25.No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.Ro.12:21
Cuando se leen estas palabras en conexión con el versículo precedente, el sentido parece ser: “No dejen que la maldad de sus enemigos los venza, haciendo que ustedes también se vuelvan malos, antes venzan la maldad de ellos perseverando en el amor, de modo que los conviertan de enemigos en amigos”. Pero esto requiere que superemos la maldad de nuestro propio corazón, de modo que ésta no se imponga a nuestro amor perdonador.
Quien permanece en el odio y en la venganza, se dejó dominar por una doble maldad: La maldad de su enemigo y la de su propio corazón, que se unieron para llevarlo al odio y a la venganza. Así lo vencieron, porque no luchó con su propia maldad, y ya no quiere perdonar a su prójimo ni amarlo ni tratarlo bien.
Y si fuimos vencidos así por el mal, somos doblemente desdichados. Como si no fuera suficiente que guardemos odio y enemistad contra nuestro prójimo -lo que en sí mismo ya es un estado desdichado y sin paz- sino que con ese odio también nos excluimos de la gracia de Dios y de la paz con Él. Porque nuestro Señor Jesucristo declaró expresamente: “Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” (Mt.6:15; 18:35). De modo que es realmente importante que no nos dejemos vencer por el malo, quedando con odio y sin reconciliación. Se trata de algo indispensable para nuestra bienaventuranza eterna.
Hay algo muy especial en este mal, en el odio vengativo, porque refleja una mala relación de nuestra alma con el pecado y con la gracia de Dios. Pues con sólo confesar que no le podemos perdonar a cierto individuo, también declaramos que podemos arreglárnoslas sin la gracia de Dios y sin el perdón de nuestros pecados; que hasta podemos arreglárnoslas sin la bienaventuranza eterna para nuestras almas. Pero si nuestro propio pecado nos resulta realmente grave, y la gracia de Dios realmente necesaria, podremos perdonar hasta el más doloroso agravio. Y si no podemos hacer esto, roguemos a Dios que tenga piedad de nosotros y nos despierte, tanto para ver el horror de nuestros propios pecados, como el gran beneficio de su gracia en Cristo. Entonces estaremos en condiciones de perdonarle a cualquiera cualquier ofensa, y no nos dejaremos vencer por este mal letal: el odio irreconciliable.
“¡Antes venced con el bien el mal!” Esto es: “Venced la maldad de vuestro enemigo con constante amor y buenas obras hacia él”. En respuesta a una palabra ofensiva, demos una respuesta suave, que “aleje la ira” (Pr.15:1). En respuesta a una mirada desafiante, demos una mirada amable y bondadosa.
Cuando oigamos que nuestro prójimo habló mal de nosotros, digamos algo bueno de él. Puede ser que llegue a su conocimiento, y que entonces simpatice con nosotros. Si se negó a prestarnos una ayuda, busquemos una oportunidad para prestarle nosotros a él un servicio que necesita. De esta manera se vence el mal con el bien. La maldad de nuestro enemigo es como un ataque progresivo contra nuestra paciencia, bondad y caridad. Cuidemos, entonces, que la maldad de un enemigo no asfixie la bondad dentro de nosotros; que por el contrario, nosotros superemos su maldad. Si la bondad cristiana dentro de nosotros no puede ser extinguida, y siempre seguimos respondiendo con amor y caridad, la maldad del enemigo en la mayoría de los casos ciertamente será superada.
Pero aunque esto no ocurra, no obstante habremos superado el mal mayor al haber vencido los impulsos carnales de nuestro propio corazón y haber perseverado en el amor.
Por otra parte, estos malos impulsos de nuestro propio corazón sólo pueden ser vencidos por la bondad de otro; es decir: por la gracia en el corazón de Dios. Si luchamos contra la maldad de nuestro corazón sólo con la fuerza de nuestra propia voluntad, pronto caeremos derrotados. Pero cuando nuestras almas perciben el gran amor de Dios, que por causa de Cristo siempre nos concede pleno perdón de todos nuestros pecados, y si la paz de Dios nos gobierna, también nosotros estaremos siempre dispuestos a amar y tener piedad a nuestro prójimo. Entonces habremos vencido -en el supremo sentido de la palabra- el mal con el bien.
Esas son las luchas y las victorias de los cristianos. Para el mundo incrédulo, victoria es haber podido desquitarse y vengarse del enemigo. En el Reino de Cristo se llama victoria que uno no tome venganza y supere su propio odio. Los cristianos combatimos ante todo nuestra propia maldad. Cuando logramos superarla, esa es nuestra victoria más preciosa. Pero también combatimos la maldad de otros, y recurrimos al amor y a las buenas acciones para lograrlo.
¡Quiera Dios, en su gracia y amor eternos, fortalecernos siempre más en la lucha de vencer al mal con el bien!