25 de enero 2026

    25.Libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.Ro.6:18

    ¿De quién somos siervos: Del pecado, o de la justicia? Cada uno de nosotros debe ser siervo de uno de los dos. El apóstol no conoce una tercera clase de personas, que pudiesen ser siervos de ambos, tanto del pecado como de la justicia. Cristo también dice expresamente: “Nadie puede servir a dos señores” (Lc.16:13) Es importante, entonces, saber de quién somos siervos. En nuestras vidas las cosas se mezclan fácilmente. Eso nos confunde. A veces pareciera que somos los siervos de dos señores.

    Algunos quisieran que fuese así, que se les permitiera mantenerse en la ambigüedad; creen ser “parcialmente cristianos”, porque leen y escuchan la Palabra de Dios, pero al mismo tiempo tienen sus corazones y mentes ligados al mundo, al servicio de sus ídolos. Pretenden servir a dos señores.

    A las almas honestas les alarma mucho que pudieran estar sirviendo a dos señores. Suspiran angustiosamente en tales situaciones, diciendo: “Veo que no le sirvo únicamente a Dios, sino también al pecado. ¿Cómo puedo saber de quién soy siervo?” Unos y otros permanecen en la incertidumbre en cuanto a este tema, porque juzgan de acuerdo a sus propias opiniones, y no prestan atención únicamente a la Palabra de Dios. Debemos recordar que tanto Cristo como los apóstoles, declaran categóricamente que no podemos ser siervos de dos señores al mismo tiempo.

    A veces puede parecer que estamos sirviendo a dos señores, porque el bien y el mal se mezclan en nuestras vidas: En los siervos del pecado pueden subsistir buenas intenciones, la voz de la conciencia, y el llamado de la gracia.

    Por otro lado, los creyentes muchas veces aún sentimos dentro de nosotros las tentaciones del maligno, las seducciones del mundo y las inclinaciones de la propia carne. ¿Somos entonces siervos de dos señores? ¡No! Dice el apóstol.

    No depende del bien o del mal que te asedia, y que puede llevarte a realizar una obra de bien o a incurrir ocasionalmente en un pecado. Depende del Señor al cual nos sometemos para servir y obedecer. En Ro.6:16 el apóstol pregunta: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” La mente y el corazón siempre pertenecerán solamente a uno de los dos poderes en conflicto, como lo señala el Señor al explicar, porque nadie puede servir a dos señores: “Porque o aborrecerá al uno, y amara al otro, o estimara al uno y menospreciara al otro” (Lc.16:13).

    Eso es lo que afirma Jesús mismo. Pero como el amor y el odio se alternan en la misma persona… como los cristianos a veces todavía sienten amor al pecado y se olvidan de Dios, ¿cómo podemos tener en claro a quién se está sirviendo? Podemos entender fácilmente que un siervo del pecado es el que consciente y descaradamente entrega su vida a manifiestas obras de la carne, como avaricia, libertinaje sexual, borrachera, deshonestidad, odio etc. Y no se deja reprender ni amonestar al arrepentimiento. En cuanto a esas personas la sentencia de Cristo es clara: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn.8:34).

    Pero cuando los falsos cristianos, que estudian la Palabra de Dios y participan en la iglesia, pretenden andar bien con Cristo y con el diablo, y servir tanto a Dios como al mundo… o cuando los cristianos débiles no resisten las tentaciones ni luchan para corregir sus groseros defectos… entonces distinguir a cuyo servicio estamos se torna más difícil.

    Pero notemos cuidadosamente la forma de hablar del apóstol: “Ustedes son esclavos de aquel, a quien se someten para obedecerle” (Ro.6:16). Todo depende del señor al que “se someten”, al que “obedecen de corazón”, al que prestan su lealtad con toda su mente, y no al que sirven sólo ocasional o accidentalmente, o por flaqueza y bajo presión.

    Que existan personas que aman sinceramente la justicia, pero que son tentados y caen en pecado, no debería confundirnos. Si se sometieron al Señor de corazón, aman realmente la justicia y se consagraron a su servicio, es seguro que no son siervos del pecado. Nunca debemos olvidar el principio fundamental: A quien “se someten”, a quien “obedecen de corazón”, del tal son “esclavos”. Los cristianos dedican toda su vida a Cristo, no importa cuántas veces el pecado les impida cumplir la voluntad del Señor, desfigure sus propósitos, o atormente sus almas. Sólo si sus almas volverían a engañarse, se someterían nuevamente al pecado y no vendrían más al pie de la cruz de Cristo, para buscar y obtener allí el perdón de sus pecados y el poder para combatir el mal… si se sometieran y entregaran nuevamente a la inmundicia, decididos a seguir otra vez los deseos carnales, entonces se habría producido la desgracia de la que habla San Pedro: “El que es vencido por alguno, es hecho esclavo del que lo venció” (2 P.2:19). Nadie que solamente haya sufrido algunos golpes en la pelea, pero que todavía sigue luchando, querrá admitir que ha sido vencido.

    Solo ha sido efectivamente vencido el que se rindió y entregó sus armas, como dice también San Pedro, al hablar de los que “después de haber conocido el camino de la justicia, se volvieron atrás del santo Mandamiento que les fue dado” (2 P.2:21).

    Así que mientras el creyente todavía lucha, no como un esclavo de la Ley, pero sí con los ojos de la fe puestos en Cristo, no ha sido vencido; no se ha rendido al servicio del pecado. Todo depende de aquel, a quien “se sometan para obedecerle”.

    Publicado por editorial El Sembrador