24 de octubre 2026

    24.Haced esto en memoria de mí.Lc.22:19

    Alguien puede preguntar: “¿Qué pretende decir o darnos el buen Señor con la Santa Comunión (Santa Cena), con esta extraña y sublime institución? ¿Cuál fue su verdadero propósito?”

    Muchos cristianos nunca comprenden correctamente qué es la Santa Comunión, ni participan de manera digna y gozosa de la misma. No obtienen el consuelo, la paz y alegría que la Santa Comunión confiere. Y esto ocurre porque no conocen o no tienen presente el sentido o propósito que tuvo Cristo al instituir esta ceremonia. Antes de que tengamos nuestro entendimiento plenamente la eternidad), nos resultará imposible entender todo lo que el Señor quiere decir y darnos con la misma. Es un gran misterio. No obstante, podemos entender algo. Veamos, pues, una de sus cualidades: La Santa Comunión como un memorial de la muerte expiatoria de Cristo.

    iluminado, (en El Señor dijo: “Haced esto en memoria de mí”. Ante todo debemos entender que Jesús no instituyó este memorial para su propio beneficio, sino para el nuestro. Porque todo lo que Cristo hizo en la tierra, lo hizo por amor a nosotros. Como Él mismo dijo: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt.20:28). Qué misericordiosa intención descubrimos ya, en el hecho que Él instituyera un memorial para que lo recordásemos. Jesús conocía las debilidades de sus seguidores, y el escabroso camino que debían recorrer por el desierto de este mundo, por el “valle de lágrimas” que es esta vida. Sabía cuántas veces estarían al borde de sucumbir a lo largo del camino. Sabía que sus corazones débiles y temerosos se cansarían, enfermarían, quedarían heridos y desmayados, al borde de la desesperación. Que enfrentarían una lucha diaria e incesante contra su propia carne, el mundo impío y la perfidia y los dardos de Satanás. Más aún: Sabía que sólo Él sería el consuelo y aliento de ellos. Sabía que sólo si pensaban constantemente en Él, recobrarían nuevas fuerzas, coraje y gozo para seguir avanzando. Además, sabía que lo que más aplastaría su coraje, intimidándolos y preocupándolos, serían sus pecados: las faltas y deficiencias de ellos. También sabía que el único consuelo contra sus pecados estaría en su pasión y muerte, en su cuerpo entregado y en su sangre derramada para la remisión de los pecados. Por eso instituyó este memorial de su muerte expiatoria, diciéndoles: “Hijos, reúnanse muchas veces como están reunidos hoy aquí. Cuando todo comience a quedar oscuro ante sus ojos y piensen que van a sucumbir, reúnanse para recibir mi cuerpo y mi sangre, dado y derramada por ustedes. Piensen en mí, y recíbanme. Esta institución es un Sacramento: Más que un simple memorial, es un sublime Medio de Gracia, que no sólo les recuerda, sino que les da mi cuerpo y mi sangre”.

    Así nuestro Redentor quiso armar “tiendas de reposo” a lo largo de nuestro camino, donde los cansados peregrinos pudiésemos descansar, fortalecernos y refrescarnos con este maravilloso alimento: Su cuerpo y su sangre, el Pan celestial.

    Este Memorial y Medio de Gracia es sumamente provechoso a nuestro hombre interior, en todo sentido. Nos despierta de nuestra negligencia e inclinación a dormirnos. Limpia nuestros ojos del polvo que los oscurece durante la peregrinación. Nos pinta y presenta el pecado y la gracia en sus verdaderos colores. Reconforta, alienta, fortalece y restaura la paz y el gozo de la adopción en nuestros deprimidos corazones. Eleva nuestras almas de este mundo hacia el cielo.

    En esta Santa Comunión, Cristo no sólo instituyó un Memorial, es decir una fiesta en memoria de su muerte propiciatoria, sino que efectivamente también nos da a comer su cuerpo y a beber su sangre, principalmente porque nos quiso transmitir un beneficio. Sus palabras fueron: “Porque esto es mi sangre del Nuevo Pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt.26:28). Estas palabras nos muestran qué es lo quiso lograr nuestro Señor Jesucristo al darnos la Santa Cena: Quiso consolarnos por nuestros pecados y aliviar nuestras cargadas conciencias. Porque lo único que dijo aquí de su sangre, es que era la sangre del Nuevo Pacto, derramada para la remisión de los pecados. ¡Notemos la intención del Señor! No le bastó derramar su sangre para la remisión de los pecados. También quiso asegurarnos -en la forma más poderosa y profunda posible- nuestra participación en esa redención. Quiso vernos realmente reconfortados y felices a causa de ella. Y está tan ansioso de hacerlo, que acerca a nuestros labios su misma sangre, diciendo: “Tomad; bebed de ella (de la copa) todos. Bebed el poderoso antídoto contra el pecado, contra su poder condenatorio. Recibid el pago que fue ofrecido por vuestro rescate, para que así tengáis la certeza de que vale para vosotros también. Sí, para que cada uno de vosotros tenga la certeza de que también se beneficia del mismo”.

    Con esta sangre se hace un nuevo Pacto o Testamento entre Dios y nosotros; no como el antiguo, que demandaba y condenaba. El Nuevo Pacto ofrece, da y redime. El antiguo decía: “¡Haz esto!” El nuevo dice: “¡Cree y recibe!” La sangre del antiguo Pacto era la de chivos y becerros. La sangre del nuevo Pacto es la del Hijo de Dios hecho hombre.

    Y esta sangre fue derramada para la remisión de nuestros pecados. ¡Miren! Estas son las cosas que el Señor nos quiere dar. Aquí tenemos una fuente inagotable de consuelo para las almas atormentadas por los pecados y terrores de conciencia. ¡Meditemos serenamente y a fondo en lo que el Señor nos dice y ofrece en la Santa Comunión!

    Publicado por editorial El Sembrador