26.Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.Ro.8:14
Esta es la señal decisiva y distintiva de los hijos de Dios. De todos los mortales en la tierra, los hijos amados de Dios son sólo aquellos a los que el Espíritu Santo guía, gobierna y dirige en el presente. Los hijos del Espíritu de Dios son los hijos de Dios. Y viceversa: todos los que son hijos de Dios, son dirigidos por el Espíritu de Dios. Y quienes no son guiados o dirigidos por el Espíritu de Dios, tampoco son hijos de Dios.
Este texto nos habla de la marca que distingue a los hijos de Dios de todos los demás mortales. Podemos ver esa gran diferencia en todo el mundo. La amplia mayoría de los hombres sólo vive “según la carne”, ya sea en forma libre y grosera, de acuerdo a sus propios deseos o a los del mundo sin Dios; o en forma más sutil, estableciendo cierta piedad propia, pero sin dejarse dominar por la Palabra y el Espíritu de Dios.
Aparte de ellos hay otros: Los que creen en el Evangelio y están constantemente ocupados en conocer y seguir a Cristo. Tienen sus deficiencias, y las lamentan sinceramente. Es gente que lucha por Cristo y vive para Él. Se empeñan en sojuzgar la carne y en confesar a su Señor con palabras y hechos. Su conducta va en dirección opuesta a la del resto del mundo. La carne y la sangre no pueden producir ese comportamiento. No, pues es sólo el Espíritu de Dios quien lo produce. “Y todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro.8:14).
“¡Hijos de Dios!” ¿Quién puede creer y tener presente algo tan grandioso? Quienes lo aceptan tan fácilmente, ciertamente no piensan lo que esas palabras afirman. Y quienes tienen presente lo que esas palabras les aseguran, nunca pueden comprenderlas plenamente en esta vida. Hablan de algo demasiado grande y glorioso, que no cabe en nuestros estrechos corazones: ¡Ser hijos e hijas de Dios, no sólo siervos y siervas del todopoderoso Creador! Hasta cierto punto podemos darnos una pobre idea de lo gloriosa que es esa condición, si meditamos en las palabras que el apóstol emplea aquí. Pues dice que si somos hijos “también somos herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Ro.8:17). Y luego dice “Para que Cristo sea el primogénito entre muchos hermanos” (8:29). ¿Cómo vamos a entender esto? Ser hijo de alguien, en el sentido propio de la palabra, significa ser engendrado por esa persona. ¿Podemos ser hijos de Dios en ese sentido? Jesús es el “Hijo unigénito del Padre”, su único Hijo, engendrado por Él en la eternidad, de naturaleza divina igual que el Padre. Pero en un sentido más amplio todos los hijos de Dios en la tierra también fueron engendrados por Dios, al llegar a ser “nuevas criaturas” por obra del Espíritu de Dios (1 P.1:23).
Generalmente hay dos formas de llegar a ser hijo de alguien. La primera es por nacimiento, la segunda por adopción. Agradó al excelso Dios hacernos hijos suyos de ambas formas. En Efesios1:5 dice: “Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad”. San Juan habla muchas veces de la primera forma (ser hijos engendrados). Él dice: “A todos los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn.1:12). Y: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Jn.3:9). ¡Los hijos de Dios somos maravillas del cielo en este mundo pecador! “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Ro.11:33).
Que seamos hijos de Dios resume todo lo que el Dios Trino hizo por el género humano: Dios es nuestro Creador, nuestro Redentor, y Santificador. ¿Es demasiado para ti creer que eres un hijo de Dios? Entonces, recuerda que al principio Dios creó al hombre para esto, al crearlo a su imagen y semejanza, para heredar todo lo que Dios había hecho, inclusive las mansiones celestiales. “Pero” -dirá alguien- “¿acaso no caímos en pecado? ¿No estamos llenos de pecado?” Recordemos entonces que Dios precisamente por eso dio a su unigénito Hijo, para hacerse hombre como nosotros y para recuperar -mediante su obediencia hasta la muerte- nuestro derecho perdido de hijos suyos.
¿Nos parece imposible que podamos ser hijos de Dios, porque aún sentimos tanta pecaminosidad dentro de nosotros? Entonces, recordemos lo que Cristo hizo y padeció en nuestro lugar, precisamente por esa razón.
Cuando nacemos de Dios, también nacemos del Espíritu. A pesar de nuestra maldad hereditaria y de la resistencia de nuestra carne, nunca podemos sentirnos libres para pecar; no podemos “practicar el pecado” ni seguir viviendo habitualmente en la desobediencia, porque la simiente de Dios permanece en nosotros, y el Espíritu de Dios lucha dentro de nosotros contra el pecado: nos reprende, reanima y dirige. Pensemos en las palabras de nuestro texto: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro.8:14).
El fundamento de nuestra adopción es obra del propio Dios Trino. Por eso, a pesar de todos los defectos y la resistencia de nuestro corazón, todos los que somos guiados por el Espíritu de Dios, realmente somos hijos de Dios. Tan seguro como que Dios es mayor que todo lo que nuestro corazón pueda sentir.