26 de diciembre 2026

    26.Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne.Ro.8:3

    Estas palabras nos abren un universo glorioso y regocijante según los ojos espirituales. Presentan el cumplimiento de muchísimas promesas, revelaciones y símbolos sobre Cristo, dados por Dios en el Antiguo Testamento, cuando se esperaba la venida del Redentor. Pues, cuando llegó “el tiempo señalado por el Padre” (Gá.4:2), se acabó la custodia de los tutores y la minoría de edad. Los símbolos y profecías se convertirían en realidades. Cuando el mensaje del ángel sonó en Belén: “He aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: ¡Os ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo el Señor!” (Lc.2:10-11), entonces “el Verbo fue hecho carne”. Dios envió a su Hijo al mundo para que asumiese la carne, semejante a nuestra carne pecadora.

    En la conmovedora escena del pesebre, podemos ver a “la simiente de la mujer” que “herirá a la serpiente en la cabeza” (Gn.3:15). Ante nuestros ojos está “la simiente de Abraham”, en quien “serán benditas todas la familias de la tierra” (Gn.12:3; 22:18). Él es el héroe de Judá, Siloh, ante quien se congregarían los pueblos (Gn.49:10). Es el “hijo de David”, y al mismo tiempo el “Señor de David”. Es el vástago de Isaí; es aquel que nacería de una virgen, para señalar que Dios está con nosotros. Él es el Niño sobre cuyo hombro está el principado, y que se llama “Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Is.9:6). Es “el Señor en Israel”, que habría de nacer en Belén, pero cuyas “salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi.5:2).

    Sí, Él es el cordero que debía ser apartado de la manada, y con cuya sangre había que pintar una “señal en los postes y el dintel de las casas”, para estar protegidos contra el destructor y ser librados de la muerte (Ex.12). El Antiguo Testamento está lleno de profecías y símbolos como estos.

    ¿Y qué significa eso? Hay una cadena de profecías que se extiende por un largo período de cuatro mil años, anunciando la venida de un gran Hombre. Él habría de aplastar la cabeza de la serpiente, o sea, destruiría el poder del diablo.

    Él habría de quitar el pecado del mundo. En Él todas las familias de la tierra serían bendecidas… ¡Contra tantos testimonios a lo largo de varios milenios, las dudas y contradicciones de mi entenebrecido corazón desaparecen como el polvo al viento, y son como hierba seca ante una enorme roca! ¡Eternamente alabado sea Dios, por su inefable don!

    Dios envió a su Hijo. Ese es el tema central de nuestro texto y de toda la fe cristiana. Tenemos que pedirle a Dios que abra nuestros sentidos espirituales, para que podamos comprender cada vez más su inmensa y maravillosa gracia, al dar a su eterno Hijo a la humanidad caída en el pecado.

    Nuestro texto dice: “Dios enviando a su Hijo”. No dice simplemente que el Hijo de Dios nació, sino que Dios lo envió al mundo. El santo Niño de Belén no recibió recién después de su nacimiento una gran medida del Espíritu de Dios y por eso fue adoptado como Hijo suyo. No, sino que Escritura dice otra cosa.

    Él ya era Hijo de Dios en la eternidad y estaba junto al Padre antes de que este mundo fuese creado. Aunque debía nacer en la pequeña aldea de Belén, “sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi.5:2).

    El apóstol Juan dice que: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho… y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre)” (Jn.1:1-3,14). Y el mismo Jesús dijo: “Padre, glorifícame… con la gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn.17:5). “Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo al mundo, y voy al Padre” (Jn.16:28).

    Todas estas cosas están contenidas en la palabra “enviar” y en la expresión: “Dios envió a su Hijo”. A su Hijo que ya existía antes, pero que recién cuando vino el cumplimiento del tiempo, fue enviado a la tierra.

    Por eso es que también Jesús dijo: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn.3:16). Y el apóstol Juan escribió: “En esto se manifestó el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él… Él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn.4:9-10). Y en nuestro texto, el apóstol Pablo dice: “Lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne”.

    Podrás entender estas cosas si te transportas espiritualmente al establo de Belén y contemplas a ese Niño maravilloso. Su nacimiento es anunciado por una hueste de ángeles a unos pobres pastores que estaban en el campo; y por medio de una estrella a unos magos del lejano oriente. “Dios envió a su Hijo”.

    ¡Gracias y alabanzas, honor, poder y gloria sean dadas eternamente a nuestro Dios, por su don inefable!

    Publicado por editorial El Sembrador