25 de febrero 2026

    25.Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor.Col.3:20

    La obediencia a los padres, y a los que ocupan el lugar de los padres fuera del hogar, abarca tanto, que admite apenas una sola excepción: Cuando la obediencia a los padres entra en conflicto con la obediencia a Dios. Porque la Palabra dice: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech.5:29). Y Jesús advierte: “El que ama a padre o madre más que a Mí, no es digno de Mí” (Mt.10:37). Reconociendo esta única excepción, por lo demás la Palabra de Dios dice: “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, ¡porque esto agrada al Señor!”

    De igual modo se amonesta a los que trabajan en situación de dependencia: “Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo… y no a los hombres” (Ef.6:5-7).

    Y en cuanto a los súbditos frente a las autoridades, dice: “Sométase toda persona a las autoridades superiores…” (Ro.13:1). Y: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior; y a los gobernadores, como por Él enviados…” (1 P.2:13-14). Finalmente, con respecto a la obediencia debida a los pastores y maestros, la Escritura exhorta y ordena a los fieles: “¡Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos!” (He.13:17).

    Existe un límite que la obediencia no debe exceder: Cuando la obediencia a los padres, autoridades y maestros se convierte en desobediencia directa a Dios, a su Palabra o a nuestra conciencia. Si nuestros superiores son tan corruptos que demandan obediencia en cuestiones en que la Palabra revelada de Dios y la conciencia cristiana dicen que no, debemos negarnos a obedecer, respetuosa pero decididamente. Por más que denuncien nuestra actitud como desacato, revolución o cosas por el estilo. Pero fuera de eso se nos ordena obediencia. La Biblia amonesta muchas veces, con toda seriedad, acerca de esta obediencia. Es cierto que a veces es muy difícil obedecer, cuando las personas que tienen el derecho a impartir órdenes abusan de ese derecho, y dan órdenes duras e injustas. O cuando se muestran poco comprensivas, y quienes deben obedecerles entienden mucho más del tema, pero se ven obligados a someterse. Sin embargo, mientras que la orden no sea contraria a la Palabra de Dios y a la conciencia, los subordinados están obligados a prestar gustosamente obediencia, “no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar” (1 P.2:18).

    El disidente tiene sus derechos y puede luchar por ellos. Pero si no logra ningún resultado, debe obedecer, aun cuando con eso sufra injusticias, o vea que lo mismo podría hacerse en forma mucho más sabia y razonable, porque el Señor nos instruyó a obedecer.

    La dureza de este mandamiento se convertirá en un placer, y lo amargo en dulzura, si tenemos presente que de esa manera cumplimos la voluntad del Señor, sirviéndole a Él y no a los hombres, y que nuestra obediencia a padres antojadizos, maestros rígidos, y autoridades injustas, agrada a Dios. Si realmente queremos servir al Señor y hacer lo que a Él le agrada, nos someteremos contentos aun a las condiciones más difíciles, con tal de poder decir: “Hice lo que Dios mismo ordenó, y lo que sin duda le agrada”.

    Inclusive un niño o un humilde peón cristiano puede agradar a Dios con solo cumplir obedientemente lo que le ordenan sus padres o autoridades. Dios anunció definitivamente su voluntad: Quiere que se le obedezca a Él, obedeciendo a los padres y superiores. ¡Esa obediencia le causa enorme satisfacción! Por eso Lutero dijo: “Algo tan insignificante como barrer el piso, por obediencia a los padres o superiores, si se hace por fe en Jesús y por amor a Él, para Dios es mejor que hacer grandes obras que Él no ordenó”.

    Todas nuestras acciones deben ser analizadas a la luz de la Palabra revelada de Dios, que nos da a conocer Su voluntad. Así podremos saber si le agradan o no. Si podemos prestar nuestra obediencia a padres y superiores de acuerdo a la Palabra, en un espíritu dispuesto y de buena gana, la obediencia será fácil y dulce; más aún, llegará a ser un precioso servicio a Dios, por difícil que muchas veces le resulte a nuestra carne y sangre. Pues qué puede dignificar más nuestro trabajo, que poder decir: “¡Dios mismo me ordenó hacer esto. Estoy seguro que le agrada a Él!”

    Publicado por editorial El Sembrador