24.Pues aun vuestros cabellos están todos contados.Mt.10:30
¿Piensas que es pedirte demasiado que creas esto? Entonces abre tus ojos y mira a tu alrededor. ¿O eres tan ciego que no ves lo que generalmente ve aún la simple razón? ¿Que todo lo creado en la tierra fue creado para el hombre? Que no hay piedra ni árbol ni planta que no hubiese sido puesta al servicio del hombre. Sí, aún todos los animales fueron creados para el hombre, que los utiliza a todos para su servicio.
¿Acaso no te dice todo esto que Dios se preocupa por los seres humanos, que ellos son destinatarios especiales de su amor? Por favor, si eres tan incrédulo ponte a mirar la creación y dime si puedes acusar a tu Salvador de mentiroso cuando dice que aun los cabellos de tu cabeza están todos contados.
Él mismo nos remite en Mt.6:26-28 a la creación. ¿Puedes abrir tus ojos lo suficiente como para ver que en toda la creación Dios colocó al hombre en el centro de todo? ¿Acaso esto no es un poderoso testimonio de lo que el hombre significa para Dios, y de que Él ante todo tiene en cuenta su eterna bienaventuranza?
Ahora, mira en esa luz tus más amargas experiencias, y posiblemente hallarás pura bondad y lealtad divina en todo lo que te ha ocurrido. Tal vez has perdido todas tus posesiones, y tú y tu familia se encontraron en grandes dificultades.
Has perdido al más querido amigo en la tierra, una persona sin la cual crees no poder vivir. O has perdido tus más preciosas ilusiones, expectativas que habías guardado en tu corazón por mucho tiempo y con profundos sentimientos. La pérdida es amarga. Pero mírala a la luz de la eternidad, y verás que ninguna de todas esas amargas experiencias sucedieron sin la voluntad y el amor de Dios; es decir: La eterna salvación de tu alma inmortal. Esto es algo grandioso, y difícil de entender para tu viejo hombre, para tu naturaleza carnal, a la cual se la debió herir muy profundamente para que lo aprendas.
O tal vez hayas sufrido una adversidad más amarga todavía. Si por la inmensa gracia de Dios, el mayor deseo de tu corazón regenerado era que toda tu vida esté consagrada a la gloria de Dios y a la bendición de muchas almas, pero debido a tentaciones inesperadas has caído en pecado y en tan profunda desgracia, y ahora piensas que eres un escandaloso y vergonzoso estorbo al Evangelio; y preferirías haber muerto en vez de pasar por una experiencia como esa, entonces tranquilízate, Dios permite que hasta sus más queridos hijos pasen por pruebas inexplicablemente amargas. Pedro, su más fiel discípulo, que gustoso quiso dar su vida por su Maestro (y al final, efectivamente la dio), primero debió caer y llorar amargamente su tan horrible negación.
María, la más favorecida entre todas las mujeres, escogida para ser la madre del propio Hijo de Dios, la virgen que una vez cantó con ánimo tan exaltado: “desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones”(Lc.1:48), en cierta ocasión perdió a su querido hijo tan completamente de vista que no lo encontró hasta el tercer día. En la amarga preocupación de su alma debe haberse condenado a sí misma como a la mayor pecadora, culpable ahora de la desaparición del Salvador de todo el mundo…
La profunda depravación de nuestro corazón y su tendencia a la egolatría y a otros pecados, requiere esas amargas experiencias para que estos pecados sean extirpados. Por lo tanto, reverenciemos la sublime y piadosa intención de Dios, de llevarnos a la eterna gloria en el cielo por medio de muchas tribulaciones. Reverenciemos su sabia y sublime voluntad. Con todo lo que dispone o permite que nos sobrevenga, tan sólo desea purgarnos, probarnos y confirmarnos así en la gracia; quiere sofocar al viejo hombre -nuestra naturaleza carnal-, santificar nuestra mente, fortalecer nuestra fe, incitarnos a la oración, a la humildad y a la sinceridad.
También quiere que despreciemos la vida seductora en la tierra y despertar nuestro anhelo por el cielo. Cuando entendemos estas sublimes y piadosas intenciones de Dios con respecto a todo lo que nos envía, alabémoslo y agradezcámosle humildemente por todo lo que nos pasa, y no olvidemos jamás esa palabra dorada, que permanece o cae con el propio Señor Jesucristo: “Aún los cabellos de vuestra cabeza están todos contados”.
Y si te consideras demasiado indigno de una gracia tan inmensa, escucha lo que se dice solemnemente en Ap.5:1-6 respecto a la indignidad de todas las criaturas ante Dios: “Nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aún mirarlo”. Pero San Juan no debía llorar por ello, porque había Uno, que era digno. Uno de los ancianos le dijo (v.5b): “¡No llores! He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro, y desatar sus siete sellos”. Y en seguida San Juan vio “un Cordero como inmolado” (v.6).
¡Ojalá esa visión penetre nuestras almas de tal modo, que siempre la tengamos presente! Entonces no olvidaríamos jamás que sólo el “Cordero que fue inmolado es digno”, ¡y que lo es por nosotros! Porque con toda seguridad no fue inmolado por su propia causa, sino por la nuestra.
Y gracias a este Cordero, también nosotros gozamos ahora de tanto valor ante Dios, que “aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados”, y que ni siquiera un sólo cabello caerá de nuestra cabeza, sin su voluntad.