27.¿El pan que partimos, no es la comunión del cuerpo de Cristo?1 Co.10:16
Con estas palabras el apóstol nos dice lo que nuestro Señor Jesucristo se propone realizar, y en efecto lo realiza cuando nos sirve su cuerpo y su sangre como alimento, es decir: La unión íntima entre Él y sus discípulos. Él mismo declara expresamente: “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (Jn.6:56).
E inmediatamente después de instituir la Santa Comunión, dijo: “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”. “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos. El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto” (Jn.14:20; 15:5). Y en ese mismo momento oró a su Padre diciendo: “La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad” (Jn.17:22-23).
¡Pensemos qué significan estas palabras de Jesús! ¡Qué milagro de amor divino! “El que come mi carne… permanece en mí, y yo en él” ¡Recordemos que estas palabras fueron pronunciadas por Cristo mismo! ¡Nos dejan perplejos! No podemos comprender semejante amor y misterio. ¿Pero qué podemos hacer? ¡Son palabras del propio Señor Jesucristo! No son un sueño o un mito. Nuestro Señor Jesucristo no puede mentir, y ¿acaso existe algo imposible para Él?
Primero nos reconcilió con su sangre, nos limpió, justificó y nos hizo aceptables a Dios. Luego también le agradó glorificarnos y unirse tan estrechamente a nosotros, que nos da su carne por alimento, y su sangre por bebida. Porque lo que comemos y bebemos en el sacramento llega a ser nuestro en una forma en que ninguna otra cosa puede llegar a serlo.
Por ejemplo, el oro y la plata que poseo nunca llegan a ser parte de mi persona. Tampoco llegan a ejercer en mí una influencia como la del pan y vino que ingiero. Nuestro Señor Jesucristo quiso constituir su santo cuerpo como alimento, y su santa sangre como bebida para nosotros, a fin de incorporarlos en la forma más estrecha en nosotros. Deseó unir nuestro espíritu y su Espíritu, nuestro cuerpo y el suyo, nuestra sangre y la suya en un modo indisoluble. Quiso que su amor, su pureza, su dignidad fuesen eternamente nuestros.
Un piadoso maestro llamado Talero, hace este notable comentario: “Nada está más integrado al Hijo de Dios que la naturaleza humana que Él incorporó al hacerse hombre. Así tampoco no existe nada más integrado a nosotros que lo que comemos y bebemos, al convertirse en carne y sangre nuestras. Ahora bien, cuando Cristo quiso unirse a nosotros de la manera más íntima imaginable, instituyó este santo sacramento, en el que con el pan consagrado comemos su cuerpo, y con el vino consagrado bebemos su sangre”.
¿No es esto lo más importante de este precioso sacramento? Nuestra unión con Cristo, ¿no es acaso lo más valioso en esta vida? Cuando una persona se arrepiente por todos sus pecados y por la fe en Cristo recibe el gran consuelo del perdón, siente tanto amor a su Señor y Salvador, que desearía poder abrazarlo contra su pecho. Nada le produciría mayor felicidad, que poder estar unido a Él en la forma más estrecha. Y la Santa Cena es el medio que nuestro bondadoso Señor usa para satisfacer ese deseo del alma.
El verdadero fundamento de la comunión de Dios con el hombre se remonta al principio de la creación. Dios había creado al hombre para vivir en cercana relación con Él. Por eso también lo había creado a su imagen. Ésta se perdió en la caída, cuando el pecado rompió la unión y el hombre se separó de su Creador.
Entonces se produjo la muerte sobre la cual Dios había advertido: “El día que comieres de él (del árbol de la ciencia del bien y del mal), ciertamente morirás” (Gn.2:17).
El primer paso de la reconciliación de Dios con el hombre se dio con el nacimiento del Hijo de Dios. Fue cuando Él se humanó, se hizo igual a uno de nosotros.
Se consumó una maravillosa unión entre Dios y nosotros, por lo que el profeta también había anunciado: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Is.7:14; Mt.1:23). “Emanuel” no sólo significa: “Dios con o entre nosotros”, sino Dios en nosotros, o sea: en nuestra carne; Dios miembro del género humano.
Sobre esto el apóstol también dice: “El que santifica y los que son santificados, de Uno son todos, por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (He.2:11).
Esta unión comenzó con el nacimiento de Jesús, pero Él quiere perfeccionar la unión en este maravilloso sacramento. Ahí nos permite unir nuestro cuerpo humano con el cuerpo que Él había asumido. Esto, sin duda, es algo, ¡que aun los ángeles desean profundamente contemplar! ¡Qué santuario lleva dentro de sí la persona que llegó a participar del santo cuerpo de su Señor Jesucristo! ¡Es un cuerpo y un alma con Él! ¡Qué gloria y felicidad!