26.Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo.Ro.15:2-3
Cristo no se agradó a sí mismo. Él es el ejemplo de todo lo bueno y santo, y el que motiva los corazones de los creyentes. Si eres cristiano, si tienes la inmensa gracia de estar unido a Cristo y de poseer en Él vida, consuelo, justicia y esperanza; si Él es tu Salvador y tu mejor amigo… seguramente ha de ser muy importante y profundamente satisfactorio para ti “andar como Él anduvo” (1 Jn.2:6); ser como fue Él, y obrar como obró Él. San Pablo afirma que Cristo “no se agradó a sí mismo”. No procuró su propia ventaja, su propio placer ni su propia gloria; sino que procuró nuestra ventaja y el bien de los pecadores perdidos, cuando se entregó por nosotros. No se sintió satisfecho con ser sabio, justo y digno de honor y gloria solamente Él; sino que prefirió dejarse cubrir con deshonra, para hacernos partícipes también a nosotros de su sabiduría, justicia y gloria.
El apóstol coloca este sublime y sagrado ejemplo ante nuestros ojos, a fin de desafiarnos y animarnos a comportarnos como se comportó Él, nuestro querido Señor y Maestro; a no pensar sólo en complacernos a nosotros mismos, sino en complacer también a nuestro prójimo, a buscar su edificación y así a “soportar las flaquezas de los débiles” (Ro.15:1). Si me siento tentado a criticar las faltas de mi prójimo, su ignorancia y otros defectos; si soy tentado a sentirme satisfecho conmigo mismo y a despreciar a mi hermano, entonces la imagen del Cristo “manso y humilde” inmediatamente debe doblegarme y hacerme sentir vergüenza por mi actitud arrogante. El hermoso cuadro de la santa humildad y del excelso amor de Cristo debería despertarme y hacerme aborrecer mi arrogancia. Debería pensar en la clase de cristiano que soy, capaz de sobrestimarme tanto a mí mismo y de mirar con desprecio las flaquezas de mi hermano. Cristo, nuestro Señor, la eterna perfección, sabiduría y bondad en Persona, no trató de complacerse a sí mismo ni nos despreció a nosotros, pecadores insensatos y abominables como somos: El hizo todo lo que estuvo en su poder para librarnos de nuestra miseria. Sí, ¡quieran todos los cristianos pensar en eso!
Quizás te alarmes ante la ignorancia o la transgresión de tu hermano, y estés listo para juzgarlo, condenarlo y considerarte mejor a ti mismo. Pero considera cómo se comportó y se comporta Cristo con nosotros; cuántas locuras y faltas debe ver diariamente en nosotros, y cómo no obstante sigue cuidándonos con paciencia y bondad. Considera cómo trató Cristo a sus débiles discípulos, cuyas vidas estaban llenas de faltas, torpezas y malos hábitos. El jamás los despreció o condenó, mientras seguían con Él; al contrario, siempre soportó sus debilidades; sus faltas, errores y torpezas que fueron muchas.
Una vez quisieron pedir que cayese fuego del cielo y consumiese a los impíos (Lc.9:54). Otra vez Pedro quiso desalentar a Jesús para que no sufriera su pasión y muerte (Mt.16:22). En otra ocasión los discípulos disputaban entre sí, cuál de ellos sería el mayor (Mr.9:33-34). En Mr.14:50 se relata que todos lo abandonaron; y en Mt.26:69-75 la horrible forma en que Pedro lo negó.
Se habían olvidado, casi completamente, de su promesa de resurrección; tanto, que Tomás, uno de los doce, se negó a aceptar el hecho, a no ser que pudiese poner su dedo en la señal de los clavos (Jn.20:25). ¿Y qué hace el Señor con esos discípulos porfiados y débiles? No los destruye ni los desprecia ni los abandona silenciosamente como bien podría haberlo hecho. No, sino que se preocupa por ellos y por sus necesidades, los sigue y les habla con más amor, reprende piadosamente sus malos hábitos, corrige su falta de entendimiento, y los remite a su Palabra, diciéndoles: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿Acaso no era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y entrara a su gloria?” (Lc.24:25-26). Les habla en una forma tan amable como a sus queridos hijos y mejores amigos, como si no lo habrían ofendido en absoluto. Sólo trata de restaurarles la fe y la paz, a fin de fortalecerlos.
No debemos obedecer a nuestro propio espíritu, sino dejar que Cristo, nuestro Salvador, también sea nuestro Maestro. A Él hemos de seguirle en todo. No se necesita gran gusto artístico para ver, juzgar y criticar las faltas y los errores de otra gente. Los infieles y fariseos aprenden ese arte fácilmente.
Pero mostrar piedad, soportar con humildad y amor las flaquezas de los débiles, y hablar sólo para su edificación, eso es un arte muy elevado y sublime. Aun los fieles creyentes, que diariamente necesitan y disfrutan la misericordia de Dios, tardan en aprender que deben mostrar la misma misericordia a sus hermanos débiles.
Recordemos, sobre todo, que nosotros mismos necesitamos misericordia, pues debemos reconocer nuestra propia pecaminosidad e indignidad. Sin embargo, vemos que a pesar de todo, la gracia de Dios sobreabunda. La inmensa gracia de Dios nos reconforta y logra que apreciemos la misericordiosa actitud de Cristo; es así como aprendemos a tratar a los hermanos débiles.
Cuando te das cuenta de que Jesucristo te trata con mansedumbre, y eres consciente de que vives por la sola misericordia de Dios, ¡no te olvides que Él quiere que tú también muestres tal misericordia y paciencia a los demás! Como nos enseña el apóstol, Dios no quiere que tratemos de complacernos a nosotros mismos, sino a nuestro prójimo, para su edificación y su bien: “Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo”. Él no vino para complacer o servirse a sí mismo. Hizo todo para agradar y servirnos a nosotros, y hace que su gracia aún nos sostenga diariamente en nuestras flaquezas. ¡Quiera Dios concedernos la gracia de imitar, fielmente, el amor ejemplar de nuestro Salvador Jesucristo!