26 de marzo 2026

    26.Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.Gá.3:13

    Si estas palabras hallan lugar en el alma, producirán tanto bienestar y consuelo que se podrá desafiar y triunfar sobre los poderes del infierno y regocijarse en el Señor, ¡aún en en las peores situaciones! Mediten, por favor ante el cuadro que las palabras: “Cristo fue hecho maldición” nos presentan. Que el propio Hijo de Dios haya sido hecho maldición ciertamente es una declaración seria y extraña, pero también es un poderoso y vivificante consuelo para el que la tiene presente. Noten que Cristo cargó con la maldición de la Ley. No solo fue maldecido, sino que fue totalmente cubierto y sumergido en la maldición, hasta que llegó a ser maldición.

    Esto puede parecer extraño, pero es lo mismo que dice San Juan al exclamar: “¡He aquí al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Jn.1:29), como cuando cantamos al participar de la Santa Cena y recibir con el pan y el vino consagrados -el cuerpo y la sangre “dado y derramada por nosotros, para la remisión de nuestros pecados” (Mt.26:28; Lc.22:19;1 Co.11:24). Lo mismo dice Isaías: “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Is.53: 6); y: “Llevó el pecado de muchos” (v.12). Así, este es un texto en el que nunca podemos reflexionar y pensar demasiado: “Cristo fue hecho maldición…”

    La segunda expresión sumamente importante a tener en cuenta es: “… por nosotros”. “¡Por nosotros, por nosotros”! Todo el énfasis de este texto recae sobre esas dos palabritas: “¡Por nosotros!” Por sí mismo Cristo ciertamente no tuvo necesidad de ser hecho maldición. Durante toda su vida Él fue completamente inocente, santo y justo. Fue hecho maldición porque se hizo cargo de nuestros pecados.

    De acuerdo a la ley de Dios, los grandes criminales debían ser colgados de un árbol como malditos por Dios (Dt.21:22 y 23). Por eso Cristo debió ser alzado en una cruz. Había cargado con las culpas de los pecadores y criminales. Y no fue tratado como un criminal cualquiera, sino como el peor de todos, porque representó a todos los pecadores y criminales juntos (porque ante Dios somos todos pecadores y criminales). Así, ante Dios debió ser lo que somos todos nosotros, o sea: transgresores y malhechores, como está escrito: “Al que no conoció pecado, por nosotros Dios lo trató como si fuera el pecado mismo” (2 Co.5:21).

    Ante Dios, Cristo fue tratado como el mayor de los pecadores, como si fuera aun peor que la persona más malvada del mundo. Pues al ser el sacrificio por los pecados de todos los hombres, ante Dios ya no era una persona inocente, libre de culpa, como lo es el Hijo de Dios en sí mismo. Se presentó ante el Juez Supremo como el peor pecador, soportando y llevando en sus espaldas los pecados de Pablo, que anteriormente fue Saulo el “blasfemo, perseguidor e injuriador” (1 Ti.1:13); los de Pedro, que negó a su Señor (Mt.26:69ss); los de David, que cometió adulterio y asesi nato (2 S.12:9); sí, los pecados míos, los tuyos y los de todas las personas. Porque todas las transgresiones que cometimos y todavía cometemos diariamente yo, tú y todos los demás, fueron transferidas a Cristo, el Cordero de Dios, de manera tan real y válida, como si Cristo mismo los hubiese cometido. Nuestros pecados, fueron considerados por Dios como pecados cometidos por Cristo. Es que nuestros pecados debieron pasar a ser los pecados de Cristo mismo, ¡o estaríamos eternamente perdidos, porque seguiríamos siendo responsables por ellos!

    Cristo se hizo cargo tan verdaderamente de nuestros pecados, que fue como si Él mismo los hubiese cometido. Por otra parte, todo lo que Él hizo y sufrió en nuestro lugar nos fue adjudicado a nosotros de manera tan real, que vale como si lo hubiésemos cumplido y pagado nosotros mismos. Esto es lo que San Pablo quiso decir al afirmar: “Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros; para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. Y cuando dice: “Si Uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Co.5:21; 5:14b).

    De estos textos podemos aprender lo que significa la expresión “por nosotros… hecho maldición por nosotros”. Gracias a la inefable misericordia de Dios y al eterno consejo redentor del Padre, Cristo efectuó un cambio inmensamente favorable para nosotros. Él se llevó lo que era nuestro: Pecado, maldición y muerte. Y nos dio lo que era suyo: Justicia, vida y bendición. A nuestro querido Señor le costó muchísimo llegar a ser maldición en nuestro lugar: Fuerte clamor y lágrimas, sudor y sangre, tortura y muerte en la cruz como si fuera un gusano y no un hombre (Sal.22:6). Todo eso debía suceder para nuestra redención, y Él lo superó todo gloriosamente.

    Así pues el apóstol declara que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley”.

    No dice que nos redimirá cuando nos hayamos vuelto suficientemente piadosos, fieles y santos. No. Cristo ya nos redimió el día que fue hecho maldición por nosotros. Por eso cuando los peores hombres y las más viles mujeres fueron a Jesús implorando su piedad y queriendo ser suyos por el resto de sus vidas, inmediatamente obtuvieron su gracia y fueron recibidos como si no existiese la Ley y como si jamás hubiesen pecado. Esta es la razón por la que también todos nosotros, cuando nos acercamos a Jesús de la misma manera, inmediatamente somos justificados y salvos. Por medio de la fe en Él recibimos la única Justicia reconocida por Dios, que fue adquirida para todos.

    Dios desea que aceptemos este maravilloso y eterno tesoro, y creamos que Cristo nos redimió de la maldición.

    Publicado por editorial El Sembrador