24.Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.He.4:12
Un cuchillo filoso puede hacer mucho bien, si se lo usa adecuadamente. Pero si se lo usa mal, causa un daño igualmente grande. Así es también con la Palabra de Dios. Es un olor de vida para vida, o un olor de muerte para muerte.
La Palabra de Dios siempre produce un efecto, al entrar en contacto con nosotros. Su objetivo es producir un buen efecto y muchas bendiciones; pero también puede producir el efecto contrario. La luz del sol hace posible la actividad de los animales diurnos, pero enceguece a las aves nocturnas. El calor del sol ablanda la cera, pero endurece al barro. Así de diferentes son los efectos de la Palabra de Dios. Pensemos, por ejemplo, en los judíos. Aun antes de que viniera Cristo, ya estaban enceguecidos y endurecidos. Pero cuando Él vino, y la “Luz” brilló con toda claridad, ¡su ceguera, dureza y maldad llegó a ser mucho peor! ¡Y Judas, se hizo traidor! Es como para asustarse, si recordamos que Judas fue uno de los doce discípulos de Jesús. Había visto, oído y experimentado mucho de su bondad, pero lo había usado mal. No había oído correctamente las enseñanzas de Jesús.
Lo mismo sigue ocurriendo hoy en día. Hay personas que leen tanto la Biblia, que casi se la saben de memoria. Sin embargo, están dormidos y confiados en su pecado. Otros mantuvieron contacto con Cristo y con sus apóstoles, como Judas, pero perdieron la vida espiritual que la gracia infundió en sus corazones. Ya no se muestran agradecidos para con Dios y perdieron completamente el poder para llevar una vida santificada, aunque sigan en contacto con la Palabra. Algunos no sólo están espiritualmente muertos, como si nunca hubiesen oído una Palabra de Dios. ¡No! Son siete veces peores, como dice la Escritura (Lc.11:26). Cuando no se usa debidamente la Palabra de Dios, tampoco hay buen fruto.
¿Y qué significa usar la Palabra de Dios debidamente? Sólo hace falta recibirla como Palabra de Dios, con el temor, la humildad y la fe que las palabras del majestuoso Dios demandan. La Palabra de Dios no sólo se debe oír y aprender, sino también creer, guardar y obedecer. Si tenemos esa actitud ante ella, no seremos avergonzados. El primer abuso, y el más común y peligroso, es escuchar la Palabra predicada y retenerla solamente en el intelecto, sin comenzar a obrar de acuerdo a la misma. Así fue como Judas Iscariote quedó endurecido.
Por eso, tan pronto como nos demos cuenta de que debiéramos hacer o aprender algo, comencemos a hacerlo o aprenderlo inmediatamente. Tan pronto como vemos que debiéramos renunciar a un pecado, hagámoslo inmediatamente.
Porque al oír, sin hacer, sólo endureceremos nuestro corazón. Y el hacerla, el ponerla en práctica, debe suceder enseguida. Porque: ¿de qué vale la Palabra de Dios, mientras no se la observa? En ese caso, si no pensamos llevar a cabo lo que la Palabra nos demanda, también podríamos dejar de leer u oírla y entregarnos enteramente al mundo, al pecado o al diablo.
Es el camino directo a la perdición, si dejamos que otros aprendan y obedezcan la Palabra, pero nosotros mismos apenas la guardamos en el intelecto. Y si dices que no estás en condiciones de cumplir la voluntad de Dios, te pregunto: ¿Es que Dios te pide demasiado? ¿Son irracionales sus Mandamientos? ¿Acaso no es razonable que lo amemos sobre todas las cosas? ¿O que amemos al prójimo como a nosotros mismos? No pide más de nosotros. ¿Ya te has empeñado seriamente, con todas tus fuerzas, para cumplir la voluntad de Dios? ¿O te has esforzado muy poco hasta ahora? Sí, tal vez nos hemos quedado cómodos e indiferentes, decididos a seguir pecando, como si nada. ¿Y no es razonable, entonces, que Dios nos condene como la demanda su Ley? Si lo pensásemos seriamente y obedeciésemos la Palabra del Señor, comenzaríamos a obrar de acuerdo a la misma. O al menos trataríamos de hacerlo.
Entonces desaparecería el orgullo del impenitente. Nos levantaríamos del sueño del pecado y llegaríamos a un saludable sentimiento de culpa, y a desear una vida piadosa. Eso lleva a la eterna bienaventuranza. Porque cuando nos empeñamos inútilmente en superarnos por esfuerzo propio, descubrimos nuestra impotencia, y suplicamos por el Espíritu del Señor. Y por el Espíritu Santo recibimos la clara luz de lo alto, para comprender la Palabra de Dios.
Sin esa experiencia, seguimos siendo ciegos como piedras en cuestiones espirituales; inclusive los grandes teólogos y personas muy instruidas. Sin la iluminación del Espíritu de Dios nadie puede entender su Palabra. Lutero dice: “Cuando Dios nos dio su Palabra, dijo: La haré escribir y predicar claramente. No obstante, siempre dependerá de mi Espíritu que alguien la entienda”. Por eso también vemos que quienes se creen capaces de interpretarla por sí mismos, y se resisten a humillarse ante Dios, quedan en tinieblas.
Y así como despertamos espiritualmente al recibir la Palabra de Dios como tal, así también llegamos a la fe en Jesucristo. Eso ocurre cuando nos damos cuenta de que no podemos salvarnos a nosotros mismos de la desgracia del pecado, y cuando oímos las Buenas Noticias de la bondad inmerecida de Cristo. Apreciaremos este evangelio tanto, que esas buenas nuevas nos valdrán más que todas las objeciones y contradicciones que le pueda oponer nuestra mente. Luego dejaremos que la Palabra de Dios domine nuestra vida, por encima de nuestros pensamientos y sentimientos. Por eso, roguemos fervorosamente por el Espíritu de Dios, cada vez que vamos a oír o a leer la Palabra, sabiendo que así nunca la usaremos en vano.