24.Alégrese Jehová en sus obras.Sal.104:31b Normalmente, amamos lo que nosotros mismos hemos hecho. También Dios ama mucho sus obras, que son bellas y perfectas. Es muy reconfortante pensar en ello. ¿O acaso Dios no está satisfecho con lo que Él mismo ha hecho? Sin duda, Él se complace en sus propias obras. ¿Pero cuáles son? ¿Y dónde están? ¿Es el diablo en el infierno una criatura suya? ¡Dios nos libre y guarde! El diablo es el responsable de su presente estado. ¿Son los ángeles en el cielo obra de Dios? En un sentido sí, pero en otro sentido no. Porque si bien Dios los creó al principio, ellos mismos conquistaron su gloria y ganaron sus coronas como resultado de una lucha (Ap.12:7). ¿Son los fariseos santurrones, con sus méritos y virtudes, obra de Dios? ¡Nunca jamás! Ellos son el resultado de su propio orgullo y vanidad. ¿Y entonces, cuáles son y dónde podemos encontrar las obras del Señor, que son su deleite?
Están ahí, donde un pobre publicano se da golpes en el pecho y suspira: “¡Dios, sé propicio a mí, pecador!” (Lc.18:13). Donde un Bartimeo ciego a la vera del camino clama: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Mr.10:47). Donde una mujer cananea no pretende ser más que un perrillo, y lucha por obtener “migajas” de la piedad de Jesús (Mt.15: 27); y donde una María Magdalena arrepentida y creyente lava los pies de Jesús con sus lágrimas, y los seca con sus cabellos (Lc.7:38). Donde un apóstol Pablo exclama lleno de gozo: “¡Fui recibido por Dios con misericordia!” (1 Ti.1:13); donde un Asaf pregunta lleno de fe: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Y fuera de Ti nada deseo en la tierra” (Sal.73:25). Y donde un Simón Pedro comienza a desconfiar de sí mismo y le dice humildemente al Señor: “Señor, Tú lo sabes todo; ¡Tú sabes que te amo!” (Jn.21:17).
Sí, donde ocurren tales cosas; donde corazones endurecidos como piedras son transformados en blanda arcilla en las manos de Dios; y rostros duros como el acero quedan maleables como la cera, en la que Cristo puede imprimir su imagen… allí están sus obras, en las cuales Dios se deleita. Ahi donde almas que jamás preguntaron por el Señor, comienzan a sentir sed del Dios vivo (Sal.42:2); cuando el corazón lo busca a Él como el cuerpo sediento al agua fresca (Sal.42:1;Jn.7:37); donde los que se creían justos rechazan su justicia personal, y los que se creían sabios comienzan a reconocer su ignorancia (1 Co.1:19ss); donde pobres pecadores comienzan a llorar a los pies de Jesús (Mt.5:4), y donde malhechores condenados se animan a invocarlo para que Él los defienda contra el Acusador (Lc.23:42)… ¡ahí están sus obras!
Y donde están sus obras, está su deleite. Su deleite está, entonces, entre los hijos de los hombres, entre los pobres pecadores penitentes y creyentes. En éstos se complace. Sobre éstos se deleitan sus ojos, como se deleita un amante de la naturaleza ante un hermoso paisaje; o como se deleita el dueño de una viña a la vista de las vides cargadas de racimos. Así se deleita el Señor en el “huerto” que plantó en la tierra con su sangre redentora y con su Espíritu. Sus ojos se deleitan al ver la nueva vida espiritual en un pecador. ¡Y no se cansa de mirarla!
Puede ser que alguien piense: “Eso vale para las almas piadosas, pero no para mí ni para las personas que son como yo. ¡Porque yo soy un abominable pecador!” ¿Pero qué estás diciendo? ¿Acaso Dios ama sólo tu “piedad”, ¿y se complace sólo en tus buenas obras? ¿Desecharás esta verdad tan consoladora, que “Jehová se alegra en sus obras”? …¿que fuimos aceptados por Él por medio su amado Hijo, y no por nuestra propia justicia? (Ef.1:6).
Otro puede preguntarse: “Dentro de mí encuentro tanto pecado e inmundicia. ¿Será ésa la obra del Señor? Respondo: Que encuentres pecado e inmundicia dentro tuyo es efectivamente obra del Señor; no el pecado y la inmundicia misma, pero sí el que lo veas y lo sientas en tu vida. Esto no es un conocimiento natural ni es obra del diablo. El engaño de la serpiente: “Seréis como Dios” invadió nuestra naturaleza humana con egoísmo idólatra (Gn.3:5b). Por eso, un espíritu humano contrito y humillado es tal obra divina, que le causa alegría a Dios y a sus santos ángeles. Es la obra del Señor, que lleva a sus hijos e hijas perdidos de vuelta a los brazos del Padre celestial; que dirige al pecador al trono de gracia, para que se cubra con la justicia de Cristo, que es “la mejor vestimenta” (Lc.15:22). ¡Ahí está el deleite y la alegría de Dios!
Quien está revestido de Cristo es santo y glorioso ante Dios, aun cuando en sí mismo, y ante sus propios ojos, todavía es un abominable pecador.