25 de diciembre 2026

    25.Os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo.Lc.2:10

    ¿Cuál es el mensaje de gran gozo que el ángel anuncia aquí? Es nada menos que el nacimiento de Dios como ser humano, como uno de nosotros. Dios se ha hecho hombre. Dios ha asumido nuestra carne y se ha convertido en nuestro hermano.

    ¿Y qué dicen las Sagradas Escrituras al respecto? “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (He.2:11). ¿Quién es “el que santifica”? Dios, que es Santo. ¿Quiénes son los “santificados”? Los seres humanos, caídos en el pecado. Y ahora ambos son de la misma naturaleza, son humanos.

    “Por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos”. Pues ahora realmente son hermanos. Según la carne son descendientes del mismo antepasado. Jesucristo demostró durante su vida que no se avergüenza de llamarse hermano nuestro ante nadie: Ni ante su Padre celestial, ni ante las personas.

    Cierta vez dijo a su Padre: “Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré” (He.2:12). En otra ocasión le dijo a una mujer, a María Magdalena: “Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn.20:17). Y un día dirá frente a todo el mundo: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt.25:40).

    Meditemos ahora en esta verdad que es divina, maravillosa y real. El Hijo de Dios se ha hecho nuestro hermano. No es que se describa como nuestro hermano sólo para demostrarnos simpatía. Ese título habla de una grandiosa realidad. “De uno son todos”; Él se ha convertido en uno más de nosotros. Si pudiésemos creer esto firmemente y vivir conscientes de esta realidad, seríamos transfigurados de gozo y asombro. Desearíamos partir de este mundo y clamaríamos con ansiedad, diciendo: “¿Cuándo será quitado el grueso velo que nos impide tanto ver la gloria de Dios?” “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro.7:24). Pero, la caída de Adán ha corrompido tanto nuestros corazones, que nos alegramos, alabamos y agradecemos muy poco.

    Algunos se preguntan por qué motivo el Hijo de Dios debía convertirse en un ser humano. Y las Sagradas Escrituras responden sobre el tema, de una manera muy consoladora: “Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (He.2:14-15).

    Y también dice: “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (He.2:17).

    Por favor, observa aquí la razón por la cual Él debía tener carne y sangre, igual que los hijos perdidos: Para que por medio de su muerte pudiese destruir al que tenía el imperio de la muerte, al diablo. Cristo habría de romper las ataduras de la muerte. Él habría de expiar los pecados del pueblo. Sería misericordioso, manso, compasivo y lleno de amor para con nosotros. La deuda humana debía ser pagada con sangre humana, de acuerdo a la ley y a la justicia. Un hombre debía pagar por las ofensas del hombre. Él recibió sangre de una madre humana, porque sería “la simiente de la mujer” la que aplastaría la cabeza de la serpiente (Gn.3:15). El Hijo de Dios debía nacer de una mujer y estar bajo la ley, para ser nuestro representante y redimir a los que estábamos bajo la ley, convirtiéndonos en hijos de Dios.

    El Espíritu de Dios, por medio de Isaías profetizó esa redención de la ley por medio del Niño de Belén, de manera clara y gloriosa, diciendo: “Tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián. Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Is.9:4,6).

    El “pesado yugo” no es otra cosa que la culpa del pecado, las condenaciones y las exigencias de la ley. Eso nos oprime cruelmente. Además en Gá.5:1 se llama a la ley: “Yugo de esclavitud”. ¿Qué es “la vara del hombro y el cetro de opresión” sino la ley? Como el látigo de un tratante de esclavos, ella azuza y golpea nuestra conciencia echándonos en cara nuestros pecados. Nos sentencia a muerte, nos abandona al diablo y condena al infierno. Así es la ira de Dios; así de terrible es “la vara de nuestro hombro y el cetro de nuestro opresor”.

    Pero nuestro “Gedeón” habría de quebrar ese yugo y ese cetro, como en el día de Madián (Jue.7).

    Publicado por editorial El Sembrador