27.Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a Mí, porque ¡Yo te redimí!Is.44:22
Escuchen todos ustedes que son infelices pensando que su contrición, arrepentimiento, oración, y piedad no obtienen los resultados que desean. Su santificación no tiene prosperidad, ¡Y por eso siguen bien lejos del consuelo que sólo Cristo confiere!
Escuchen lo que el Salvador les dice: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a Mí, porque ¡Yo te redimí!” Sin duda, es cierto lo que la Palabra de Dios dice acerca de la necesidad de santificación, arrepentimiento, oración, etc. Pero no atreverse a creer en la gracia salvadora de Cristo, debido a las imperfecciones que todavía hay en la vida de santificación, es un fatal error. Es una actitud totalmente equivocada no apreciar debidamente la sangre de Cristo. En todo el mundo no hay suficiente santificación, arrepentimiento ni piedad personal, como para que una persona obtenga la paz con Dios por ese medio. Darnos cuenta de que nuestro arrepentimiento es imperfecto y nuestra santificación es pobre, tiene que hacernos desesperar de nosotros mismos. Pero si siendo imperfectos e indignos no queremos acudir a Cristo y abrazar sus méritos, eso ciertamente es una actitud totalmente equivocada. Es no apreciar debidamente el valor de la sangre de Cristo. Es darnos demasiada importancia a nosotros mismos. No valemos tanto, ni con nuestros pecados, ni con nuestras penitencias. Estamos incluidos en la gran redención, y para aprovecharla ahora sólo hace falta que creamos y recibamos esa inmensa gracia divina.
¡Ojalá entendiésemos el don de Dios! Lo que significan las palabras: “Yo deshice como una nube tus rebeliones”. En primer lugar, vemos aquí nuevamente lo que el evangelio de Dios estuvo anunciando desde el principio del mundo: Que fue el plan de Dios que el pecado de todo el mundo quedase depositado en un solo Mediador; y que fuese expiado y quitado por “la obediencia de Uno” (Ro.5:19); que fuese extinguido por su pasión y muerte.
Porque: “al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2 Co.5:21). Ese es el secreto: La muerte de Cristo ya le quitó su poder condenatorio al pecado; Él lo ha sepultado “en lo profundo del mar”(Mi.7:19). El pecado ya no puede detener la gracia. Dios no condenará a nadie por su pecado, sino sólo por permanecer alejado de Cristo y de su Reino de Gracia. Ah, ojalá todo el mundo entendiera que Jesucristo ya quitó sus pecados; que desde que Cristo murió, ¡El perdón de Dios está disponible para todos!
En segundo lugar, vemos aquí el corazón de Jesús, ardiente de amor. El amado Salvador, que llevó nuestros pecados, no nos guarda rencor por haberle hecho sufrir tanto. Él lo sufrió todo por su sobreabundante amor. ¡No olvidemos jamás el gran amor de nuestro Señor Jesucristo! “¡Permaneced en mi amor!” nos dice Él (Jn.15:9). Y:”Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”. (v.13). Pero Pablo recalca que: “Cristo murió por los impíos” (Ro.5:6-8). De esto desprendemos la correcta conclusión que su amor es totalmente gratuito, e independiente de nosotros y de nuestra condición.
A veces nos asaltan pensamientos como estos: “Ojalá fuese mejor… pero no soy lo que debería ser… ni siquiera me puedo arrepentir como debería, sino que soy duro y pecaminoso. ¿Cómo podría pretender entonces estar en paz con Dios…?” Pero, notemos bien cuál es el motivo principal de nuestro lamento, alrededor del cual giran nuestros pensamientos, y del cual hacemos depender nuestra tranquilidad: ¿No es acaso esa palabrita “yo”? Decimos: “Si yo fuese… si yo pudiese…” etc. Es a nuestro “ego” al que le damos tanta importancia.
Pretendemos justificarnos a nosotros mismos, y llegar a ser nuestros propios salvadores ¡Cuidémonos de ese error! Pablo tuvo tanto miedo de mezclar aun el menor mérito propio con la justicia de Cristo, que consideró su mejor piedad personal como impura y hasta perjudicial. Dice: “Por amor a Cristo lo he perdido todo y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia, que es por la Ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil.3:8-9).
Recordemos que cuando decimos: “Yo, yo”, el Señor también repite:”Yo, Yo” y dice: “Es verdad. No son lo que deberían ser. Son inmundos e indignos, pero Yo, “¡Yo deshice como una nube tus rebeliones!” ¡Alabado sea el Señor! Por lo tanto, si nos lamentamos que no somos suficientemente penitentes; que no nos arrepentimos como debiéramos arrepentirnos, etc., etc., Él responde: “Es verdad: No se han arrepentido ni han hecho penitencia por sus pecados como hubiera correspondido, pero yo he sufrido por ustedes en el Getsemaní. Yo, “¡Yo deshice como una nube tus rebeliones!” Nosotros insistimos: -Pero tampoco oramos como debiéramos orar-. Y Él responde: “Es cierto, tampoco oran como debieran hacerlo. Pero Yo, “Yo ofrecí ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas” (He.5:7). “Yo reparé las deficiencias…” Nosotros decimos: -Tampoco nos mostramos tan agradecidos como nos corresponde-. Y Él responde: “Es verdad. Nunca me alabaron ni adoraron lo suficiente, pero yo luché y trabajé por ustedes; “Yo deshice como una nube vuestras rebeliones y vuestra apatía”.
Por eso, respetemos sus declaraciones. Postrémonos humildemente ante Él, agradeciendo y confesando: -No a nosotros, sino a Ti y a tu Nombre, Señor, sea toda la gloria ¡Tú, sólo Tú eres justo, y el que justifica a todos los que creen en Ti! Señor Jesucristo: ¡Auméntanos la fe!