27 de junio 2026

    27.Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.Col.3:2

    Es como si el apóstol quisiera decirnos: “Ustedes aún no están en su verdadero hogar son peregrinos en tierras extrañas. Peor aún, atraviesan territorio enemigo, donde ni su Señor ni sus hermanos en la fe, tuvieron paz y moradas definitivas; sino que pasaron por el mundo como si fueran otra palabra en su huida. Por eso deben considerar todo lo bueno que reciban aquí, en este mundo, sólo como un buen refugio para peregrinos, donde no piensan quedarse ni establecerse para siempre. El destino permanente de ustedes, está más allá del refugio que utilizan durante el viaje”.

    Los pobres y miserables pecadores condenados por la Ley, que hallaron consuelo, perdón y vida en Cristo, ahora viven en esa fe. Ya no pueden seguir pecando sin hacerse ningún problema, como la gente mundana. A ellos se dirige esta dulce amonestación: “¡Pongan la mira en las cosas de arriba, donde está Cristo!” ¡No se dejen seducir nunca más por la idea de establecer su Paraíso en este mundo!

    Es sólo una ilusión de la imaginación, cuando un cristiano espera encontrar plena satisfacción en algún bien terrenal, después de haber hallado su deleite en Dios. ¡No! Si algo llega a resultarle más atractivo, enseguida su vida espiritual sufre.

    Por eso, si queremos vivir felices y en paz en este mundo, y conservar también el amor del Padre, orientemos nuestra mente cada vez más hacia el cielo. Restémosle importancia a los bienes materiales y a los placeres de la carne. Ambicionemos las riquezas verdaderas y permanentes, los tesoros celestiales que “están arriba, donde está Cristo,” de manera que ningún bien terrenal pueda cautivar nuestro corazón.

    Mientras la simiente de Dios permanece en nosotros, y vivimos en compañía de Dios por medio de la fe, las alegrías terrenales nos causan cierto temor y peligro. Porque al tener la vida espiritual, no podemos estar en paz si existe alguna cosa que nos gusta y alegra más que Dios. Si algún bien terrenal nos resulta más encantador y más importante que Dios y su amistad, y podemos sentirnos felices y quedarnos tranquilos, eso significa que nuestra vida cristiana tiene graves problemas…

    En esta vida tenemos que trabajar, poseer y emplear bienes terrenales, pero sin apegar nuestro corazón al mundo. Nuestra alma debe estar en el cielo, donde está Cristo. Jesús es el Esposo de la Iglesia. En su celo, demanda de nuestras almas el amor más grande y más puro, y no se conforma con menos.

    Si Dios nos da cosas dulces en la tierra, recibámoslas con gratitud; pero también con temor, no sea que cautiven nuestros corazones. Nada que no sea Dios mismo y su gracia debe ser el tesoro y el consuelo de nuestros corazones. Un buen medio de vida, riqueza, comodidad, reputación, fama, dones espirituales, sabiduría, experiencia, una vida respetable, la confianza de los demás… todos estos bienes terrenales son preciosos dones de Dios, por los que le hemos de dar gracias, pero con temor; con el cuidado, de que ninguno de esos bienes se convierta en el deleite y en el tesoro principal de nuestro corazón.

    El cristiano puede disfrutar de la mayor alegría y felicidad, en Dios. No le conviene buscar la felicidad terrenal por encima de todo, porque si llega a encontrarla, puede ser muy tentadora y convertirse en algo peligroso para la fe.

    Y si no lo encuentra, puede vivir constantemente angustiado por esa preocupación. Si algún bien terrenal causa más alegría y felicidad que Dios, entonces este bien, se ha convertido en un problema que puede llevar a la perdición eterna.

    Por otro lado, si la felicidad terrenal no brinda más alegría que Dios, tampoco vale la pena buscarla, porque el deleite “en las cosas de arriba” es mayor.

    Recordemos que el corazón humano siempre tiene la tendencia a buscar tesoros y deleites fuera de Dios; y que la mayor riqueza de los cristianos, es no idolatrar las riquezas terrenales. Los que realmente desean ir al cielo están dispuestos a soportar la pobreza, si la riqueza los alejaría de Dios; el desprecio, si la fama los llenaría de vanidad; y el sufrimiento, si para disfrutar algo deberían renunciar a Dios.

    Nuestro viejo hombre está crucificado con Cristo. ¡Y qué situación tan amarga para la carne! Qué importante es que todos los que quieran seguir estas reglas, recuerden que poseen otra vida, además de la vida terrenal: ¡Son hijos de Dios! ¡Han sido creados para ser verdaderamente felices y eternamente felices con Dios! Sí, el cielo es su Hogar, Cristo es su vida y su deleite. Recordando esto nos sentimos realmente atraídos a “buscar las cosas de arriba y no las de la tierra”.

    Por naturaleza, cuando todavía no tenemos nuestro deleite en Dios, buscamos de todo corazón las cosas de la tierra: Gloria, placer y riquezas. Y aún los verdaderos cristianos siguen teniendo una naturaleza carnal depravada, llena de malos deseos y pasiones. Sin embargo están crucificados con Cristo.

    El salmista Asaf reconoció que su corazón estaba afligido y su alma se llenó de amargura, al ver la prosperidad de los malvados, mientras que los justos debían sufrir tanto (Sal.73:3-21). Pero al final dijo: “Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria… Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” (vs.23.26).

    Publicado por editorial El Sembrador