26.Y se apartaron de allí los varones, y fueron hacia Sodoma, pero Abraham estaba aún delante de Jehová. Y se acercó Abraham y dijo: ¿Destruirás también al justo con el impío?Gn.18:22-23
Vayamos con la imaginación a los llanos de Mamre y escuchemos la notable conversación entre Abraham y sus extraños visitantes, cuando éstos se dirigían a Sodoma, que estaba a punto de ser destruída (Gén.18:16-33). Aquí vemos la ternura del Padre celestial y el comportamiento confiado y los sentimientos piadosos de su fiel siervo Abraham. Esta historia bíblica nos permite mirar al corazón de un gran amigo de Dios, en el preciso momento en que un pueblo impío habría de caer bajo el castigo del Señor. Y aún más cautivante y alentador en este pasaje, es la imagen que nos ofrece del misericordioso corazón de nuestro Padre celestial.
Aquí vemos cuánto valora Dios a sus fieles, tanto que se mostró dispuesto a salvar a toda una ciudad, llena de escarnecedores ateos, si podría hallar tan sólo a diez justos en ella.
Al que lee este relato en su Biblia, seguramente también le llamará la atención la forma en que el Padre celestial condesciende a la condición de sus siervos, encubre su majestad y su gloria divina bajo la forma humana. Sus pensamientos y su modo de hablar es tan humano, que uno ve y oye únicamente a un ser humano hablando con Abraham. Y hace esto sólo para alejar toda clase de temor de su siervo y conquistar toda su confianza. Y lo consigue. Porque vemos cómo la bondad de Dios inflama la fe de Abraham cada vez más, de modo que avanza paso a paso siempre más en su oración, aunque también cada vez más avergonzado por su atrevimiento. Cuando Abraham oyó que el Señor estaba dispuesto a perdonar a Sodoma si hubiese cincuenta justos en ella, el patriarca enseguida comprendió que no había esa cantidad, y que las ciudades amenazadas seguían bajo la ira de Dios. Por eso siguió reduciendo el número.
Pero finalmente se detuvo en el número diez, porque pensó que sería una abuso a la justicia del Altísimo seguir insistiendo; se dio cuenta de que el Señor ya no podría postergar más su justo juicio, porque no había ni siquiera diez justos. Por eso, muy temprano a la otra mañana, el patriarca volvió al lugar donde había hablado con el Señor, y quedó preocupado al ver el humo subiendo del valle como de un horno. Había recibido una impresión tan profunda de la justicia de Dios, que sabía que la mañana siguiente habría de darle la información decisiva.
El Señor se había detenido con su siervo en una altura, desde la cual habían podido contemplar a Sodoma y sus alrededores. Así también, todos los creyentes tienen una visión elevada por la luz del Espíritu por encima de las circunstancias humanas y condiciones terrenales. Y son sólo los creyentes los que ven los planes del Omnipotente desarrollándose en los grandes e inquietantes acontecimientos del mundo. Ven la revelación de la fidelidad y de los juicios de Dios. El Señor le declaró a Abraham lo que pensaba hacer con Sodoma y Gomorra. A nosotros también nos declara sus planes en su Palabra. Sabemos que cuando un pueblo llega al punto en que ya no le presta más atención a la voz de su Dios, y descaradamente pisotea tanto sus Mandamientos como su misericordia, entonces el clamor de su pecado llega al cielo, provocando el ardiente celo y la condenación del Todopoderoso con terribles y manifiestas calamidades. Aquí podemos ver también lo que nos corresponde hacer. Los que hemos sido perdonados y adoptados como hijos de Dios; los que estamos en íntima comunión con Él por medio de la fe en Cristo y podemos hablarle como los hijos a su padre, debemos valernos de esa gracia y presentarnos ante el Señor, plantarnos ante Él como Abraham, e interceder por los que están en peligro de caer bajo su juicio.
Si, tal como nos pide el apóstol Pablo, cuando dice: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones, y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes, y por todos los que están en eminencia” (1 Tim.2:1). Interceder por los que tienen autoridad, por toda la Iglesia de Cristo, y por las personas más allegadas.
Dios quiere realizar grandes cosas, pero preferentemente en respuesta a las oraciones de sus hijos, a fin de revelar su gracia y su gloria. Por eso hemos de pedirle insistentemente. Vemos cómo el piadoso patriarca rogó humildemente seis veces pidiendo permiso para pedir cada vez algo más. Y ni una sola vez fue desoída su oración. Todas las veces Dios le concedió una respuesta favorable.
Asi, Dios nos asegura que nuestras oraciones le agradan todas las veces que imploramos piedad para los pecadores. Porque eso concuerda muy bien con su propio corazón. Es verdad que las oraciones de los creyentes no anulan los juicios de Dios y las leyes de su Reino de Gracia. A los que persisten en el pecado y deliberadamente resisten al Espíritu del Señor, no los pueden salvar ni siquiera la intercesión y las lágrimas del propio Señor Jesucristo, como lo vemos en el caso de la Jerusalén impenitente (Lc.19:41-44). Sin embargo, la intercesión de los creyentes mueve a Dios a hacer algo especial, en favor de las personas que son el objeto de la intercesión de sus amigos. En efecto, aquí en Génesis 18 vemos que el Señor estuvo dispuesto a perdonar a todas esas ciudades amenazadas, si hubiesen habido allí solamente diez justos.
Y esta es la segunda lección que hemos de aprender de este pasaje bíblico.
Notemos ¡cuánto vale aún un solo justo a los ojos de Dios! O sea, un alma justificada por la fe en la sangre de Jesucristo, que tiene el perdón de todos sus pecados, y lucha por su santificación. Por causa de unos pocos cristianos así, Dios está dispuesto a salvar a toda una ciudad llena de ateos. ¡Sin duda, para nuestro Señor Jesucristo los creyentes esparcidos en este mundo son un gran tesoro!
La intercesión de nuestro gran Sumo Sacerdote Jesucristo ante el trono de Dios, es decisiva. Aparte de eso, lo que más influye en las decisiones de Dios, son las súplicas de los pocos justos que hay en el mundo.