24.El que creyere y fuere bautizado, será salvo.Mr.16:16
Si buscamos un pasaje bíblico que comprenda todos los gloriosos beneficios del santo Bautismo en términos breves, fuertes y aclaratorios, lo encontramos en Gálatas 3:27: “Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”. Dios nos ayude a comprender debidamente este hecho: “¡De Cristo estáis revestidos!” Miren, aquí está el secreto de la inconcebible pureza y la santidad que recibimos como obsequio al ser bautizados en Cristo.
Fuimos revestidos de Cristo. Ya no comparecemos más ante Dios en nuestra propia persona y justicia, sino en la persona y justicia de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo; de igual manera en que Cristo aquel Viernes Santo, el gran Día de la Expiación, se presentó ante su Padre, no con su propia persona y con sus méritos propios, sino en nuestro lugar, como el único pecador por todos los pecadores, llevando el pecado de todo el mundo en su propia persona.
En aquella ocasión representó a todo el mundo. Ahora, al ser bautizados en Cristo, quedamos revestidos de Él. Y ante Dios no se nos juzga por lo que somos nosotros mismos, sino por lo que es Cristo, que nos cubre. Lucimos ante Dios la blanca pureza, justicia y honra de Cristo. Esto es lo que significa “estar revestidos de Cristo”.
Todo lo que Cristo tuvo, todo lo que Él fue y todo lo que hizo por nosotros, nos fue transferido y dado cuando fuimos bautizados “en Cristo”. Porque de acuerdo a su piadosa voluntad, nuestro Señor Jesucristo incluyó toda la salvación y bienaventuranza eterna en ese Sacramento y depositó en el mismo todo lo que nos obtuvo con su redención. Eso dicen sus palabras acerca del Bautismo.
Por eso, todos cuantos son bautizados “en Cristo”, en seguida se revisten con todo lo que pertenece a la salvación y eterna bienaventuranza, o sea con Cristo y con todos sus méritos. De modo que todo lo que Cristo fue y es para nosotros, es tan enteramente nuestro como si fuese parte de nuestras personas. Y lo que nuestro Señor Jesucristo hizo en nuestro lugar es tan plenamente nuestro, como si nosotros mismos lo hubiésemos hecho. Solo porque fuimos revestidos de Cristo.
¿Y qué es Cristo? Ante todo, pura inocencia y justicia, por lo que también nosotros somos pura inocencia y justicia. ¿Por nuestro propio mérito? ¡No! Solamente por los méritos suyos. Pues, “al que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. (2 Co.5:21). Más aún: Jesucristo tiene una personalidad amable y maravillosa, de manera que el Padre se complace en Él. Es el Hijo unigénito de Dios, y el heredero del Reino. Por eso, nosotros somos los hijos de Dios, herederos de Dios y coherederos con Cristo. Así entendemos la causa por la cual los discípulos estaban totalmente “limpios” (Jn.13:10). Ahora entendemos el texto de Ro.8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Eso es: Aunque todavía viven en la carne, y en su cotidiano peregrinaje se adhiere mucha impureza e imperfección en sus pies, nada de todo eso les puede condenar, pues fueron revestidos de Cristo, para que no sean incriminados ni juzgados de acuerdo a lo que son en sí mismos, sino de acuerdo a lo que es Jesucristo. Ahora también entendemos por qué el profeta anunció: “Este será su Nombre, con el cual lo llamarán: Jehová, Justicia nuestra”(Jer.23:6).
Quien entiende este secreto, sabe algo realmente importante. Ha escapado completamente del dominio del diablo y ha colocado un fundamento inamovible para una verdadera paz divina en su corazón. Pero quien no entiende o no quiere entender este secreto, todavía no comprende correctamente el Evangelio, y no puede instruirse a sí mismo ni a otros. Sin conocer este secreto, tampoco puede hallar paz en toda su vida, ni la verdadera santificación.
Este conocimiento de la salvación por la fe es esencial para una buena relación con Dios y con el prójimo; y también para alcanzar una paz saludable y bien fundamentada en el corazón.
Cuando esta verdad se instala en el corazón de una persona, y ésta ya no se presenta ante Dios con su propia ropa inmunda, sino que se ha revestido de Cristo, se da cuenta que con Él es limpio, hermoso y agradable a los ojos de Dios. Puede estar seguro de que sus pecados, que le causan tanto horror y pena, jamás le serán imputados. Así llega a ser una nueva criatura, que se avergüenza de todos sus esfuerzos propios, de su piedad y de su impiedad. Jesucristo, sólo Cristo, llega a ser su “todo en todo”, tanto para su justificación como para su santificación.
En efecto: llega a ser el centro de su vida y de sus pensamientos. Entonces lo ama a Él y a su santa providencia; se complace en dejar su mundo anterior, su antigua vida de pecado y vanidad. Ahora quiere seguir contento a su Señor y servirle en eterna justicia, inocencia y bienaventuranza. Para esto deposita toda su esperanza en Él, y ora confiadamente: “Querido Señor Jesús: ¡Toma todo mi corazón, y límpiame! ¡Sojuzga mi naturaleza carnal!” .
Esto es lo que el Bautismo produce y simboliza en nosotros, por lo que el apóstol lo llama: “El lavamiento de la regeneración y la renovación en el Espíritu Santo”(Tit.3:5).