25.Vosotros sois la luz del mundo.Mt. 5:14
Cuando Jesús dice: “Yo soy la luz del mundo” (Jn.8:12), y luego dice a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt.5:14), no incurre en ninguna contradicción. Los discípulos de Cristo son la luz del mundo, tal como lo es Cristo mismo. Con respecto a la gran obra de la redención, es decir, a la propiciación por los pecados del mundo, nuestro Señor Jesucristo es único.
Ahí reina solo Él, sin socios ni rivales. “Pisó el lagar de la ira de Dios solo” (Is.63:3; Ap.19:15). Pero con respecto a la revelación de las virtudes de Dios, por medio de la palabra y el ejemplo, sus fieles seguidores pueden ocupar el mismo lugar que Él. Todos los redimidos pueden ser y son anunciadores de la gracia, el amor y la santidad de Dios, tal como era Jesucristo en esta tierra.
Y en esto el Altísimo dio otra prueba de su sabiduría, al designar a sus fieles para que fuesen la luz del mundo. Se pueden conocer muchas cualidades de Dios mediante las obras de la creación. Y en forma infinitamente más clara todavía se nos presentan en las palabras reveladas de la Sagrada Escritura.
Pero lamentablemente hay sólo pocos pensadores que estudian el “libro” de la naturaleza. Y los que estudian seriamente la santa Palabra de Dios, también son relativamente pocos. Sin embargo, la conversación y conducta de los fieles son el “libro” que lee todo el mundo. La vida de los cristianos es evidente a todos los que los rodean. Y no hace falta ningún estudio profundo para poder analizar sus palabras y acciones. No, tanto los doctos como los indoctos los observan de cerca. Y a innumerables personas jamás se les habría ocurrido estudiar la Palabra revelada de Dios, si el testimonio de los fieles no hubiese llamado su atención, y si no hubiesen visto el amor de Dios revelado en la vida de sus hijos. Cuando los hijos de este mundo ven lo que llegaron a ser los discípulos de Cristo por su fe en el Evangelio, frecuentemente se sienten inducidos a escuchar y estudiar el Evangelio, y aceptarlo finalmente también.
La obligación de la iglesia universal de Cristo, es también la obligación de cada congregación individual y de cada uno de sus miembros. Cada congregación cristiana fue comisionada para ser “la luz del mundo”; para mostrar la gracia, el amor y la santidad de Dios, y para llevar así a los pecadores a su Salvador.
Una congregación que no irradia ninguna luz al mundo, en claro contraste con el mundo malo y entenebrecido a su alrededor, ya no merece llamarse una congregación cristiana. Tengamos, sin embargo, bien presente, que así como cada congregación se compone de miembros individuales, el estado de todo el grupo depende del estado del miembro individual. Cada miembro, cada cristiano fue llamado a ser “una luz del mundo”, una epístola o carta, “conocida y leída por todos los hombres” (2 Co.3:2).
Queridos hermanos y hermanas, ¿es este el caso de alguno de nosotros? No hago esta pregunta con el fin de mirar alrededor y culpar a otros. Lo que quiero es que todo aquel que se llama y considera discípulo de Cristo, se pregunte sinceramente: “¿Es este mi caso? ¿No estoy irradiando luz?” Pido que cada uno analice honestamente si hay algo en él, en sus intenciones, palabras, actitudes o acciones, que puedan desacreditar al Reino de Cristo y quitarle gloria a su Nombre. Quieran todos los que se llaman discípulos de Cristo formularse seriamente la siguiente pregunta: “¿Qué hay en mí que puede causarle ofensa a alguien, o darle motivo de burla, o impedir que los pecadores se conviertan? ¿De alguna manera le estoy dando motivo a alguien, para que desprecie la Palabra de Dios y acuse a todo cristianismo activo de hipocresía?” Sí, ¡ojalá todos los discípulos del Señor Jesucristo se hiciesen estas preguntas! ¡Por lo menos, que todos los cristianos se examinasen ahora mismo, para ver qué actitud o conducta en ellos podría estar impidiendo el progreso del Reino de Cristo! ¡Y que no posterguen ni un minuto la oración pidiendo ayuda para corregir lo que hiciere falta! Esto puede doler, puede causar pena, pero más vale ahora que después. ¡No olvidemos que la rama que no lleva fruto será cortada y echada al fuego!
Estas preguntas no van dirigidas a los cristianos que diariamente se reprenden y juzgan a sí mismos. Éstos, por el contrario, debieran apartar sus miradas de sí mismos, y “revestirse” de Cristo, de modo que sus almas puedan obtener, por la gracia del Señor, el descanso y la fuerza necesarias para la santificación.
Nos referimos aquí a los hipócritas, que confiesan el Evangelio con la boca, y no obstante son licenciosos y atrevidos. De tales personas dice Lutero: “No debemos mirar sus caras sino sus vidas”. En efecto: Aquí no se trata de lo bien que una persona sabe hablar, sino de la demostración del Espíritu y poder que es capaz de exhibir. Es relativamente fácil exaltar a Dios y a su Hijo Jesucristo con la lengua. Pero si la fe, que produce esa exaltación, es verdadera y honesta; si el que habla así es el Espíritu Santo en el corazón, eso queda demostrado cuando ese Espíritu también ataca, ata y crucifica al “viejo hombre”, y hace a la persona humilde en espíritu y rica en amor. En esta vida nunca quedaremos completamente satisfechos con nuestra santificación. Siempre que estemos espiritualmente despiertos y no hayamos sido embaucados por el Engañador, con el sueño de la presunción y auto suficiencia. Como pecadores penitentes y creyentes, seguramente siempre sentiremos más nuestras culpas que nuestros logros. Sin embargo, otra gente notará nuestra luz; y nosotros mismos, en momentos felices, también confesaremos con el apóstol: “Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo” (1 Co.15:10).
Porque los deliciosos frutos del Espíritu acompañaron nuestra fe y la hicieron resplandecer, aunque no en la medida que hubiésemos deseado.