26 de noviembre 2026

    26.Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios.He.9:24

    Cristo recibió del Padre el encargo de someterse a la Ley en nuestro lugar, como nuestro segundo Adán. Desde el pesebre hasta la cruz, Él estuvo y actuó en nuestro lugar. La Escritura enseña esto de manera especialmente clara, en muchos pasajes. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co.5:21). Él se hizo cargo de nuestras obligaciones y deudas, “…nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estábamos bajo la ley” (Gá.4:4-5). Lo que Él hizo, también lo hicimos nosotros. Lo que Él sufrió, lo hemos sufrido nosotros también. “Porque… si uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Co.5:14).

    Después de haber cumplido todas las exigencias de la justicia en nuestro lugar, haciendo que “en Él” también nosotros las hayamos cumplido, Cristo ascendió nuevamente al cielo de donde había venido, ¡Donde fue recibido con júbilo! ¿Y qué hace Él ahora en el cielo?

    El apóstol dice que Cristo entró al cielo “para presentarse ahora por nosotros ante Dios”, Él se presenta ahora ante el Padre con las gloriosas marcas de sus heridas, signo de su infinita obediencia. Se presenta con el esplendor y la hermosura de quien ha cumplido íntegramente la Ley por nosotros, y por eso su presencia es muy agradable y deliciosa al Padre. Alguien puede decir que siempre fue así, pero recordemos que antes Cristo estuvo junto al Padre como la Palabra eterna, en cambio ahora está como el Hijo del hombre, el segundo Adán, el Redentor del mundo, la Cabeza del cuerpo místico que es su Iglesia.

    Él no solo se presenta a sí mismo ante el Padre, sino que, como Cabeza de la Iglesia, en su Persona presenta o representa a todos los miembros.

    Recordemos lo que dice el apóstol: Fue al cielo “para presentarse por nosotros ante Dios”. Subrayemos las palabras: “Por nosotros”. Como Dios vio a toda la humanidad en Adán; de manera similar, ahora ve a todos los miembros de Cristo incluidos o representados en Cristo. Lo que ve en Cristo, lo ve también en nosotros: La pureza, perfección y justicia de Cristo, la ve también en nosotros.

    Jesucristo habló claramente de esto cuando dijo: “Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados…” (Jn.17:19). Y San Pablo se refiere a lo mismo en Col.1:21-22: “…ahora (Cristo) os ha reconciliado (con Dios) en su cuerpo de carne… para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él”. Y por eso, cuando el Padre nos ve en Cristo, también nos ama con el mismo amor con que ama a Cristo (Jn.15:9). A este amor la Escritura llama: “El amor de Dios en Cristo Jesús” (Ro.8:39).

    ¡Oh, admirable evangelio de Dios! ¡Qué maravilla! Nada de este mundo puede compararse con esto, pero permítanme ilustrarlo con un ejemplo: En Egipto, José era todo para el faraón: El salvador del pueblo y su mano derecha.

    Supongamos que José le hubiera podido mostrar al faraón un cuadro de todos sus hermanos, los otros hijos de Jacob. Seguramente el faraón los habría apreciado y amado también, como amaba a José, y les habría dado los mismos beneficios y privilegios que le había dado a José. Habría mirado a Rubén, Benjamín y a los demás en el cuadro a través de José; y los habría amado y aceptado en José. Ante el faraón, José estaría representando a sus hermanos, y en su persona el faraón podría imaginarlos a ellos.

    Cristo nos representa ante el Padre, con la gran diferencia que el Padre no nos imagina semejantes a Cristo, sino que nos ve y considera semejantes a Cristo, porque nos da o imputa la santidad y la justicia de nuestro Hermano y Salvador. Cristo realmente nos representa ante el Padre, y en nuestro lugar ha hecho todo lo que Él nos exigía a nosotros. Pero, que nadie sea tan tonto como para pensar que Dios no sabe que somos pecadores impuros. Él está perfectamente al tanto de eso y por eso nos hace pasar a menudo por el fuego purificador, hasta el límite de nuestra resistencia. Pero Él ya no ve el pecado en nosotros, ni nos juzga de acuerdo a lo que somos en nosotros mismos, sino según lo que somos en su amado y querido Hijo. Por eso también nos ama más allá de lo que somos capaces de entender. Y por eso nos ama también en medio de los múltiples fracasos y problemas que tenemos por la plaga del pecado y nuestra debilidad. Así, mientras nos preocupamos y zozobramos por nuestro estado, Él sin embargo se deleita en nosotros, porque nos ve en y a través de Cristo, quien nos representa.

    Ahora todo depende de que nos contentemos con esto, y no intentemos presentarnos ante Dios de ninguna otra manera que “en Cristo”. ¿Quieres sentirte conforme solamente después de haber alcanzado la santidad por ti mismo? En ese caso, esperas ser encontrado por Dios en tu propia justicia, y serás rechazado. ¿Quieres poner en duda el amor que Dios te tiene porque tu fe no es tan fuerte como debería ser? En ese caso, quieres presentarte ante Dios confiando en tu fe, y no “en Cristo”. ¿Piensas que Dios no puede amarte, porque tu corazón es frío y duro? Entonces quieres presentarte ante Dios con tu propio corazón lleno de buenos sentimientos, y no “en Cristo”. ¿Crees que Dios te amaría más si perfeccionases esta o aquella virtud en tu vida? En ese caso, quieres presentarte ante Dios revestido con tus virtudes, y no “en Cristo”. ¿Es que quieres ser tu propio sumo sacerdote? Entonces, quieres salvarte en tu nombre, y no “en Cristo”! Ponte en guardia contra la rebelión de la incredulidad, que se alza contra “el ungido del Señor”, y que desprecia a Jesucristo, porque: “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch.4:12).

    Publicado por editorial El Sembrador