25 de octubre 2026

    25.Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones.Gá.5:24

    Este es un texto terrible para el que todavía no murió a su viejo yo; para el que no se revistió enteramente de Cristo, y todavía piensa que debemos hacer esto o aquello por nosotros mismos. Es un texto alarmante para los que no tienen las primicias del Espíritu, sino sólo una mente carnal, que está en enemistad contra Dios y su santa Ley. Nunca debemos olvidar que para la mortificación del viejo hombre y el nacimiento del nuevo, es fundamental que nuestras conciencias primero mueran a la Ley, y sean libres, felices y salvas por medio de la fe en Jesús. Primero tenemos que hallar en Jesucristo nuestra justificación y nuestra santificación. Este es el comienzo y el fundamento.

    Cuando alguien despertó espiritualmente pero todavía no cree en Jesús, ni quedó libre por la fe en Él, todo esfuerzo por mejorar su modo de vida es inútil, pesado, lento, difícil e imposible. La persona sigue siendo un miserable esclavo. San Pablo demuestra en Gálatas 2:17-20 que no podemos producir fruto agradable a Dios, que no podemos andar en vida nueva conforme enseña el Espíritu, sin haber muerto primero a la Ley, sin haber sido liberados de aquello que nos mantuvo cautivos. ¿Podemos decir con San Pablo: “Yo por la Ley soy muerto para la Ley, a fin de vivir para Dios”? He tratado de satisfacer las demandas de la Ley para justificarme, pero fui derrotado. Quedé cada vez más hostil a Dios, sintiéndome condenado, perplejo, impotente, confundido y desamparado. Entonces sucedió que todo lo que antes buscaba en la Ley, lo encontré en el evangelio de Cristo. Él me justificó, salvó y purificó.

    Más aún: Estando justificado por la fe en Jesús, pensé que sería mi tarea santificarme a mí mismo, y traté de hacer mucho en ese sentido. Me propuse servir a Dios y luchar contra el pecado. Asumí eso como algo que estaba bajo mi propio cuidado y trabajo. Pero también esto terminó en fracaso. Yo no fui capaz de nada. Por mi propia iniciativa no pude ni siquiera creer en Jesús ni adorarlo. Sí, no fui competente para pensar algo bueno por mí mismo; mi competencia provino de Dios (2 Co.3:5). Mi Señor Jesucristo obró en mí en todo momento. Entonces comprendí que también mi santificación era un don gratuito del Señor, y yo mismo ya no era nada. Así, “Morí para la Ley” (Ro.7:9; Gá.2:19).

    “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá.2:20).

    Cuando Cristo llegó a ser tanto mi justicia como mi santificación (1 Co.1:30), de modo que en todo momento dependo de Él, entonces -sólo entonces y no antes- mi santificación y la mortificación del viejo hombre en mí serán genuinas. Entonces no sólo se suprimirán sus manifestaciones y explosiones; también quedará mortificado el viejo hombre interior, el mismo corazón y la misma vida del viejo hombre; su profundo e insaciable egoísmo, su vanagloria y su arrogancia.

    El “viejo hombre” es la corrupción innata en nosotros, nuestra herencia natural de Adán.

    La principal maldad del viejo hombre es el egoísmo, que se manifiesta en la soberbia y la arrogancia. Porque la serpiente sembró esa simiente especial en nuestros padres al decirles: “Seréis como Dios” (Gn.3:5). De esta fuente nació todo un torrente de pecados, afectando toda la naturaleza humana.

    Esto se manifiesta en la perversión de la mente; en los deseos, pensamientos, palabras y obras de soberbia; en el desprecio a Dios; la incredulidad y desobediencia; la promiscuidad, los caprichos, la pereza, la inmundicia, vanidad, ira, impaciencia, perversidad, odio, envidia, avaricia, falsedad, mentira, calumnia y tantos otros vicios y pecados. Esa es la imagen y el perfil del viejo hombre.

    En cambio, el nuevo hombre que surge y crece dentro de nosotros, es el nuevo ser nacido por la fe en Jesús, obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. Que toma parte en la vida y en la naturaleza de Dios. Y se manifiesta dentro de nosotros en una nueva relación con Dios: la de hijos adoptivos con su amoroso Padre celestial; en confianza filial, en amor, ternura, humildad, temor del Señor y temor a pecar; amor a la Ley de Dios, a la santidad y la justicia; abnegación y una vida pura; bondad, paciencia, honestidad, etc.

    Todo esto lo podemos ver en su suprema y perfecta expresión en la vida de nuestro Señor Jesucristo. Él fue “el resplandor de la gloria de Dios, la imagen misma de su sustancia” (He.1:3).

    En cuanto al nuevo hombre en nosotros, al principio, cuando acaba de nacer, generalmente por medio del Bautismo, aunque todavía es pequeño, no obstante, ya es santo y agradable a Dios. Cuando Cristo yacía en el pesebre también era pequeño y humilde. Sin embargo, ya era el Hijo de Dios, concebido por el Espíritu Santo, querido y amado por el Padre, por los ángeles y los fieles creyentes. Y ese niño santo se crió en medio de la pecaminosa Nazareth, y “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lc.2:52). Sí, después, durante muchas luchas, sufrimientos y pruebas, Él avanzó hacia el objetivo de su encarnación.

    De igual manera se crea en nosotros el nuevo hombre, en medio de los rezagos del viejo Adán, de las tentaciones del mundo infiel y de los espíritus malos. Dentro de nosotros se crea y crece Cristo, trabaja y reina cada vez más en nuestras almas, hasta llegar a ser “todo en todos” (Col.3:11).

    Mientras tanto el viejo hombre está clavado en la cruz, y sufre cada día más, hasta quedar exhausto, sofocado y mortificado.

    Publicado por editorial El Sembrador