24 de septiembre 2026

    24.Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz.Ro.13:12

    El versículo siguiente a este nos aclara lo que el apóstol entiende por las obras de las tinieblas: glotonerías, borracheras, lujurias, lascivias, contiendas y envidia. Que el apóstol llame a esos pecados: “obras de las tinieblas”, no se debe sólo a que los que los cometen se ocultan de la luz natural. No, el apóstol no habla aquí de la luz o las tinieblas naturales. Más bien desea señalar que esas obras pertenecen a las tinieblas espirituales; a la oscuridad de la maldad. O sea, los placeres carnales del pecado; la vida desenfrenada en toda clase de vicios.

    Debemos observar especialmente la exhortación del apóstol: “Desechemos”, dejemos de lado esas obras de las tinieblas. Y esto se lo dice a los creyentes. De esto aprendemos, en primer lugar, que ni siquiera los cristianos están libres de caer en toda clase de pecados.

    Aunque no podemos entregarnos a ellos como lo hace el mundo -que peca deliberadamente, sin arrepentirse- no obstante podemos infectarnos con ellos. Y en tiempos de sueño espiritual o de recia tentación, nuestra maldad prácticamente puede llegar a cautivarnos. La historia de muchos santos nos ilustra eso. Por eso no debemos desesperar inmediatamente ni condenarnos a nosotros mismos o a otros cristianos, cuando ocurre algo así. No, si el alma aún se aferra a su Salvador en arrepentimiento y fe, y busca su ayuda -tanto para el perdón como para su liberación- entonces todavía hallará sobreabundante gracia. Debemos dar gracias a nuestro Señor Jesucristo, que obtuvo para nosotros perfecto perdón para verdaderos pecados.

    Y en segundo lugar, aquí podemos notar la seria amonestación del apóstol, exhortándonos a desechar esas obras de las tinieblas. La inmensa gracia que hemos recibido ha de motivarnos a desecharlas. El apóstol no dice solamente: “¡Reconozcamos y confesémoslas!”. No. Él dice: “¡Desechémoslas!” Aquí tenemos la segura señal que distingue al cristiano verdadero del falso. El verdadero cristiano se asusta de su pecado, y busca el perdón de Dios, recurriendo a los Medios de Gracia para librarse de su pecado. El falso hace un convenio secreto con el pecado, porque piensa retenerlo. Lo defiende y se excusa, aun cuando a veces lo confiesa con su boca. Es cierto que también el cristiano fiel puede, por momentos, en la hora del “zarandeo” olvidar a Dios y comportarse como si el Espíritu de Dios lo hubiese abandonado por completo (Lc.22:31). Lo vemos en el caso de Pedro, cuando negó a su Señor tres veces (Mt.26:75).

    Pero como Pedro inmediatamente después salió y lloró amargamente, así también, todo verdadero cristiano aborrece su pecado en lo profundo de su alma.

    ¿Y de qué manera desechamos realmente el pecado? Lo hacemos de diferentes maneras. Algunos pecados podemos desecharlos inmediatamente. Entonces debemos regocijarnos y no hablar de debilidad, sino alabar la gracia de Dios.

    Otros pecados, en cambio, pueden convertirse en una vara correctora para nosotros por mucho tiempo, a veces por toda la vida. Luchar contra los pecados que llevamos adheridos, para que no lleguen a dominarnos como dominan al mundo infiel, es algo que no emprendemos por fuerza o determinación propias, sino únicamente “fortaleciéndonos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Ef.6:10).

    El apóstol agrega en seguida: “Y vistámonos las armas de la luz”. “Las armas de la luz” son lo opuesto a “las obras de las tinieblas”. Éstas consisten en vicios y pecados, pero las armas de la luz consisten en pureza de mente y de vida, sobriedad, vigilancia, y sobre todo fe, amor y esperanza. Armas con las que luchamos contra las tentaciones de la carne, y contra las seducciones del mundo y del diablo.

    El apóstol acaba de hablar de las obras de las tinieblas. Y ahora, para contrastar, usa la expresión: “armas de la luz”. No dice “obras de la luz” sino “armas de la luz”, dándonos a entender que aquí habrá lucha y combate; que harán falta armas para ser capaces de perseverar en la fe y piedad.

    La vida cristiana no será una vida fácil y tranquila, como la de los que “duermen de noche” (1 Ts.5:7). No, muchas veces será una lucha dura, larga y riesgosa, en la que tenemos que luchar por nuestra propia supervivencia, o morir y perderlo todo. Es vivir en una constante guerra, en la que no hay paz ni seguridad carnal, sino perpetuo desasosiego, riesgo de vida y temor. Nos toca estar siempre alertas y armados para nuevos choques. Una vez nos atacan la fe y la conciencia, dejándonos en peligro de quedar “otra vez sujetos al yugo de la esclavitud” (Gá.5:1). Otra vez ataca nuestra conducta externa, cuando el diablo y el mundo tratan de arrastrarnos al pecado y la vergüenza. En una tercera ocasión, es atacado nuestro amor al prójimo, cuando nos cuesta dejar de lado el odio o la enemistad contra alguien… Contra todos esos ataques debemos estar armados con las armas de la luz. Y la lucha muchas veces puede volverse tan ardua y riesgosa, que estaremos a punto de desesperar. Nos salvan únicamente los “grandes prodigios”, que realiza nuestro omnipotente y fiel Señor. Por eso San Pedro también dice que “el justo con dificultad se salvará” (1 P.4:18).

    ¿Qué cristiano podrá vivir tranquilo y seguro en este mundo hostil, como si estuviese en su casa y como si ya no tuviesen enemigos espirituales? ¿Como si el diablo ya no tuviese más nada en contra suya, o como si la carne y el mundo ya no fuesen más sus peligrosos enemigos? Tanto la Palabra como la experiencia dan testimonio que ningún cristiano supo cruzar con éxito este suelo enemigo sin temores y luchas. Y si ya no tengo miedo, estoy en peligro. Considerarme fuera de peligro entre enemigos que constantemente me acechan, no es más que un terrible auto engaño. O temo y lucho, y así soy salvo por el poder de Dios, o me quedo tranquilo y despreocupado, y así me pierdo. Por eso el Señor Jesucristo nos amonestó tan encarecidamente diciendo: “¡Velad y orad!”

    “Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!” (Mt.26:41; Mr.13:37).

    Publicado por editorial El Sembrador