25 de agosto 2026

    25.Dios, nuestro Dios ha de salvarnos, y de Jehová el Señor es el librar de la muerte.Sal.68:20

    Los hijos de Dios, frecuentemente se regocijan con la expectativa de la bendita hora en que dejarán toda su miseria atrás, e ingresarán a la gloria celestial. Sin embargo, a veces temen la muerte y se espantan ante la misma. Esto sucede porque todavía no son totalmente espirituales, sino que siguen siendo parcialmente carnales. Como bien dice Lutero: “La carne idiota no sabe qué es lo mejor”. Si tu conciencia te acusa, si no te has reconciliado todavía con Dios, ni tienes la seguridad de estar en paz con Él, no es extraño que te estremezcas ante la muerte. Si es así, tienes fuertes motivos para buscar esa certeza cuanto antes. Pero cuando un extraño temor a la muerte invade a los que tienen buenas relaciones con Dios, deben saber que eso se debe sólo a los “dardos de fuego del maligno” (Ef.6:16).

    En momentos de temor a la muerte hay dos cosas que hemos de tener en cuenta especialmente. La primera es que nada nos puede acontecer, que no nos hubiese sido enviado por nuestro amoroso Padre celestial. Ni siquiera un cabello de nuestra cabeza podrá caer sin su consentimiento (Lc.21:18). ¡Cuánto menos entonces ese trance mucho más importante, de ser trasladados del tiempo a la eternidad! Jamás debemos olvidar que nuestro fiel y veraz Salvador dijo: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados ¡Así que, no temáis! Más valéis vosotros, que muchos pajarillos” (Mt.10:29-31).

    ¡Sí, alabado sea el Señor, que sin duda nos valora mucho más que a los gorriones! Absolutamente nada nos pasará sin que Él lo determine. Dijo un antiguo maestro cristiano: “Nadie muere por casualidad. Morimos en el exacto momento en que debemos morir ni antes ni después”.

    Y el rey David afirma: “En tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Sal.139:16). También el patriarca Job declara: “Ciertamente sus días (del hombre) están determinados, y el número de sus meses está cerca de Ti. Le pusiste límites, de los cuales no pasará” (Job 14:5). La muerte no es obra de la enfermedad o de un arma, sino de Dios. ¿No es entonces un gran error que los cristianos sientan demasiado temor a la muerte? Ningún accidente, ninguna mano humana, ninguna peste puede hacerles daño antes de la hora que quedó registrada al lado de su nombre, en el libro de Dios.

    La segunda cosa que debemos recordar es que, aun cuando nuestra carne hiciere objeciones, sin embargo es algo bueno cuando nos llega la hora determinada por Dios, para llamarnos a su presencia. Aunque una madre tenga que obligar a su niño a dormir, y apretarlo contra su pecho mientras llora hasta dormirse, es bueno para el niño que se duerma. Lo mismo sucede con el cristiano.

    Le trae un sin fin de ventajas dormir en la fe y partir de este mundo tan lleno de maldad, peligro, pecado e intranquilidad, aun cuando a su naturaleza carnal no le guste ese sueño. También debemos agradecer a Dios que ese miedo a la muerte no nos condena, porque después de todo lo que Él nos promete, tendríamos que vivir ansiando el final. ¡Porque nuestra salvación se basa en algo mucho más firme! Ningún tipo de debilidad o pecado puede derribar el fundamento de nuestro perdón, es decir: ¡La obra redentora de Cristo!

    Sobre esa base depositamos toda nuestra esperanza. ¿Qué ocurre entonces, cuando el Señor nos llama a la vida eterna? Ah, ocurre algo fantástico, algo en lo que estuvimos pensando tanto tiempo, la solemne entrada al descanso del Señor, a un Reino cuya gloria ningún ojo vio, y de la que ninguna imaginación siquiera soñó. Pensémoslo: Quedaremos libres de toda la maldad de este mundo perverso, que tanto nos hace sufrir… y recibiremos los maravillosos tesoros que el Todopoderoso quiere dar a sus amados hijos, en su Reino de felicidad, cuando comience a glorificarlos…

    Tenemos que aprender que, si bien nuestra naturaleza aborrece la muerte y se estremece y encoge ante la misma, no obstante, partir de este mundo durmiéndonos bajo el amparo de Cristo, es algo muy bueno; y sólo nos traerá una infinidad de beneficios. Por eso los cristianos hemos de tranquilizar nuestros corazones ante Dios, y tratar de adoptar una actitud serena y reconciliada frente a la muerte. Tenemos que evitar caer en el lazo del diablo, y no oponernos obstinadamente a la sabia y buena voluntad de nuestro piadoso Dios para con nosotros. Sin embargo, es también muy normal que un cristiano tenga sentimientos un tanto extraños, cuando se despide de sus seres queridos. Pasar de un mundo a otro, es un paso tremendo. ¡Pensemos en ese cambio! ¡Partir del lecho de muerte para afrontar al Altísimo, rodeado de sus santos ángeles! ¡Con qué extraños impulsos debe latir el corazón en ese instante! Pero, lo que está mal para un hijo de Dios, es el rechazo y el temor a la muerte que proviene de la falta de fe; cuando piensa que su muerte es como un horrible ataque, cuando en realidad ella viene para librarlo definitivamente de todo mal y concederle un feliz descanso ¿Acaso alguien pensaría que es un ataque destructivo cuando una madre acuesta a su niño en la cuna? Si me encontrara encerrado por mis enemigos en un calabozo, y mis camaradas viniesen a librarme, se produciría ruido y pelea; ¿Pero, me asustaría como en el caso de un ataque enemigo? ¿No comprendería acaso que lo que está ocurriendo es para mí liberación? ¿Debo horrorizarme entonces, cuando se acerca a mi lecho una solemne procesión de ángeles, para arrebatarme del poder de mis enemigos, y colocar la corona de la vida en mi cabeza? Porque es precisamente esto lo que ocurre en la muerte de todos los hijos de Dios, que creen en Cristo. Sabemos que esto es absolutamente cierto, gracias a las promesas de nuestro Salvador.

    Como dijo, por ejemplo, al despedirse de sus discípulos: “Vendré otra vez, y os tomaré a Mí mismo, para que donde Yo estoy, vosotros también estéis” (Jn.14:3).

    Publicado por editorial El Sembrador