26 de enero 2026

    26.Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo.Ro.15:2-3

    Cristo no se agradó a sí mismo. Él es el ejemplo de todo lo bueno y santo, y el que motiva los corazones de los creyentes. Si eres cristiano, si tienes la inmensa gracia de estar unido a Cristo y de poseer en Él vida, consuelo, justicia y esperanza; si Él es tu Salvador y tu mejor amigo… seguramente ha de ser muy importante y profundamente satisfactorio para ti “andar como Él anduvo” (1 Jn.2:6); ser como fue Él, y obrar como obró Él. San Pablo afirma que Cristo “no se agradó a sí mismo”. No procuró su propia ventaja, su propio placer ni su propia gloria; sino que procuró nuestra ventaja y el bien de los pecadores perdidos, cuando se entregó por nosotros. No se sintió satisfecho con ser sabio, justo y digno de honor y gloria solamente Él; sino que prefirió dejarse cubrir con deshonra, para hacernos partícipes también a nosotros de su sabiduría, justicia y gloria.

    El apóstol coloca este sublime y sagrado ejemplo ante nuestros ojos, a fin de desafiarnos y animarnos a comportarnos como se comportó Él, nuestro querido Señor y Maestro; a no pensar sólo en complacernos a nosotros mismos, sino en complacer también a nuestro prójimo, a buscar su edificación y así a “soportar las flaquezas de los débiles” (Ro.15:1). Si me siento tentado a criticar las faltas de mi prójimo, su ignorancia y otros defectos; si soy tentado a sentirme satisfecho conmigo mismo y a despreciar a mi hermano, entonces la imagen del Cristo “manso y humilde” inmediatamente debe doblegarme y hacerme sentir vergüenza por mi actitud arrogante. El hermoso cuadro de la santa humildad y del excelso amor de Cristo debería despertarme y hacerme aborrecer mi arrogancia. Debería pensar en la clase de cristiano que soy, capaz de sobrestimarme tanto a mí mismo y de mirar con desprecio las flaquezas de mi hermano. Cristo, nuestro Señor, la eterna perfección, sabiduría y bondad en Persona, no trató de complacerse a sí mismo ni nos despreció a nosotros, pecadores insensatos y abominables como somos: El hizo todo lo que estuvo en su poder para librarnos de nuestra miseria. Sí, ¡quieran todos los cristianos pensar en eso!

    Quizás te alarmes ante la ignorancia o la transgresión de tu hermano, y estés listo para juzgarlo, condenarlo y considerarte mejor a ti mismo. Pero considera cómo se comportó y se comporta Cristo con nosotros; cuántas locuras y faltas debe ver diariamente en nosotros, y cómo no obstante sigue cuidándonos con paciencia y bondad. Considera cómo trató Cristo a sus débiles discípulos, cuyas vidas estaban llenas de faltas, torpezas y malos hábitos. El jamás los despreció o condenó, mientras seguían con Él; al contrario, siempre soportó sus debilidades; sus faltas, errores y torpezas que fueron muchas.

    Una vez quisieron pedir que cayese fuego del cielo y consumiese a los impíos (Lc.9:54). Otra vez Pedro quiso desalentar a Jesús para que no sufriera su pasión y muerte (Mt.16:22). En otra ocasión los discípulos disputaban entre sí, cuál de ellos sería el mayor (Mr.9:33-34). En Mr.14:50 se relata que todos lo abandonaron; y en Mt.26:69-75 la horrible forma en que Pedro lo negó.

    Se habían olvidado, casi completamente, de su promesa de resurrección; tanto, que Tomás, uno de los doce, se negó a aceptar el hecho, a no ser que pudiese poner su dedo en la señal de los clavos (Jn.20:25). ¿Y qué hace el Señor con esos discípulos porfiados y débiles? No los destruye ni los desprecia ni los abandona silenciosamente como bien podría haberlo hecho. No, sino que se preocupa por ellos y por sus necesidades, los sigue y les habla con más amor, reprende piadosamente sus malos hábitos, corrige su falta de entendimiento, y los remite a su Palabra, diciéndoles: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿Acaso no era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y entrara a su gloria?” (Lc.24:25-26). Les habla en una forma tan amable como a sus queridos hijos y mejores amigos, como si no lo habrían ofendido en absoluto. Sólo trata de restaurarles la fe y la paz, a fin de fortalecerlos.

    No debemos obedecer a nuestro propio espíritu, sino dejar que Cristo, nuestro Salvador, también sea nuestro Maestro. A Él hemos de seguirle en todo. No se necesita gran gusto artístico para ver, juzgar y criticar las faltas y los errores de otra gente. Los infieles y fariseos aprenden ese arte fácilmente.

    Pero mostrar piedad, soportar con humildad y amor las flaquezas de los débiles, y hablar sólo para su edificación, eso es un arte muy elevado y sublime. Aun los fieles creyentes, que diariamente necesitan y disfrutan la misericordia de Dios, tardan en aprender que deben mostrar la misma misericordia a sus hermanos débiles.

    Recordemos, sobre todo, que nosotros mismos necesitamos misericordia, pues debemos reconocer nuestra propia pecaminosidad e indignidad. Sin embargo, vemos que a pesar de todo, la gracia de Dios sobreabunda. La inmensa gracia de Dios nos reconforta y logra que apreciemos la misericordiosa actitud de Cristo; es así como aprendemos a tratar a los hermanos débiles.

    Cuando te das cuenta de que Jesucristo te trata con mansedumbre, y eres consciente de que vives por la sola misericordia de Dios, ¡no te olvides que Él quiere que tú también muestres tal misericordia y paciencia a los demás! Como nos enseña el apóstol, Dios no quiere que tratemos de complacernos a nosotros mismos, sino a nuestro prójimo, para su edificación y su bien: “Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo”. Él no vino para complacer o servirse a sí mismo. Hizo todo para agradar y servirnos a nosotros, y hace que su gracia aún nos sostenga diariamente en nuestras flaquezas. ¡Quiera Dios concedernos la gracia de imitar, fielmente, el amor ejemplar de nuestro Salvador Jesucristo!

    Publicado por editorial El Sembrador