26 de septiembre 2026

    26.Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.Col.3:3

    ¡Nuestra vida está escondida en Dios! ¡Escondida con Cristo! Cristo es nuestra vida, pero Cristo está escondido. Por eso está escondida también nuestra vida. Así habla el apóstol aquí, y la experiencia de todos los santos lo confirma. Sin embargo, no queremos aceptar esto como cierto y correcto, y decimos: “Si fuese vida verdadera con Cristo en Dios, no estaría escondida sino que se notaría claramente, y yo la sentiría más”. Veamos…

    Es cierto lo que dice la Escritura: “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en (dentro de) sí mismo” (1 Jn.5:10), y: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro.8:16). Es cierto lo que San Juan repite tantas veces: Sabemos definitivamente que somos de Dios; somos amados hijos de Dios; Dios habita en nosotros.

    Se engaña a sí mismo quien no fue convertido, quien no despertó del sueño de sus pecados, quién no conoció la angustia bajo la Ley ni la redención y nueva vida en Cristo, sino que todavía está unido al mundo incrédulo -aunque no sea en la corrupción más grosera- y piensa que a pesar de todo tiene la vida con Cristo en Dios, se engaña aquel que, si de este texto interpreta que la nueva vida con Cristo no se revela con señales manifiestas ni con determinado poder o pruebas. Porque las Escrituras enseñan que por los frutos del Espíritu se reconoce al árbol bueno.

    Que la vida espiritual esté tan escondida se debe a lo siguiente: Primero, que nuestra mente pecadora y ciega nunca llega a entender y a estimar plenamente la obra y los frutos del Espíritu. En cierta manera quiere apoderarse de esa vida y examinarla. A veces no nos conformamos con la lista de los frutos del Espíritu presentada en la Escritura, y queremos determinar por nosotros mismos la forma en que la vida espiritual debiera manifestarse. De modo que cuando las Escrituras mencionan amor, gozo, paz, etc., como los principales frutos del Espíritu, muchos dicen: “Sí, ¿pero qué es eso? Claro que cuando obtuve perdón de todos mis pecados sentí un nuevo amor a Dios en mi corazón; un gozo y una paz con Dios que nunca antes había sentido. Pero ¿qué es eso? Son cosas débiles e inconstantes en mi alma. Pienso que debiera sentir un amor y gozo, una paz y ternura mucho mayores…” Anhelamos sensaciones interiores y sentimientos de vida espiritual más fuertes dentro de nosotros. Y cuando faltan esos sentimientos, inmediatamente dudamos de nuestra vida y comunión con Dios.

    En segundo lugar, nuestra vida en Dios está más escondida que nunca cuando Dios no sólo nos quita los sentimientos o el poder de la fe, sino también permite que nos aqueje mucho pecado y flaqueza. Permite que Satanás nos zarandee despiadadamente; que nos tiente y atormente a tal punto con pensamientos, placeres y deseos pecaminosos, que a veces caemos. Y como Pedro, negamos al Señor con mentiras y perjurios. O discutamos como Pablo y Bernabé (Hch.15:39). Y cuando algo de eso ocurre con nosotros, ¿dónde queda nuestra vida con Cristo en Dios? Nos parece que seguir creyendo que el Espíritu de Dios todavía podría estar morando dentro de nosotros es una insensatez; pensamos que seguramente no es el Espíritu de Dios sino el del diablo… Entonces nuestra vida con Cristo en Dios está ciertamente oculta.

    Finalmente, para colmo a veces Dios también permite que nos azoten toda clase de adversidades, accidentes y sufrimientos. Más aún: que nos cubran como un aluvión. Así, por ejemplo, que se junten contra un piadoso Job todos los poderes de la naturaleza, de los hombres y de los espíritus (cuando los asaltantes, la tormenta y el fuego lo privaron de todo lo que poseía, inclusive de sus hijos: Job 1:15-19). El diablo hirió a Job con una sarna maligna, y hasta su mujer se burló de su fe (2:7-9). Sus miserables amigos lo afligieron con falsos consejos (4 y 5), y su propio corazón se rebeló contra Dios (Job 3), de modo que Job maldijo el día de su nacimiento. ¿Dónde quedó entonces el hombre tan bendecido por Dios (Job 1:1), tan perfecto y recto, que no había otro como él en la tierra (1:8)? ¿Dónde quedó la paz de Dios que debía haber disfrutado? ¡Esto sí que es esconder muy hondo nuestra gloriosa vida con Cristo en Dios! ¿O qué más podemos decir?

    Sin embargo, de todos los males que encubren y ocultan nuestra nueva vida con Cristo, no hay ninguno comparable al pecado. En comparación con éste, los sufrimientos físicos son poca cosa. Uno pronto puede entender que los sufrimientos físicos no son otra cosa que una “vara de disciplina paternal”, porque “el Señor al que ama, disciplina” (Pr.3:12). Pero el pecado, el furor del diablo en nuestra naturaleza carnal, la persistente codicia a pecar, el consiguiente sentimiento de perdición, y la idea de que Dios tiene derecho de abandonarnos y de quitarnos su Espíritu… éstos son los verdaderos golpes mortíferos capaces de penetrar hasta los tuétanos y de nublar plenamente nuestra vida en la gracia. En esas circunstancias generalmente no ayuda otra cosa que dejar de pensar en nuestra propia vida en la gracia, y mirar sólo al propio eterno e inmutable Dios, para implorarle que nos salve y socorra. Y cuando la atmósfera espiritual nuevamente se limpie, podremos ver que en medio de la negra oscuridad estaba escondido no sólo el inmutable corazón paternal de Dios y la eterna justicia de Cristo, sino también una verdadera, genuina y activa vida en la gracia dentro de nuestro corazón.

    Dios lleva a sus santos por caminos extraños, y en esos caminos esconde la vida bajo la muerte, la justicia debajo del pecado, la gracia bajo la ira, sí: el cielo bajo del infierno. Esa es la gran sabiduría de Dios, la que nos hace falta más que cualquier otra cosa, para poder permanecer con el Señor.

    Publicado por editorial El Sembrador