25 de abril 2026

    25.Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.Gá.5:1

    Aún sinceros cristianos, que ignoran la esencia de la vida espiritual, piensan que esta exhortación no es muy importante. Creen que el apóstol se refiere a un problema que afectaba solamente a los Gálatas y no quieren que se les predique hoy en día al respecto. No entienden que su vida espiritual corre peligro si su conciencia vuelve a quedar sometida al yugo de la Ley. ¡Quiera Dios despertar a todas esas personas de su fatal error! El apóstol tiene una opinión muy firme sobre esta cuestión. Recalca tanto la importancia de este tema, que advierte: -Si pierdes la libertad de tu conciencia y vuelves a dejarte dominar por la Ley… si nuevamente procuras justificarte ante Dios por medio de tus propias obras… o si esperas merecer la vida eterna en base a tu santificación, por la obediencia a la Ley… entonces eres “hijo de la esclava”, y aun después de todo tu servicio, serás echado afuera.

    En asuntos espirituales, nuestra naturaleza está fuertemente inclinada hacia la auto justificación, la exaltación personal y la egolatría. Esa falsa presunción proviene del diablo y se originó en la humanidad con la caída en el pecado.

    Por eso no hay nada más ofensivo para la razón humana, ni más lesivo para el corazón carnal, que oír que somos totalmente incapaces de redimirnos a nosotros mismos, y que estamos completamente perdidos, de modo que nuestra salvación es enteramente un don de Dios, de su gracia mediante Cristo. Cuando comprendemos esto, también entendemos que el peligro de volver a someternos a la Ley no es tan pequeño, como piensan los ignorantes. Y nuestro enemigo, el diablo, sabe muy bien que a pesar de todo el daño que nos pueda hacer, no puede perjudicarnos definitivamente, en tanto que perseveremos en la fe. La muerte espiritual ocurre cuando nuestro enemigo logra desviarnos del amor de Cristo, en pos de nuestras propias obras, bajo el yugo de la Ley e incredulidad. Cuando nos arrebata la confianza que teníamos en el Hijo de Dios. Sí, la muerte espiritual puede haber ocurrido, aun cuando externamente conservemos una vida muy recta y piadosa. Podemos afirmar sin lugar a dudas, que el objetivo último de todas las tentaciones del diablo es arrebatarnos nuestra adopción de Dios, “la libertad con que Cristo nos hizo libres” (Gá.5:1), y someternos nuevamente al yugo de la Ley y a la incredulidad. Por esta razón el apóstol emplea la expresión: “estar sujetos al yugo de la esclavitud”. Hay un “cazador” que quiere capturarnos. Si somos atrapados, caeremos bajo el yugo de la esclavitud; estaremos espiritualmente atados al pecado, al diablo y a la muerte.

    En forma muy sencilla, el diablo puede someter a los cristianos menos experimentados a este yugo, con sólo recordarles que todavía son pecadores y que Dios odia y condena el pecado. Se vale de esas dos verdades, para desviarlos de la verdad principal. Primero, trata de confundirlos diciendo que no deben considerarse verdaderamente cristianos, porque todavía están llenos de la corrupción que produjo la caída de Adán, y que se manifiesta de mil maneras: En pensamientos, sentimientos, malos deseos, palabras y acciones obscenas… en la negligencia para hacer el bien, la frialdad ante Dios y el prójimo; la indiferencia ante la Palabra y la oración, y cosas por el estilo. En segundo lugar, les recuerda que la Palabra de Dios condena todo eso (de lo que sin embargo no se pueden librar). Entonces -remata el tentador- ¿cómo podemos seguir creyendo que permanecemos en la gracia y en amistad con Dios…? La tentación a la desesperación e incredulidad se torna particularmente fuerte cuando el diablo subraya las palabras del propio Dios, que parecen condenarme. Y es que en la Biblia abundan terribles amenazas contra los indiferentes, impíos e hipócritas.

    Como el mundo está lleno de esa gente, la Palabra de Dios debe contener muchas advertencias para ellos. Pero un alma escrupulosa e instruida por el Espíritu siente todo el mal que mora en ella misma y se dice: “Sí, personalmente soy negligente. Soy impío e hipócrita. Todo eso está en mi vieja naturaleza. Y sé que el diablo utiliza eso para liquidar y destruir mi pobre fe, pero no cederé”. En segundo lugar, todo cristiano tiene que respetar, reverenciar y honrar los Mandamientos de la Ley. Y no sólo conocer, sino también hacer la voluntad de Dios. Sin embargo, a pesar de todo el bien que la gracia logró obrar en nosotros, sabemos que pudimos cumplir los Mandamientos de Dios. Entonces la Ley inmediatamente pronuncia su sentencia condenatoria sobre mi conciencia.

    ¡Ah, cuánta gracia y sabiduría, qué poderosa intervención y milagrosa ayuda divina se necesitan en tales momentos, para permanecer firmes en la fe y en la gracia de Dios!

    Es necesario conocer profundamente el alcance del pacto de la gracia de Dios. Porque todas esas sentencias y amenazas les tocarán solamente a los que están separados de Cristo; o afectarán solamente al pecado y al hombre exterior. Pero no anularán para nada la gracia, en tanto que la persona siga unida a Cristo.

    Por medio de su Ley, Dios puede querer castigar y corregir lo que está mal en mi vida. También puede querer reprender y mortificar mis pecados, por medio de penas y plagas externas. Pero al mismo tiempo seguiré disfrutando de la eterna gracia.

    Dios está enojado solamente con mi enemigo, el pecado, al que también mi espíritu odia. Pero no está enojado conmigo. Unido a Cristo, estoy a salvo de la ira de Dios, y de todas las condenaciones y amenazas de la Ley. Disfruto de un perdón perpetuo, y ya estoy registrado en el cielo como hijo y heredero de Dios. Cuán necesario es considerar esta diferencia profunda y atentamente; dejar que los Mandamientos y las amenazas de la Ley condenen al pecado en nosotros, ¡pero que no afecten la confianza en nuestra adopción!

    ¡Cuán necesario es conservar nuestra confianza en la eterna gracia, por la fe en Cristo! ¡Eso es ser verdaderamente libres de la Ley!

    Publicado por editorial El Sembrador