25 de marzo 2026

    25.No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas.He.13:9

    ¡Cuán importante y necesaria es esta exhortación! Sabemos lo que Satanás tiene en mente. Sabe muy bien que nada nos puede dañar, en tanto que Cristo siga siendo precioso para nosotros, y nuestra unión con Él sea lo más importante. Y mientras vivamos conscientes de que, por otro lado, nada nos puede servir si perdemos la fe en Jesucristo. Solo Cristo es capaz de destruir las obras del diablo (1 Jn.3:8); solo Él es plaga para la muerte y destrucción para el sepulcro (Os.13:14). Mientras permanezcamos unidos a Cristo y a su Palabra pura y saludable, todo acabará bien. Y aunque no siempre salga bien en esta vida, no obstante, en Cristo tenemos la seguridad de que seremos resucitados. Pero si la serpiente antigua logra alejarnos de Cristo y del verdadero conocimiento de Él, el Tentador nos habrá seducido y nos tendrá indefensos y desguarnecidos frente a su poder.

    Todo el esfuerzo, el poder y la estrategia del diablo apuntan a separarnos de Cristo, y a embelesarnos con otra cosa. No sólo con pecados, sino incluso con nuestra propia “santidad”, religión y virtudes humanas. Cualquier cosa, con tal de desplazar a Cristo, para que Él deje de ser el Salvador que necesitamos y dejemos de confiar en Él. Por eso, el gran apóstol advierte a los corintios: “Temo que, como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo” (2 Co.11:3). Ciertamente, el peligro no es algo remoto. Y además de estas continuas acechanzas del diablo, en nuestra naturaleza humana existe la terrible tendencia a menospreciar las bendiciones de Dios y olvidar de qué desgracia hemos sido redimidos; y por otra parte, tenemos una enorme avidez de cosas nuevas, de modo que siempre nos aburrimos rápidamente de lo que tenemos y ambicionamos algo diferente. Nos fascinan los cambios. Por eso, a nuestra mente carnal el inmutable Cristo y su eterno Evangelio le parece algo demasiado simple. Llegan a ser una “piedra de tropiezo” a nuestra razón (1 Co.1:18ss).

    Asegurémonos, entonces, de estar siempre en el camino cierto y de tener la correcta disposición; que lo que es supremo en el cielo y ante Dios, nos sea supremo también a nosotros. Y a los ojos de Dios nada es más grande y valedero que su Hijo unigénito, que fue ofrecido por nosotros. Entonces, también para nosotros el Hijo de Dios debe ser el mayor y más precioso bien. Si hay otra cosa que nos interesa más, no es buena señal; debiéramos arrepentirnos de ello ante Dios, y pedirle que nos dé el gusto y la preferencia correctos. Y debemos saber y recordar que no hay pecado más vil en la tierra, nada que provoque más la ira de Dios, que la ingratitud y el menosprecio de sus grandes bendiciones.

    Ninguna bendición divina es mayor que el habernos dado a su Hijo unigénito, y con Él la vida eterna, siendo que por nuestros pecados no merecíamos otra cosa que su eterna y terrible condenación. “¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? (He.2:3). Más aún, después de haber visto la gloria de Dios en el Evangelio de Cristo; luego de haber llegado a ser hijos de Dios por la fe en Jesús y de haber gustado la dulzura del Señor, qué repugnante ingratitud sería si recibiésemos esa gracia y ese Evangelio con ligereza, como algo sin importancia. Sería lo que en el Apocalipsis se define como “dejar el primer amor” (2:4). San Pablo también habla del primer amor de los Gálatas. Al principio, cuando apenas habían oído el Evangelio, lo apreciaron tanto que recibieron al apóstol que se lo trató como a “un ángel de Dios, como a Cristo Jesús” mismo; y hubiesen estado dispuestos a sacarse sus propios ojos por el apóstol, si eso habría sido posible y necesario (Gá.4:14-15). Pero más tarde el apóstol tiene que preguntarles: “¿Dónde, pues, está esa satisfacción que experimentabais?” Tan pronto como se dejaron seducir por una “doctrina extraña” y “no obedecieron más a la verdad”, sino que prefirieron volver a estar “bajo la ley” (4:21), el apóstol les declara con dolor: “De Cristo os desligasteis, los que por la Ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gá.5:4). El sacrificio de Cristo les importaba ahora menos que la justificación por las obras de la ley que realizaban. ¡Habían caído de la gracia! ¡Qué terrible!

    De acuerdo a las palabras de Cristo mismo, estas cosas puedan ocurrir: Se puede perder el primer amor, y todavía seguir trabajando y sufriendo por el Nombre de Cristo, estando en guardia contra los espíritus falsos, ¡y siendo al parecer, capaz de discernirlos! A pesar de ello, producirse la separación de Cristo y una silenciosa muerte interior, cuando ya no se practica el verdadero arrepentimiento ni se cultiva la fe en Jesús. Las memorables palabras de Cristo en Ap.2:2-5 advierten contra eso.

    Finalmente, también cabe notar que si Cristo siempre seguirá siéndonos lo más importante y valioso, el supremo bien de nuestras almas, el tema del “cántico nuevo”, -que jamás nos aburre o resulta demasiado conocido (Sal.33:3; Ap.5:9; 14:3)-, es necesario preservar no sólo la sana doctrina, sino también la conducta correcta. debemos ejercitarnos continuamente en la práctica de nuestra fe, viviendo diariamente en arrepentimiento delante de Dios, en el reconocimiento del pecado, y con una conciencia despierta. Hemos de querer recibir diariamente la seguridad del perdón de todos nuestros pecados, y de la gracia y complacencia de Dios. Así, Cristo siempre nos será necesario y valioso, más aún: Indispensable. Las palabras del Evangelio nos serán de constante necesidad, riqueza y claridad, y nos agradará oír, leer y hablar de Cristo.

    Publicado por editorial El Sembrador