26 de abril 2026

    26.El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio, y vosotros limpios estáis, aunque no todos.Jn.13:10

    Algunos interpretan estas palabras como refiriéndose al bautismo. Otros, como refiriéndose al lavamiento por la fe en la sangre del Cordero. El significado es el mismo en ambos casos. Porque el lavamiento de nuestras almas en la sangre del Cordero se realiza primero en el bautismo, y se produce tanto por la fe, como por el bautismo (Mr.16:16; Hch.2:38).

    De cualquier modo, se trata aquí de un “lavamiento” o “purificación” espiritual, como lo señala el propio Señor cuando dice: “Aunque no todos (estáis limpios). Porque sabía quién le iba a entregar”. Judas era el único discípulo que no estaba limpio. Todo esto quedó más claro cuando Jesús dijo: “Ya vosotros estáis limpios por la Palabra que os he hablado”. (Jn.15:3). Esto apunta a la fe, que cree en su promesa o Palabra, porque la Palabra no limpia a nadie que no tenga fe. Y esta fe, con todo lo que trae consigo, era lo que le faltaba a Judas.

    Debemos recordar las palabras de Cristo cuando dijo: “El que está lavado está todo limpio; y vosotros limpios estáis”. Jesús dijo esto a pesar de que -como verdadero Dios que es- percibía instantáneamente todas las flaquezas de sus discípulos, por las que tantas veces Él los debió reprender. Les dijo que estaban “limpios” a los mismos discípulos que esa noche pecarían tan deplorablemente, negándolo y abandonándolo cobardemente; caída e infidelidad que Jesús predijo esa misma noche, y de la que estuvo bien consciente.

    De todo esto aprendemos que ante Dios existe otra pureza o justicia que esa pobre dignidad nuestra. Veamos ahora qué es la “justicia atribuida”, la justicia de Cristo, que nos cubre y que es nuestra por la fe en Él.

    Es la justicia de Dios, manifestada aparte de la Ley; una justicia o pureza que, aunque invisible para nosotros, sin embargo no es un simple sueño o un invento de nuestra imaginación, ni sólo cuestión de palabras, sino un hecho concreto y cierto. A los ojos de Dios es una gran realidad; una justicia y pureza verdadera. Cristo mismo la reconocerá como tal en el postrer día. Ahí verá pureza donde todo el mundo ve impureza, como ya les dijo aquella vez a sus débiles discípulos: “Vosotros ya estáis limpios”. “Vosotros”, sí, vosotros; así como estáis ahora aquí delante de mí…” Y del mismo modo, todos los que han sido lavados, los que creen y son bautizados, están limpios a los ojos de Dios, según el juicio de Cristo; aunque con frecuencia todavía ensuciamos nuestros pies (v.10), o sea: aunque nuestra propia conducta, nuestra justicia inferior y terrenal, muchas veces todavía falle, se muestre deficiente y necesite el lavado y la renovación diaria, por medio del arrepentimiento y de la fe.

    Pero recordemos una vez más que, a pesar de todas las imperfecciones y deficiencias, los discípulos de Cristo -según la declaración del propio Señor- están completamente limpios.

    Recordemos entonces que existe una real adjudicación de la expiación de Cristo, y una verdadera transferencia de su justicia; que a los ojos de Dios no es una falsa ilusión, una nube o una sombra, como lo es al criterio de nuestra corrupta razón. Aprendamos la verdad de lo que afirma el apóstol, cuando dice que Cristo no sólo purificó a su Iglesia “en el lavamiento del agua por la Palabra” (Ef.5:26-27), sino que también la convirtió en su esposa “gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante, sino santa y pura”.

    Sí, sepamos que es muy cierto lo que enseñó Lutero cuando dijo que: “quien no quiere confesar que por la fe es santo y justo, y todo el tiempo está quejándose de ser un miserable pecador, se comporta como si dijera: No creo que Cristo haya muerto por mí, ni que yo esté bautizado y lavado, ni que la sangre de Cristo me haya limpiado o pueda limpiarme. No creo que ni siquiera una sola Palabra del testimonio de Cristo en la Escritura sea cierta…”

    Con su sangre, ¡Cristo efectivamente lavó todos nuestros pecados! Y no sólo eso. Cuando con su sufrimiento y derramamiento de sangre primero nos libró de la culpa y del castigo del pecado, también obró y nos obtuvo su propia, perfecta justicia; y nos vistió públicamente en el bautismo las ropas de la salvación. Él no sólo nos libró del pecado; también nos hizo santos y justos ante Dios. En lugar de nuestra pecaminosidad, puso su justicia, de modo que podemos comparecer ante Dios no sólo libres de pecado, sino también justificados, lo cual necesitamos para disfrutar de la bienaventuranza eterna.

    Con su ropa manchada de sangre Cristo obtuvo para nosotros, la ropa blanca de su justicia. Las Escrituras ilustran esto de forma gloriosa en numerosos pasajes. En Apocalipsis 19 se describe al Hijo de Dios como a un jinete montado en un caballo blanco, “vestido de una ropa teñida en sangre” (Apoc.19:13).

    Pero también trae ejércitos consigo. Y sus seguidores, que atravesaron el valle de lágrimas con su Comandante, en toda clase de luchas y tribulaciones, también montan caballos blancos. Pero su vestimenta no está enrojecida. Están vestidos “de lino finísimo, blanco y limpio” (v.14). Y el v.8 explica: “El lino fino es la justicia de los santos”. Justicia que recibieron por el lavamiento en la sangre de Jesucristo, el Capitán de su salvación.

    Publicado por editorial El Sembrador