24.Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.Ro.5:1
¡Este es el secreto y el profundo fundamento de la extraña paz de los cristianos! Aquí también se revela lo que falta en los corazones carentes de paz. El apóstol no dice: -Somos justificados porque somos como debemos ser, tan piadosos y buenos como Dios manda.
¡Escucha bien, alma mía, que buscas la paz con tus buenas intenciones! Por cierto, está muy bien y es más importante que cualquier otra cosa, que trates seriamente de vivir de acuerdo a tu fe; que ores mucho y lo hagas sinceramente; que escuches y leas atentamente la Palabra de Dios; que luches honestamente contra el mal y sigas haciendo buenas obras. Pero si quieres salvarte con todo eso, no alcanzarás la paz ni podrás estar segura de tener la aprobación de Dios.
Siempre estarás intranquila y temerosa. Y la verdad es que hay motivo para ello, porque puedes ser condenada a pesar de toda tu rectitud. Hace falta algo muy superior para comparecer ante el santo Dios y escapar al fuego de su Juicio. Eso te lo dice también tu conciencia. Hace falta algo más que la rectitud de todos los rectos y que la santidad de todos los santos. ¡El apóstol se refiere nada menos que a la muerte de Cristo, el Hijo de Dios! Hace falta que uno se haya revestido de Cristo, por la fe en Él; que haya sido justificado por la fe, y tenga paz con Dios por medio de nuestro Salvador.
Es necesario que tu corazón tenga esa seguridad, de tal forma que puedas decir con toda confianza: “¡Cristo murió por mí, por mí! En eso me apoyo, no en el hecho de que yo sea recto, religioso y consagrado. Confío en Cristo, Él es realmente piadoso, santo y perfecto. Deposito mi confianza en Él, que ha hecho por mí ambas cosas: Ha guardado perfectamente la Ley y ha sufrido el castigo por mis pecados, la condenación y la muerte. Eso ocurrió por mí. Y es una satisfacción completa por mis culpas. ¡Es suficiente, eternamente suficiente! En eso confío”.
La razón por la que tanta gente jamás tuvo verdadera paz, es que pretendió volverse justa y ser salva por su propio esfuerzo. Pero si eso sería posible, Cristo habría muerto en vano. Es evidente que esas personas todavía no concibieron la verdadera fe. Existe una gran diferencia entre una fe y otra.
Es posible que esas personas hayan aprendido la doctrina de Cristo y de la reconciliación correctamente, y que la hayan aprobado. Luego, como no dudaron de la doctrina, pensaron que realmente tenían la fe salvadora. Pensaron: “Es cierto que los méritos de Cristo son suficientes. No hace falta agregar nada. Pero la falta está conmigo. Hay cosas en mí que deben cambiar. Debo mejorar en esto y aquello primero; recién después podré estar seguro de mi salvación”. Y así se desviaron inadvertidamente de Cristo y volvieron a poner la atención en sí mismos, para su propio perjuicio. ¿Cómo van encontrar de esa manera la paz y conservar la fe salvadora?
La propiciación ofrecida por Cristo fue totalmente eficaz y es cierto que la falta está solamente contigo. Pero no entendiste que la falta contigo era tan grande, que no la puedes reparar por tus propios medios, ni con el mayor esfuerzo. No entendiste que jamás podrás eliminarla por ti mismo, antes bien, debes desesperar de ti mismo y de todo tu esfuerzo por lograr tu santificación ¡y buscar tu salvación únicamente en Cristo! No hallaste la paz porque creías que primero tenías que hacerte digno de ella. No entendiste ni creíste lo perdido que estabas ni cómo Cristo te rescató y reparó todo. Comprendiste que eras un gran pecador, pero no que eras un pecador totalmente perdido. Y en cuanto a Cristo, creíste que vino a salvar a grandes pecadores, pero no a un pecador como tú. Estas son las razones más comunes por las que las personas afligidas no encuentran paz.
Por otro lado, también están los que se quedan tranquilos, aunque todavía se aferran a algo que les resulta más atractivo que la gracia de Dios. Tienen ídolos o pecados favoritos, a los que no quieren renunciar. En ese caso es saludable que no encuentren la paz de conciencia…
Para encontrar esa paz, la paz de Dios, se requiere primero que nada nos sea más importante que la gracia de Dios, y que no nos demos por satisfechos antes de tener la seguridad de haberla hallado.
En segundo lugar, necesitamos desesperar de nosotros mismos, de todas nuestras iniciativas, sacrificios y méritos con los que pretendemos ganarnos la paz de Dios; y tal como somos, pecadores indignos y perdidos, busquemos nuestra salvación únicamente en Cristo.
En tercer lugar, es esencial que no esperes sentir la seguridad en tu interior, o una señal en tu corazón. Tienes que escuchar lo que Dios te dice, en su Palabra escrita, y solamente en la Palabra.
Si suspiras diciendo: “¡Ah, ojalá pudiese creer en Cristo como mi único y suficiente Salvador…! ¡Cómo quisiera tener la seguridad de que sus méritos me justifican también a mí! ¡Quisiera confiar sólo en su Palabra y no en mis sentimientos! ¡Ah, si tan solo pudiese creer!”…, eso quiere decir que la fe salvadora ya fue encendida. Con toda seguridad, no quedarás sin la confirmación de la gracia. Obtendrás la paz. Dios mismo se ocupará de ello.