26.Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.Mt.24:13
Las Escrituras nos dan a entender que todavía habrá mucha persecución externa; que en los últimos días, nuestro enemigo, el diablo, tendrá mucho odio, sabiendo que le queda poco tiempo. Pero no necesitamos hablar del futuro. Ya ahora hay persecuciones, lo cual asusta y desanima a más de un alma, y las desvía de la fe en Jesucristo.
Existen muchas formas y grados de persecución. Durante el primer período de la Iglesia, el furor destructor de la Serpiente se descargó en vano contra la Simiente de la mujer, mediante sangrientas persecuciones. Pero actualmente Satanás procede en una forma más pérfida y cuidadosa, con lo que sin embargo. puede atormentarnos y aterrorizarnos muchísimo ¡Cuán amargamente deben sufrir algunas personas por amor de Cristo en sus propios hogares, aunque fuese sólo por medio de palabras y actitudes hirientes!
Muchos empresarios cristianos se asustan y preocupan, porque pierden clientes debido a su testimonio de fe ¡Cómo duele cuando un fiel creyente es tratado por los demás como un perturbador de la paz, porque no los deja tranquilos en sus pecados de incredulidad e impiedad! En tales ocasiones, nuestra débil carne se horroriza ante el sufrimiento y existe el peligro de apostatar o practicar un cristianismo más aceptable al mundo, a fin de disfrutar de su aprobación. Y no faltan quienes nos lo recomiendan, como cuando Pedro le aconsejó a Jesús: “¡Ten compasión de ti! ¡En ninguna manera esto te acontezca!” (Mt.16:22b).
Esta tentación se vuelve más seductora cuando la persona primero fue perseguida en forma más dolorosa, y se cansó de esa persecución. Entonces, cuando el mundo le sonríe y le muestra buena cara, siente una dichosa tranquilidad. Para el alma agobiada eso es un embeleso tan encantador, que es un milagro si no cede a la tentación. Sin embargo, que alguien se haya dejado seducir así no tiene que manifestarse necesariamente en un retorno total y definitivo al mundo impío; pueden ser sólo nuevas actitudes de acomodo y cautela, tratando de ser amigo de Dios y del mundo al mismo tiempo. No hacer ni decir más cosas que ofendan a la gente incrédula del mundo; ni interesarse por saber qué desea Cristo, ni en decirle a los que están perdidos qué necesitan para la salvación de sus almas. Por el contrario, ahora puede participar tranquilamente de los pecados que ama todo el mundo, y no le importa la Palabra ni el ejemplo de Jesús, ni la ofensa que causará a las almas simples.
Eso sucede cuando el poder interior del cristiano quedó debilitado, y él comienza a seguir la corriente de los incrédulos. ¿Pero qué dicen las Escrituras?
Pedro dice: “Que ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, ¡Sino glorifique a Dios por ello!” (1 P.4:15-16).
“Si alguno padece como cristiano”, o sea, cuando sufre por amor a Cristo; por creer en Él, por confesarle y seguirle, y por las instrucciones directas y claras de la Palabra de Dios. Si en cambio hace algo malo o equivocado, o es un entrometido en las cosas de otros, no sufre por amor a Cristo ni por su causa. Pero las Escrituras alientan y consuelan enormemente a los que sufren por la causa de Cristo. Qué grato y alentador es cuando Jesús dice: “¡Bienaventurado sois, cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo! ¡Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos!” (Mt.5:11). Y: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, Yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, Yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mt.10:32). Y también en Jn.15:18: “Si el mundo os aborrece, sabed que a Mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes Yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece”.
Estas bondadosas y dulces palabras de Jesús también serán suficientes para consolarnos y fortalecernos a nosotros, si tan solo las creemos, y vivimos en verdadera comunión con nuestro fiel Señor. Esto es lo que se necesita en realidad para enfrentar exitosamente todas las luchas y los peligros. Muchas veces estamos intranquilos, preguntándonos: “¿De dónde sacaremos fuerzas para esta tremenda lucha? Vemos lo que debemos hacer, pero el problema es que no tenemos la fuerza para llevarlo a la práctica”. Ah, ojalá de una vez por todas aprendiésemos y creyésemos lo que la Palabra de Dios repite tantas veces: Que toda nuestra fuerza depende de la relación y comunión estrecha con Jesús. En la hora de la tentación no pensemos nunca en vencer por medio de nuestro propio poder. Ni vale la pena intentarlo, porque sólo resultará en frustración, desastre y caída. Mientras no estemos en cercana unión con nuestro Salvador, nuestra conciencia seguirá acusándonos; seguiremos sujetos a la condenación de la Ley, y alejados de la misericordia de Dios. Por eso no hay nada más necesario que obtener la plena seguridad del perdón de Dios, por la fe en Jesucristo. Las Escrituras enseñan claramente, y repiten muchas veces que: “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Jn.5:4). El gozo en el Señor es nuestra fuerza. Por la fe, los creyentes de la antigüedad sacaron fuerzas de la debilidad, y se transformaron en valientes luchadores.
Sólo la plena seguridad de la fe y la comunión personal con Cristo, nos llena del Espíritu Santo, y nos confiere el deseo correcto y la fuerza necesaria, para luchar y vencer todas las tentaciones que nos pueden atacar.