26 de julio 2026

    26.¡No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios!Ro.12:19

    Aquí el apóstol contrapone la justa ira y venganza de Dios, a la impía venganza nuestra. Con eso indica que si dejamos que Dios nos proteja, Él tendrá cuidado de nosotros en todo momento; vengará toda injusticia cometida contra nosotros, y se encargará de que se nos haga justicia. Si nos vengamos nosotros mismos, nos adelantamos a Dios y le quitamos nuestro caso. Y entonces tendremos que defendernos a nosotros mismos. Estas cosas podemos deducir de la exhortación del apóstol, que contrapone la venganza de Dios a la nuestra, diciendo: “¡No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios!”

    El apóstol dice que la injusticia que sufrimos será vengada. ¡Sí! Sólo quiere que se le permita a Dios ejercer su majestuoso derecho, y que sea el Juez de todo el mundo, de modo que no usurpemos su oficio al vengarnos nosotros mismos. Sólo el Señor es el Juez Supremo de todas sus criaturas.

    Porque escrito está: “Mía es la venganza, Yo pagaré, dice el Señor” (Ro.12:19). Esta palabra suya debiera poner fin para siempre a todos nuestros deseos de venganza.

    Porque cuando el gran Dios desea ser nuestro vengador, debemos temer tanto su ira, que nuestra indignación se convierta en sincera piedad e intercesión. Vemos lo mucho que Dios ama a sus hijos y amigos cuando dice: “El que os toca (a vosotros), toca a la niña del ojo de Jehová” (Zac.2:8).

    Vemos el ardiente celo con que Cristo vela sobre los suyos, cuando declara: “Aun vuestros cabellos están todos contados” (Mt.10:30). Significa que Dios prestará atención aún a la más oculta maldad y crueldad que alguien puede infligirnos. Además sabemos lo terrible que es cuando el propio Señor Dios se enoja y castiga a alguien.

    Entonces sin duda hemos de permanecer conformes y tan sólo rogar: “¡Oh Dios, ten piedad de todos nosotros! ¡Y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores!” Pues cuando Dios castiga a los que cometen una injusticia o maldad contra nosotros, lo hará en forma algo más terrible de lo que hubiésemos querido hacerlo nosotros.

    No olvidemos jamás, que quien nos causa gratuitamente algún sufrimiento, no nos aflige sólo a nosotros, sino en grado mayor aún, al propio Señor Dios. Él tiene mucho mayor cuidado de nosotros, que nosotros mismos. Nuestro opresor queda inmediatamente sujeto a la ira de Dios. Y no podrá escapar, como nadie hasta ahora se le escapó.

    La verdad es que el pecado jamás quedará impune. La gran perfección de Dios velará por ello. El pecado siempre golpeará de alguna forma al pecador, fuese en esta vida presente o en la eternidad. Aquí en el presente, con malas consecuencias y cargos de conciencia. En la eternidad, con el sufrimiento del eterno castigo de Dios. Si en este tiempo presente el pecador llega al arrepentimiento y a la fe, transfiere el sufrimiento por el pecado a Cristo, y no sufrirá más el castigo y la condenación, porque Cristo ya los soportó. No obstante sufrirá el remordimiento y la corrección. Si no ocurre eso, tarde o temprano la ira de Dios siempre lo encontrará. Esto muchas veces ocurre de forma tal que en el presente no lo percibimos como un castigo por el pecado. Puede ocurrir con accidentes ordinarios, enfermedades, hambrunas, incendios, inundaciones, destrucción por guerra etc.

    Pero a veces ocurre de tal forma, que podemos percibir claramente la justa venganza de Dios. Por ejemplo, cuando alguien oprimió al débil, digamos a una viuda y a sus hijos huérfanos, usurpando fraudulentamente sus posesiones, y luego recibe el castigo de extraños accidentes, y acaba en la última miseria. O cuando una persona calumnió, traicionó o engañó a alguien, y le arruinó su buen nombre y reputación, y luego cayó personalmente en vergüenza y deshonra pública. O cuando una persona le causó a alguien una seria y dolorosa herida en el corazón, tal vez una aflicción para el resto de su vida, y la justicia humana no fue capaz de castigarlo, pero finalmente éste cae en una insoportable e incurable melancolía, y acaba en la locura o en el suicidio…

    Pero aun cuando Dios no reivindica la maldad aquí en el tiempo presente, su justa venganza espera para la eternidad, la terrible ira venidera. ¿Entonces por qué aun quieres seguir enojado con tu enemigo? ¿Cómo quieres vengarte todavía tú mismo, o guardar malos pensamientos y deseos contra tu prójimo, sabiendo que una ira divina tan grave ya descansa sobre él? ¿Acaso no debieras sentirte, por el contrario, lleno de profunda compasión hacia él, y orar por él, para que se arrepienta? Estas cosas debiéramos tener presente, cuando el Justo y temible Señor advierte: “¡Mía es la venganza; Yo pagaré!”

    El apóstol nos dice estas cosas para detener y rechazar nuestra fuerte tendencia a devolver mal por mal y vengarnos. Efectivamente, para todos los que desean ser cristianos, y viven de la gracia, -necesitando la paciencia de Dios en todo momento-, esto debiera ser suficiente para persuadirlos a no tomar la mínima venganza, ni a sentir odio hacia su prójimo.

    Publicado por editorial El Sembrador