26 de febrero 2026

    26.Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.Gn.1:26

    La expresión “hagamos” indica notablemente la existencia de una conversación.

    Dios no dice: “haré al hombre” ni “¡produzca la tierra al hombre!”, sino “¡hagamos al hombre!” Todas las demás criaturas fueron creadas sin una consulta de esa clase, por medio de la todopoderosa Palabra de Dios. Sin embargo, cuando Dios decidió crear al hombre, mantuvo un intercambio de ideas. ¿Pero con quién? Sin duda, las tres Personas de la Santa Trinidad consultaron entre sí. El ser que habrían de crear no sólo poseería un cuerpo físico, sino también un espíritu inmortal, que provendría del Espíritu del propio Dios, y estaría preparado para la vida eterna en el cielo. Dios dijo: “¡Hagamos al hombre a nuestra imagen!” Y cuando Dios, en su divina sabiduría, anticipó la caída del hombre y la miseria que eso produciría, no quiso que tan importante criatura suya se perdiese para siempre. Por eso tuvo una consulta previa, y resolvió que Dios Hijo, el Verbo eterno, se haría cargo de rescatarla.

    El ser humano fue creado en forma muy diferente a todas las demás criaturas. Cuando Dios creó a los animales, ordenó: “¡Produzcan las aguas! ¡Produzca la tierra!” etc., como si Él no intervendría directamente, sino que accionaba ciertas fuerzas y leyes de la naturaleza por medio de su omnipotente Palabra.

    Pero al crear al hombre, Dios actuó directamente. Era una obra en cuya creación se unieron las tres Personas de la Divinidad, diciendo: “¡Hagamos al hombre!” El hombre no nació del agua ni de la tierra, como especularon algunos pueblos paganos. El hombre fue creado por Dios en forma especial y directa.

    Esto se hace aún más notable cuando consideramos el origen de las dos partes constituyentes del ser humano: Cuerpo y alma. Leemos en Génesis 2:7: “Formó Dios al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”.

    Notemos: Dios hizo al hombre. Fue obra de Dios mismo, y llegó a ser la obra maestra de la tierra. Dios formó el cuerpo humano del polvo de la tierra, recordándonos para siempre, particularmente después de la caída, que somos polvo, una bolsa de gusanos (Gn.3:19; Ecl.3:20).

    Por eso el primer hombre recibió el nombre de “Adán”, que significa “de tierra, terrenal, hijo de la tierra”, para que no nos olvidemos nunca lo corruptibles que son nuestros cuerpos. Y para que no olvidemos la necesidad que tenemos de buscar lo que pertenece al alma y a la eternidad… dice la Escritura: “Y sopló (Jehová Dios) en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gn.2:7).

    ¡Qué origen sublime y noble! El alma inmortal, creada para vivir con Dios en el presente y en la eternidad, le vino al hombre tan directamente de Dios, que la Escritura asegura que “Dios le sopló la vida”. Bien podemos cantar con David: “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras” (Sal.139:14). Por eso San Pablo dijo: “Linaje suyo somos” (Hch.17:28 – 29).

    El ser humano es hijo de la tierra, e hijo de la eternidad. Es una criatura especial de Dios. Dios creó al hombre “a su imagen”. El Espíritu de Dios quiere llamar nuestra atención sobre este hecho en forma especial, repitiéndolo muchas veces en las Escrituras. Nuestro texto dice: “Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, ¡conforme a nuestra semejanza!… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó…” (Gn.1:27). Repite, con diferentes expresiones, que el hombre habría de poseer la imagen de Dios.

    Aunque en este mundo nunca podremos entender cabalmente en qué consiste la imagen de Dios, el hecho de que el hombre haya sido creado a Su imagen es inmensamente importante; implica algo muy grandioso. Pues gracias a ello, el Hijo de Dios pudo venir al mundo convirtiéndose en un ser humano igual a nosotros. Por eso pudo llamarnos “hermanos” suyos. Él vino para restaurar lo que había sido destruido por la caída del hombre en el pecado. Y así, por medio de Él podemos volver a participar de la misma gloria, para la que fuimos creados al principio. Por medio del “nuevo nacimiento”, de “la nueva creación”, llegamos a ser “nuevas criaturas” en Cristo, y participantes de la naturaleza de Dios (2 Co.5:17; 2 P.1:4).

    Y este nuevo hombre tiene que ser renovado diariamente, a imagen de su Creador. Sin embargo, la imagen de Dios en nosotros, jamás estará plenamente restaurada antes de la resurrección. El día del Juicio Final recibiremos cuerpos nuevos, puros e inmortales; y Cristo se manifestará plenamente en todos los creyentes.

    Como declara San Juan: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Pero sabemos, que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es Él” (1 Jn.3:2).

    Publicado por editorial El Sembrador