27 de abril 2026

    27.“…cuanto querían” *Jn. 6:11 * (La biblia que usó Rosenius dice:

    cuanto quería Jesús)

    Cuando Jesús estuvo frente a una multitud de más de 5.000 personas en el desierto, sorprendió al pobre Felipe (su discípulo), preguntándole cómo podrían solucionar el enorme problema de alimentar a tanta gente. Jesús preguntó: “¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?” (Jn.6:5). Pero, ¿qué comenta San Juan con respecto a esta pregunta? “ … decía esto para probarle; porque Él sabía lo que había de hacer”. Prestemos atención a este ejemplo,en el que Jesús el Señor le dirige una pregunta tan desconcertante, a un perplejo y pobre discípulo.

    Hoy en día el Señor ya no nos habla personalmente para probarnos. Sin embargo a través de ciertas experiencias que nos envía, nos hace la misma pregunta que le hizo a Felipe, desafiándonos igual que a él, como si estuviésemos a cargo de una multitud que no podemos abastecer. Pero San Juan dice expresamente que el Señor hace eso “para probarnos… porque Él sabe lo que habrá de hacer”.

    Y a nosotros frecuentemente nos sucede lo mismo que a Felipe y Andrés. No entendemos la intención del Señor, y comenzamos a calcular con toda prolijidad los recursos disponibles; no creemos que haya otra salida. No calculamos que con Jesús tenemos más de lo que se puede ver. Felipe razonó y calculó correctamente: “Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco” (v.7). Tal vez sabía que no había más dinero en la bolsa que administraba Judas. Andrés también quiso participar en la tarea y dijo algo todavía más insensato: “Aquí está un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos” y agregó: “mas ¿qué es esto para tantos?” (vs.8-9). Y eso era todo en cuanto a las posibilidades de los discípulos.

    Pero el Señor tenía otra solución. Había llegado su hora, y ordenó a sus discípulos: “¡Haced recostar a la gente!” Y entonces comenzó a repartir -no cuanto tenían disponible los discípulos- sino cuanto Él quería. Eso es lo que ocurre con todas las pruebas de los hijos de Dios. Por lo general, en la hora de la prueba se calculan los recursos y reservas disponibles, y se llega a la misma conclusión: “¿Qué es esto, ante tantas necesidades?” Por eso tenemos que aprender la lección de esta historia bíblica. El Señor asigna a cada uno exactamente cuánto él quiere.

    A Dios le cuesta absolutamente lo mismo enriquecernos o mantenernos pobres.

    Tiene en sus manos toda la creación, y le resulta tan fácil hacer llover sobre nosotros las riquezas terrenales, como le resultó fácil cubrir el campamento de los israelitas murmuradores, de tantas codornices que hubo como medio metro de esas aves apiladas sobre la tierra… (Nm.11:31). Sin embargo, espiritualmente no tendríamos provecho, así como esa superabundancia de codornices no les sirvió a los israelitas. Pues el pueblo se dejó llevar por la codicia. “Aún estaba la carne entre los dientes de ellos, antes que fuese masticada, cuando la ira de Jehová se encendió en el pueblo, e hirió Jehová al pueblo con una plaga muy grande”. Comieron y fueron castigados con la muerte por su codicia . Por lo que hasta el día de hoy aquel lugar se llama “Kibrothataava”, que significa “sepultura de codiciosos” (Nm.11:34). No murmuremos ni codiciemos, como codiciaron aquellos y fueron abatidos. ¿Acaso la superabundancia no trae aparejadas grandes tentaciones? Vean qué palabras más terribles pronuncia el Señor contra los ricos, por ejemplo en Mr.10:25: “Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el Reino de Dios”. O en Lc.6:24: “¡Ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo”. ¡Oh Dios, no nos metas en tentación!

    Realmente, la felicidad del cristiano no consiste en poseer muchas cosas materiales. Por eso la Palabra de Dios nos dice: “Teniendo sustento y abrigo, ¡estemos contentos con esto!” (1 Tim.6:8). El Señor nos permitió orar solamente por el “pan nuestro de cada día” (Lc.11:3); o sea, por nuestras verdaderas necesidades materiales.

    Dios preserve a todos los cristianos de una actitud de autosuficiencia, en la que crean no necesitarlo más. Cuán felices somos, en cambio, si vivimos como hijos que esperan el pan de cada día de su Padre celestial. Él jamás será un mal Padre. O ¿crees que Él puede defraudar a los hijos, que depositan su confianza en sus promesas y piden todo de Él?

    Él mismo nos recuerda que si nosotros, siendo malos, no podemos ser tan depravados como para darle una piedra al hijo que nos pide pan, o una serpiente al que nos pide un pescado, ¿cuánto menos podrá comportarse así con sus hijos nuestro bondadoso Padre celestial? (Lc.11:11-13).

    Dios mismo, nuestro piadoso y fiel Señor, nos enseñó a pedirle a Él nuestro pan de cada día; entonces, si creemos sus palabras y hacemos lo que Él nos enseñó hacer y se lo pedimos, ¿todavía dudaremos que Él nos lo dará, de una manera u otra? Claro que Él mismo decidirá, en su inmensa sabiduría y bondad, el mejor método, momento y modo de satisfacer nuestras necesidades. Pero siempre, con toda seguridad, nos dará nuestro pan de cada día, aunque para ello deba hacer milagros.

    Publicado por editorial El Sembrador