27.Perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.Ef.4:32
Lutero dijo: “El reino de Cristo es un reino de perdón”. El perdón es una necesidad para la convivencia armónica de los cristianos. El resumen de la ley de Dios es el amor. San Pablo dice en Ro. 13:8-10: “El que ama al prójimo, ha cumplido la Ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro Mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor”. Toda la vida cristiana está comprendida en el amor. ¿Y cuál es la condición para una amistad continua entre los hombres? La misma que para la amistad entre Dios y el hombre; es decir, continuo perdón.
Todos amaríamos alegremente a nuestro prójimo y sería muy fácil hacerle bien; sí, sería el Reino de los Cielos aquí en la tierra, un reino de paz y amor, ¡si nuestro prójimo no tendría esos horribles defectos y malos hábitos! Debido a esos defectos, nuestro amor se cansa; no podemos amarlo más. Llega el momento en que eso de hacerle el bien se convierte en una tarea fastidiosa…
Este gran obstáculo para el amor, los defectos y malos hábitos de nuestro prójimo, desaparecerían de inmediato con tan sólo aplicar el excelente remedio del perdón. Esta es una de las razones por las que Cristo habló tan específica y frecuentemente del perdón. Dijo, por ejemplo, que el reino de los cielos es como un rey, que le perdonó a su siervo diez mil talentos; o sea, una enorme suma de dinero; y esperaba que su siervo también le perdonase a su consiervo cien denarios, o sea, una pequeña deudita (Mt.18:23-35).
Y cuando nuestro Salvador Jesucristo nos enseñó el Padre nuestro, esa magnífica oración que podemos orar diariamente, incluyó la misma instrucción, enseñándonos a decir: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt.6:12).
Está claro cuánta importancia le da Cristo al perdón. Es que, en nuestro estado de criaturas caídas, el perdón es fundamental para las buenas relaciones de los seres humanos entre sí. Esta es una enseñanza básica de la Palabra de Dios. Y cuando San Juan quiso resumir todo esto en pocas palabras, dijo: “Este es su Mandamiento: Que creamos en el Nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros, como nos lo ha mandado” (1 Jn.3:23). Así tenemos paz con Dios y con los hermanos, y esto es el cielo en la tierra, un Paraíso en este valle de lágrimas.
Por el contrario, ¡que infierno en la tierra, qué agonía, qué pena asfixiante, qué corazones entenebrecidos y rostros siniestros existen allí donde no se practican el amor y el perdón! Cuando las personas no creen en Cristo ni aman a sus hermanos, sino que viven alimentando envidias, odios y rencores; insistiendo en las faltas de los demás y ¡prefiriendo la confrontación! ¡Tales personas son miserables víctimas del diablo! Pero aun así, todo podría arreglarse con el perdón.
No interesa lo ordinarios que fuesen tus vecinos, lo grave que fuesen los agravios que te hayan causado, las mentiras que hayan dicho contra ti y la forma en que te hayan insultado; calcula si tus propios pecados contra Dios no son mil veces más graves y numerosos. Cristo dice que todo cuanto tu semejante puede haber pecado contra ti, comparado con tus deudas ante Dios, es sólo como cien denarios frente a diez mil talentos… (Mt.18:32-33).
Dios desea perdonarte toda tu inmensa deuda. ¿Y tú, no quieres perdonarle también a tu prójimo todas sus ofensas? Y si no quieres hacer eso, si no quieres olvidar y perdonar los cien denarios, ¡pues bien, reclámalos! Cuenta las faltas de tu prójimo, sigue odiándolo, pero recibe también de vuelta tu propia deuda de diez mil talentos de manos del Señor. ¡Tendrás que devolver lo adeudado hasta el último centavo! Es así como juzga el Señor. Si quieres pedirle que te perdone todos tus pecados, puedes hacerlo, pero sólo del modo que Él mismo señaló: “Perdónanos nuestras deudas, ¡como también nosotros perdonamos a nuestros deudores!” (Mt.6:12).
Tal vez digas entonces: “Le he perdonado tantas veces a mi hermano, pero él no deja de ofenderme. ¿Es que nunca tendré el derecho de cansarme de perdonarle?” A lo que el Señor responde: “Yo también te he perdonado muchísimas veces; tú, sin embargo, todavía pecas. ¿Debo también yo cansarme de perdonarte?” Debemos recordar la respuesta que recibió Pedro a la pregunta: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt.18:21-22), o sea, infinitamente.
Primero, para consuelo de tu propio corazón, observa aquí que Cristo de cierto quiere perdonarte también a ti no sólo siete veces, sino setenta veces siete, un sinnúmero de veces, porque quiere practicar Él mismo lo que nos manda a hacer a nosotros; ¡Él no quiere quedarse detrás de nosotros en lo que se refiere al perdón! ¿No te ablanda esto, para que también tú perdones a tu hermano infinidad de veces? Aquí en este mundo, para vivir en paz, no hay otra solución que pedir y dar perdón, una y otra vez. El reino de Cristo es y seguirá siendo un reino de perdón.