27.Bienaventurado el varón, a quien el Señor no inculpa de pecado.Ro.4:8
“El varón a quien el Señor no inculpa de pecado”. ¿Existe tal persona en el mundo? ¿Dónde está? ¿Alguien la ha visto? ¿O la Palabra de Dios miente? ¿Quién tiene tan buena relación con Dios, que Éste nunca lo culpa de pecado? ¿Quién es tan afortunado? Es aquel -dice el apóstol- “a quien Dios atribuye justicia sin obras” (v.6), o sea, sin méritos propios; “aquel, cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos” (v.7). ¿Y cómo identificar a tal persona? ¿Cuáles son sus características para reconocerla, de modo que también nosotros podamos ser tan bendecidos? El apóstol Pablo dice que tal persona se califica a sí misma como impía, y que no “obra” tratando de justificarse mediante su propio esfuerzo, “sino cree en Aquel que justifica al impío” y así, “su fe le es contada por justicia”.
David da la misma descripción del bienaventurado, aquél a quien el Señor no inculpa de pecado. Lo describe en el Salmo 32:2 como la persona “en cuyo espíritu no hay engaño”; alguien que no trata de encubrir sus culpas y de engañar al Señor. Su orgullo desapareció, y confiesa sus transgresiones al Señor. Dejó de ser una criatura arrogante y rebelde. Ya no puede seguir confiando en sus propias obras ni mantenerse alejado del trono de gracia. Ya no puede ofrecerle a Dios impresionantes méritos personales, ni conmovedoras oraciones, y al mismo tiempo ocultarle sus pecados…
David primero encubrió su iniquidad ante el Señor, y luego calificó a ese intento como un “engaño en el espíritu” (Sal.32:2b). Generalmente se da el primer paso en la confesión tan pronto como se suprime ese engaño: Entonces…”confesaré, dije, mis transgresiones a Jehová” (v.5.). Esta confesión también incluye confianza en la gracia de Dios y demuestra una fe cristiana. Porque quien no cree en la gracia de Dios, huye de Él y encubre sus pecados. No se presenta ante Cristo para confesárselos. Jesucristo explicó esto al decirle a los pobres pecadores y mujeres perdidas que acudieron a Él: “Tu fe te ha salvado,¡vé en paz!” (Lc.7:50). En el corazón de la persona que no puede estar alejada del trono de gracia siempre hay fe en Jesús (Éx.25:17,22; He.4:16; 9:5; Ro.3:25).
¿Es esta tu historia? ¿Te describe esto a ti, querido lector? Entonces, tú también eres esa bienaventurada persona, a la que el Señor no inculpa de pecado. No importa cuán pecador e indigno seas, ahora estás en paz con Dios. Eres un hijo de la gracia, al que Dios nunca juzgará de acuerdo a la Ley, al que nunca le atribuirá sus pecados. Es cierto que los ve, pero dice: “No te los tomaré en cuenta, porque crees en mi amado Hijo, al que constituí en tu Salvador”.
Sin duda, es muy importante y trascendente que los creyentes en Cristo son personas a las que Dios no les atribuye pecado. ¡Si aún sentimos mucho pecado dentro de nosotros, no olvidemos lo que dice este texto!
No dice: “Bienaventurado el varón en quien Dios no encuentra pecado”; sino: “¡Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado!” Tampoco dice: Bienaventurado el varón que no cometió iniquidades, sino: “¡Bienaventurados aquellos, cuyas iniquidades son perdonadas!” (Ro.4:7).
La fe es muy firme cuando se aferra tenazmente a la promesa, y no se deja confundir ni desviar por apariencias ni sentimientos contrarios. Ni la más terrible experiencia de pecado ni las más graves tormentas de desdicha interior o de sufrimiento externo pueden invalidar esta verdad divina. Dios, solo por gracia y por amor de Cristo, perdona y no inculpa más de pecado a sus fieles hijos, y los conserva en su eterna paz.
Pensemos en las experiencias de la persona cuyas palabras el apóstol cita aquí. Recordemos la historia de David. Qué miserables experiencias las suyas, ¡y qué inmensa la gracia recibida! ¡Qué privilegio tan grande, ser un antepasado de Cristo! ¡Un humilde pastor de ovejas, designado como rey y profeta de Israel!
Recordemos el testimonio que Dios mismo dio acerca de él (1 S.13:14), ¡y en la desbordante fe de su corazón, expresada en los salmos! ¡Qué inmensa gracia, y qué corazón ardiente por el Señor! Pero también, ¡qué terrible zarandeo del diablo, qué horribles manifestaciones de pecado, caídas y transgresiones! ¡Y qué remordimiento y horror ante Dios! ¡Qué aflicciones y humillaciones, y nuevamente qué arrepentimiento y llanto ante el Señor! “¡Por causa de mis pecados!”-confiesa. Y aun así, Dios no lo rechazó cuando rogaba: “¡No me reprendas en tu enojo, ni me castigues con tu ira!” (Sal.6:1). Y exclamó confiado: “Jehová… no contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo… porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen” (Sal.103:9,11).