25 de noviembre 2026

    25.Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como Él es.1 Jn.3:2

    El apóstol Juan dice que cuando contemplemos a Dios, seremos semejantes a Él. La bendita contemplación de Dios nos transformará. La gloria irradiada por Dios, se reflejará en nosotros. El rostro de Moisés brillaba como el sol después de que él hablara con Dios en el monte Sinaí. Y solamente si estamos unidos a Dios por medio de la fe y el Espíritu, ya podemos ser “transformados de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Co.3:18).

    Por cierto, cuando podamos contemplar a Dios cara a cara, su imagen en nosotros será impresa de una forma absolutamente perfecta, muy superior a la que podemos llegar a tener aquí. Cómo sucederá esto, es algo que debemos dejar en manos de Dios. Pero podemos estar seguros que Él restaurará plenamente su imagen y parecido en nosotros, como fue al principio de la creación, antes de que esa imagen se perdiera con la caída en el pecado. La Escritura dice expresamente: “Así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Co.15:49).

    Cuando estemos en la dichosa presencia de nuestro Dios y Salvador, nuestro corazón ya no será una inagotable fuente de pecado y angustia. No, la santidad y el amor de Cristo fluirán entonces en nosotros. Nuestro intelecto ya no estará ensombrecido por la ignorancia de nuestra naturaleza caída. No, será plenamente iluminado con la luz de Dios en persona. Y nuestra conciencia ya no tendrá esos sentimientos de culpa, temores y dudas que nos atormentan aquí. No, allí estaremos en perfecta paz, gozando del amor de Dios y compartiendo su santidad. Nunca más pecaremos contra Dios, ni nos lamentaremos diciendo: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro.7:19).

    No, entonces seremos capaces de ser perfectamente buenos, piadosos y santos, como deseábamos ser aquí, y mucho más buenos de lo que deseamos aquí, en este tiempo.

    Cuando estemos con nuestro Salvador, nuestros cuerpos ya no serán afligidos con malos deseos, enfermedades o debilidades. No, serán completa y perpetuamente puros y hermosos; celestiales, fuertes y livianos. Serán como el glorioso cuerpo de Cristo resucitado. Jesús explicó claramente que: “entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mt.13:43).

    Cuando la perfección de Dios se refleje en nosotros, seremos como Él, en cuerpo y alma, y tendremos pleno control sobre nuestro ser. Volveremos a tener las características de la imagen de Dios, tal como cuando fuimos creados.

    Imagen que es compartida por todos los espíritus buenos. Y en lugar de las dificultades, conflictos y angustias resultantes de las pasiones impuras y los malos deseos, nuestros corazones serán entonces una inagotable fuente de santo y puro bienestar. Estas y muchas cosas más, están incluidas en la santa y bienaventurada “semejanza de Cristo”, que recibiremos al estar en su presencia.

    La Escritura también nos dice, que seremos semejantes a Dios en amor. El amor es un atributo esencial de Dios, al grado que San Juan dice: “Dios es amor” (1 Jn.4:16).

    Porque compartiremos el amor de Dios. Una de las grandes causas de la felicidad en el cielo será ver la incontable multitud de redimidos, disfrutando con nosotros de la misma gloria, seguridad y bienaventuranza eterna. Los fieles creyentes ya experimentan algo de ese amor cuando ven que otros son convertidos a la verdadera fe, y se regocijan por ello. Imaginemos cómo será entonces, cuando podamos ver la incontable multitud de redimidos que lucharon contra el pecado, los peligros y temores, y que ahora están a salvo, seguros en la eterna bienaventuranza de Dios. ¡Qué fiesta incomparablemente maravillosa! ¡Qué efecto multiplicador de la felicidad será compartir los sentimientos de victoria mutuamente! Permíteme que lo diga de nuevo: ¡Qué maravilloso será cuando todos los hijos de Dios, que estaban dispersos en todas direcciones, sean reunidos en el reino de su Padre! Esencialmente, todos estos pasaron por experiencias similares: La abundancia de pecados y la sobreabundancia de la gracia, la misericordia y la fidelidad de Dios. Cuando todas nuestras facultades sean perfectamente restauradas, comprenderemos la paciencia y longanimidad que Dios nos tuvo durante nuestras vidas terrenales; entenderemos claramente las razones de las distintas experiencias que vivimos en este mundo, y como se relacionaban con nuestra salvación. Sin duda, todo eso llenará de alegría nuestros corazones.

    Dice la Biblia que no podremos alabar la gracia de Dios en silencio, sino que gritaremos con júbilo: “La salvación pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero” (Ap.7:10). Entonces, habiendo dejado definitivamente atrás el pasado temporal, y gozando la eterna bienaventuranza de Dios, exclamaremos: “¡Esta es la herencia de Cristo, que Él adquirió con su sangre! ¡Oh, bendito sea el amor de Dios y el rescate ofrecido por nosotros!

    Este es el fin de la fe, la gloria prometida por la Escritura, el fin de mis humillaciones, oraciones y luchas. Comparado con esto, todo lo que he sufrido es insignificante; ¡La diferencia es tan grande, que no hay comparación posible!

    Y, “ya no habrá más muerte, ni más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron…” (Ap.21:4).

    Publicado por editorial El Sembrador