24.El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.Mt.13:22
En la parábola del sembrador, Jesús nos enseña que la Palabra de Dios es la buena semilla, que produce borrar vida espiritual. Esa vida puede ser asfixiada, y al explicar qué asfixia la vida espiritual, Jesús no mencionó pecados específicos: asesinato, adulterio, robo, etc, etc. Sino que, nombró solo tres cosas: “Los afanes, las riquezas y los placeres de esta vida” (Lc.8:14). Aquí podemos ver cómo, a partir de la necesidad de ganar el pan de cada día, uno puede desviarse, caer en las redes de la codicia, y –gradualmente- acabar matando su fe. Este versículo es una clara advertencia al respecto.
El cristiano honesto, lamenta que a veces se hunde en las preocupaciones por las cosas materiales. Se le presenta la duda: “¿Tengo que confiar y seguir este ritmo de vida, o esta manera de vivir acabará con mi fe?” Entonces, debe recordar la enseñanza de Cristo y analizar si las preocupaciones están asfixiando su fe: si están impidiendo que su fe produzca frutos de buenas obras. En ese caso, no son buenas ni útiles, sino mortalmente dañinas. Pero, ¿cómo y cuándo sucede esto? La buena semilla es la Palabra de Dios, y al ser plantada en el corazón, comienza a crecer. Como la Palabra de Dios tiene dos aspectos –la ley y el evangelio- ella produce dos clases de frutos. La ley despierta la conciencia frente al pecado y produce arrepentimiento: Hace que reconozcamos nuestro pecado de tal manera, ¡Que el mundo entero nos parece demasiado pequeño para ocultarnos! Nos persigue y nos impulsa a buscar salvación y paz en Cristo. Aún después de haber recibido el don de la fe, la ley sigue obrando el arrepentimiento diario en nosotros, y no nos deja vivir como la gente del mundo, feliz y contenta en el pecado. No podemos vivir sin límites, sino que somos orientados, reprimidos y crucificados por el Espíritu.
Sí, seguimos siendo conscientes de nuestro pecado continuamente, y por eso constantemente necesitamos creer en Cristo como nuestro Salvador. Él y su evangelio nos resultan siempre muy reconfortantes e indispensables. Esta es la obra de la ley y el evangelio. La obra propia y específica del evangelio es que el alma arrepentida encuentre paz en Cristo, y obtenga vida, consuelo y gozo en el Salvador. Del evangelio obtenemos un corazón nuevo, que arde de amor a Dios y al prójimo, y confiesa a Cristo con sinceridad y alegría. En fin, la obra de la Palabra en los corazones es producir arrepentimiento, fe y santificación.
Teniendo en claro cuál es la obra de la Palabra de Dios, es fácil comprender qué significa que la buena semilla es ahogada por las preocupaciones, las riquezas o los placeres de esta vida. Esto sucede cuando uno tiene su mente demasiado ocupada, ya sea por las ansiedades de la pobreza o por los goces de la riqueza. Se piensa todo el tiempo en esas cosas, de modo que el corazón está aprisionado, lleno y cautivado por las cosas terrenales, que expulsan fuera el interés por la gracia de Dios y el deseo de cultivar una buena relación con Él. Así, pronto la Palabra de Dios dejará de tener efecto en ese corazón.
Pronto el pecado no afligirá más la conciencia, y no se producirá el arrepentimiento. Uno apenas se dará cuenta que ha pecado. Parecerá algo superficial, sin importancia, comparado con los problemas, placeres o metas que están llenando el corazón. No tendrás tiempo de profundizar en los problemas espirituales, porque constantemente estarás tratando de alcanzar la felicidad terrenal. ¡La meta de tu vida será poder descansar tranquilamente sobre el colchón de la felicidad! Por eso, pareces estar siempre firme en la fe, o por lo menos, no te quebrantas ni humillas a causa de tus pecados. Las mismas cosas que antes te afligían, porque son verdaderos pecados, ahora puedes aceptarlas tranquilamente; ya no te angustian. No, sino que poco a poco has comenzado a excusarlas y defenderlas. Así la obra de la ley de Dios en tu corazón ha sido ahogada. Tu corazón y tu conciencia han sido arrullados para que se duerman y endurezcan.
Cuando la ley ha perdido el poder sobre ti, y ya no puedes sentir angustia por el pecado, ¿qué importancia puede tener entonces para ti Jesucristo y su evangelio? No es más que una historia antigua en tu memoria o en tus labios. Es cierto que la conoces muy bien, pero no tiene ningún efecto en tu vida.
Porque donde la ley no produce contrición y muerte, allí el evangelio no puede dar consuelo ni vida. De este modo, nunca estás verdaderamente arrepentido y defraudado contigo mismo, ni estás correctamente feliz y seguro en Cristo.
Y si finalmente no quieres admitir esto, sino que continúas gloriándote en el evangelio, entonces te irás convirtiendo en un terrible hipócrita. El endurecimiento será completo, y hasta la última chispa de la gracia será apagada.
Esos corazones parecen piedras resbaladizas de la costa, constantemente bañadas por las olas del mar. Cuando, por un lado, se han afirmado tan profundamente sobre intereses terrenales; y, por otro lado, hacen uso hipócritamente de la Palabra de Dios, entonces se vuelven tan duros y resbaladizos, que nada los afecta. ¡Y pensar que antes estaban abiertos a la obra del Espíritu! En el pasado sentían amargura por el pecado, pero la gracia de Dios en Cristo era más abundante. Pero ahora, la semilla celestial ha sido ahogada por los espinos de la tierra. ¡Cómo has caído del cielo, lucero de la mañana!