus sufrimientos (Lc.19:43-44). Sin embargo, todos sufrieron el mismo juicio y castigo, porque no lo habían recibido como su Salvador ni se interesaron en ser sus discípulos.
¿Qué hace el santo y celoso Dios al que menosprecia a su Hijo y a la voz de su Espíritu? No hace nada más terrible que abandonarlo a su propia voluntad.
El Espíritu del Señor lo abandona. El Espíritu de Dios no lo despierta ni lo ilumina más; no lo mueve más a contrición y arrepentimiento, sino que lo deja ir por su propio camino, seguir sus propias ideas, cumplir sus propios deseos, sin corrección, sin temor, sin ansiedad por la salud de su alma. En fin, hasta puede sentirse muy a gusto en su pecado. Entonces su mente y sus pensamientos quedan tan entenebrecidos y pervertidos, que emplea todo para su propia destrucción y perjuicio, y todo lo que Dios le dio para que le fuese de bendición, se le convierte en maldición. Lo que le dio para iluminación, se le convierte en tropezadero; lo que le dio para despertarlo, lo endurece; lo que le dio para aliento y eterna felicidad, se le vuelve angustia y condenación. ¡El celo del Señor hace esto!
“¡Qué manera de actuar tiene Dios!” -exclamaba un anciano piadoso“mi corazón se estremece ante la sola idea de que algún día llegue a despreciar su gracia, y por eso clamo sin cesar que me guarde en la fe”.
Es la cualidad, la manera de actuar, de la que David dice: “Limpio te mostrarás para con el limpio, y rígido serás para con el perverso” (2 S.22:27). Con el limpio, o sea con el que es de intención sincera -cuando le invoca-, Dios puede hablar en forma sencilla y clara; Él sabe instruir y guiarnos piadosamente. Pero con el perverso, Dios será rígido. Lo desilusionará y lo abandonará a su propia necedad.
Y si a alguien le parece que esto es hablar demasiado grosero de Dios, que lea la explicación que da el propio amoroso Salvador en Mt.13:10-15 y 11:25, donde declara francamente por qué le hablaba al pueblo endurecido en parábolas: “Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. Y: “Escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y se las revelaste a los niños”. Lo mismo dice en 2 Ts.2:10-12: “Por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos… Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia”.
Tan terrible puede ser el castigo de Dios contra los que lo desprecian. Es inútil luchar contra Él y es horrible caer en las manos del Dios viviente. Es preferible quedarse a la derecha del que posee todo el poder en el cielo y en la tierra. Quienes lo buscan, aman y siguen serán recibidos con infinita gracia, bondad y fidelidad durante toda su vida. Pero quienes prefieren a otro, tendrán mucho quebranto.