25 de junio 2026

    25.Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la Ley, o por el oír con fe?Gá.3:5

    Muchos hablan de la santificación y de la obra del Espíritu, piensan y sueñan sobre esos temas, sin siquiera saber en qué consisten las obras del Espíritu.

    Para algunos son meras ideas e ilusiones, no hechos concretos. Sin embargo, la Escritura describe con precisión en qué consisten. San Pablo dice: “Los frutos del Espíritu son amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad y fe” (Gá.5:22).

    El primer fruto del Espíritu es el amor. El amor es la única verdadera fuente de la santificación y las buenas obras. ¿Y cómo podemos obtener este amor? ¿Podremos obtenerlo por una decisión personal, por empeñarnos seriamente a fuerza de decretos y leyes, de luchas y penitencias? ¿Acaso no está bien claro que nadie puede ordenar amar? Amamos algo porque lo amamos, más allá de que nos ordenen o prohíban amarlo. Y entonces, ¿cómo podemos amar a Dios? Cristo explica esto en Lc.7. Ahí enseña que este amor surge sólo porque Dios nos perdona nuestros pecados, y porque disfrutamos la misericordia divina. Dice: “Aquel a quien se le perdonan muchos pecados, ama mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama”(v.47). “Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. Y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Dí, pues, ¿cuál de ellos le amará más?” (v. 41,42).

    Cuando Simón el fariseo le contestó a Jesús que amaría más aquel a quien más se le había perdonado, Cristo aplicó esa conclusión al propio Simón, diciéndole: “Tú, Simón, no te burlaste de mí, como los otros fariseos, y me has invitado a tu mesa. Pero esta mujer cargada de graves pecados, lavó mis pies con sus lágrimas de amor, los secó con su cabello, ¡Y no dejó de besar mis pies! Tú ni siquiera me besaste en el rostro, ni tampoco me alcanzaste agua para lavar mis pies. Aunque ella sea una pecadora cargada de graves pecados, y tú eres un gran “santo”, ella no obstante tiene el Espíritu, que tú no tienes. Ella tiene los frutos del Espíritu, y tú produces las obras de la Ley. Ella es una verdadera santa, y tú eres un santurrón. En fin, al que más se le perdona, ama más. La única forma de encender el amor a Dios en los hijos de Adán, es que Yo les perdone todas sus culpas. Entonces me amarán”. Este fue el sentido de la conversación que Jesús mantuvo en la casa de Simón, el fariseo, referente a la fuente del amor.

    Lo mismo ocurre con los otros frutos del Espíritu. El apóstol menciona a continuación el gozo y la paz. ¿Pueden las leyes, los mandamientos u otras medidas, producir alegría y hacernos realmente felices? ¡No! Nadie puede forzarse a sí mismo a sentir gozo en Dios, o deleite en su Salvador.

    Tampoco se puede producir la paz con Dios, la bondad interior del corazón y los demás frutos del Espíritu en base a órdenes. Los frutos del Espíritu de Dios se producen cuando el pecador, que aún no fue santificado, recibe la gracia de Dios. El amor y el perdón del Salvador lo conmueven profundamente, así como se conmovió la pecadora, cuando recibió la gracia de Dios. Sólo entonces comienza a amar a Dios y a producir los otros frutos del Espíritu.

    Algunos dicen: “¡Por supuesto que creo en Cristo! ¿Quién no creería en Él? La Biblia dice que hay que creer en Él…” Pero cuando se producen grandes fallas en la conducta de esa gente, se hace patente que todavía no saben qué significa creer en Cristo. Piensan que creer en Cristo no es más que aceptar como cierto lo que los evangelios dicen de Él, pero que no hace falta depender constantemente de Él. Así, concentran su atención en sí mismos y se sienten confiados cuando todo les va bien. Pero cuando caen en algún grave pecado, no se refugian en Cristo, sino en sus actos de contrición, oraciones y obras buenas. Con eso pretenden reparar su pecado y reconquistar el favor y la paz de Dios. Eso obviamente es depositar la confianza del corazón en uno mismo, por más que la confesión de la mente y de la boca asegure confiar en la Palabra…

    Quien realmente cree en Cristo, tiene su alegría en Él. Por la fe contempla a su Salvador y se consuela en Él. Todo verdadero cristiano considera sus propias obras buenas como basura, porque sabe que están contaminadas con las impurezas del pecado. Por eso se avergüenza de sí mismo y de sus propios méritos y deposita toda su confianza únicamente en Cristo, tanto para su justificación como para su santificación.

    Pero el verdadero cristiano a veces aún vuelve a pensar que él debería esforzarse y hacer más obras buenas, en vez de creer tan fácilmente acerca de su salvación. Sí, a veces puede temer que está creyendo demasiado en la gracia de Dios, y que debería volver a sentir las demandas de la Ley, a fin de volverse más serio y piadoso. Pero entonces sus experiencias anteriores y la Escritura le recuerdan que cuando se esforzaba por cumplir las obras de la Ley, su corazón estaba totalmente frío frente a Dios. No sentía ningún deleite interior ni amor por Él, ni por su voluntad. Para colmo, estaba dominado por algún pecado, e interiormente le carcomía la inseguridad. Pero cuando conoció a su Salvador, creyó en su gracia y obtuvo la seguridad del perdón de los pecados, inmediatamente recibió un nuevo deseo espiritual y la fuerza de voluntad para practicar el bien de todo corazón. El amor de Dios produjo en él un espíritu dispuesto, e hizo que resultara fácil y espontáneo lo que anteriormente resultaba tan difícil. En fin, a veces volvemos a caer en una actitud servil ante la Ley; entonces nos volvemos fríos y débiles para hacer el bien. Pero cuando recibimos la paz de Cristo, tenemos una nueva fuerza de voluntad para hacer bien.

    Esa es la experiencia de los cristianos. Experiencia que concuerda con la Escritura. La piedad y la voluntad que no tienen su origen en el Evangelio de Cristo, como lo enseña la Escritura, no son genuinas: son falsas.

    Publicado por editorial El Sembrador