25 de julio 2026

    25.Entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote, el cual era uno del número de los doce.Lc.22:3

    Algo muy importante que tenemos que aprender de este terrible hecho, es que nadie debe quedarse tranquilo y decir: “Así son los hipócritas. Un cristiano honesto no tiene nada que temer”. ¡No! El ejemplo de Judas nos enseña algo muy diferente. En efecto, cuando Jesús eligió a Judas por apóstol, él no era lo que más tarde llegó a ser. ¡Y cuántos comenzaron “en el Espíritu” y terminaron “en la carne!”

    Del ejemplo de Judas y de tantos otros que cayeron en pecado, vemos cuán fácilmente puede ocurrir que aún el que se confiesa cristiano, puede renegar de la fe.

    Cuando llega el momento realmente malo, el diablo ataca al discípulo fiel con astucia y poder; enciende el mal deseo en su carne, y corrompe su entendimiento, al punto que al cristiano aun los más horrendos pecados ya no le parecen peligrosos en absoluto, sino infinitamente apetecibles, y hasta necesarios. Y entonces es fácil caer. En tales momentos de tentación, se notan tres cosas: 1) El pecado se le vuelve muy codiciable y agradable. 2) No se puede percibir su peligro, por más que se lo analice, antes parece trivial y poco importante. 3) El cristiano comienza a pecar en pequeños asuntos, pensando: “¡Es poca cosa, no tiene importancia!”

    De esa manera la Serpiente sedujo a Eva con perfidia, diciéndole: “¡No morirán por arrancar ese fruto! Un fruto no es más que eso. Al contrario, es mucho lo que ganarán. Primero disfrutarán el riquísimo fruto, y luego obtendrán más inteligencia…” Lo propio ocurrió cuando tentó a Judas. Comenzó con pequeños hurtos. Él tal vez pensaba “Es tan poco dinero lo que desvío, ¡y es sólo por esta vez! (aunque se decía lo mismo todas las veces). Y, además, no está mal que cobre algo por mis servicios…”

    De esa manera, cuando el diablo le inspiró la idea de traicionar a Jesús, fue muy natural que Judas pensase: “¡Treinta monedas de plata no es una suma despreciable! Y tampoco hay peligro. Primero, porque Jesús es inocente. Y también porque es omnipotente. Su vida no correrá peligro, y yo obtendré una jugosa ganancia…” ¿Quién podría haber convencido a Judas que el día después de haber cometido la traición, estaría tan desesperado, que se iría de allí y ahorcaría? ¡No! Eso ni se le ocurrió. Sólo pensó en lo mucho que festejaría su ganancia ese día.

    El Jueves Santo Jesús le había advertido del pecado. Si entonces hubiese creído lo que sufrió el día siguiente, seguramente habría temido la transacción por las treinta monedas de plata como al mismo infierno. Pero no se dio cuenta, y el diablo lo distrajo con otras ideas.

    ¡Ojalá todos piensen en esto a tiempo y aprendan a conocer la verdadera cara del pecado y del diablo! Si aprobamos el pecado y la hipocresía en un solo caso y en una sola ocasión, pronto estaremos tan embotados, adormecidos y cegados, que ya no percibiremos ningún peligro. Y luego seguiremos, paso a paso, hasta nuestra ruina total. Es tan extraño que en el satánico mal momento del embeleso, aunque quisiéramos reconocer e investigar a fondo el pecado al que somos tentados, posiblemente no veamos más que algo totalmente inocuo y nada peligroso, como que se trata de algo trivial e interesante. Por el contrario, en vez de diabólico, nos parecerá atractivo y bonito.

    Estos son los verdaderos colores del pecado en el momento de la tentación, y las verdaderas señales de que estamos siendo tentados en esa hora, o atravesando por una prueba en la que probablemente se decidirá el destino eterno de nuestra alma inmortal.

    Porque si tratamos de hacernos los santos mientras le prestamos servicio al pecado y lo encubrimos, estamos perdidos. La hipocresía es la capa dorada del pecado y del diablo, sin la cual éste no logra nada.

    Quitemos la hipocresía, y ya no podremos permanecer o continuar en cualquier pecado, sino que siempre seremos restaurados y rescatados. Si Judas le hubiese confesado a alguno de sus condiscípulos la maldad que el diablo le había instado cometer, el diablo inmediatamente habría quedado desarmado.

    Y Judas tampoco habría permanecido en el pecado. Este es un remedio bien probado, que los cristianos de todos los tiempos emplearon para enfrentar al diablo, y siempre con éxito. Por eso la exhortación del apóstol dice exactamente así: “Confesaos vuestras faltas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (Stg.5:16).

    Pero todo esto es algo que una persona tentada raras veces cree, y en lo que tampoco suele pensar debidamente, antes de haberlo aprendido por su propia amarga experiencia. Y entonces muchas veces ya es demasiado tarde.

    ¿Y qué es lo que no cree o en lo que no piensa? Pues eso: Que en el momento de la tentación uno puede quedarse ciego, de modo que se vuelve confiado y atrevido, pensando que no hay absolutamente ningún peligro, siendo que la misma vida y el alma inmortal están en juego. Y aunque alguien lo crea, ocurre frecuentemente que el pecado no le parece peligroso en la hora en que él mismo cae en la tentación.

    Por eso suele invadirnos el temor y preguntamos con los apóstoles: “¿Quién, entonces, podrá ser salvo?”. A lo que Jesús responde: “Para los hombres esto es imposible; mas para Dios, todo es posible” (Mt.19:25-26). Mientras permanecemos en este temor y consuelo, no podemos caer. Siempre permaneceremos en las manos de Dios, el fiel Auxiliador y Buen Pastor, que nos asegura: “Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie arrebatará mis ovejas de mi mano” (Jn.10:28).

    Publicado por editorial El Sembrador