24 de diciembre 2026

    24.Y aquel Verbo fue hecho carne.Jn.1:14

    ¡El Verbo eterno fue hecho carne! El eterno Hijo de Dios se hizo verdadero hombre, pero no un ser humano pecador, como todos los demás que hemos nacido de una mujer. Él también nació de mujer y es verdadero hombre; el eterno Hijo de Dios se humilló a sí mismo, asumiendo la naturaleza humana.

    Las primeras páginas de los santos evangelios nos cuentan acerca de sus antepasados, llegando hasta Adán. El Hijo de Dios se convirtió en nuestro pariente, en un familiar “semejante en todo a sus hermanos”, “pero sin pecado” (He.2:17; 4:15). ¡Qué inmenso es el amor de Dios! ¡Qué manera tan extraña y misericordiosa ha elegido para salvarnos!

    Nuestra razón es incapaz de comprender el misterio de la venida al mundo del Hijo de Dios, para convertirse en un ser humano como nosotros. Pensamos: “¿Será cierto? ¿Es eso posible?” No lo entiendo, pero tampoco puedo dejar de pensar en ello. Mis pensamientos están atrapados en una red de incógnitas, pero no puedo negar las evidencias. Y esta doctrina es tan importante, que toda la religión cristiana cae o se sostiene en ella. También está directamente relacionada con nuestra salvación y bienaventuranza eterna.

    A nosotros, pobres seres humanos caídos en la desgracia del pecado, nos parece demasiado que el Hijo de Dios nos hubiese querido tanto, y nos concediera el honor de convertirse en uno de nosotros, en nuestro pariente. Es algo tan maravilloso, que no lo podemos comprender del todo.

    Pero esta piedra de tropiezo es demasiado pesada como para que yo la arroje fuera. Una incontable multitud de testigos declara que el Verbo se hizo carne.

    Para comenzar, una larga cadena de profecías. Luego, cuando llegó el tiempo debido, el cumplimiento cabal de todas esas profecías. ¿Puedo rechazar al Prometido, en quien se cumplieron tantas profecías? ¿“La piedra que desecharon los edificadores, y que ha venido a ser cabeza del ángulo?” (Mt.21:42).

    ¿Debo tratar de arrojar afuera esa piedra? ¿Puedo negar lo que mis propios ojos ven acerca de Su reino en este mundo? ¿Puedo negar lo que personalmente he recibido de parte de este fiel Señor? ¡De ninguna manera! Él es el Dios viviente y omnipresente, que fue revelado en la carne. “Nadie conoce al Padre, sino el Hijo” (Mt.11:27).

    Pero entonces, ¿puedo creer que Dios se hizo humano? Es algo demasiado glorioso, pero es la eterna y divina verdad, más allá de lo que nuestra mente puede comprender.

    ¡Sí, alabado sea Dios porque no la podemos comprender! Eso significa que no tenemos un “dios pequeño”, que podemos comprender con nuestra mente tan limitada. ¡Dios nos libre de creer en un “dios” que no supere nuestra comprensión!

    El problema es que nuestra mente limitada y caída en desgracia no puede guardar este inmenso tesoro de alegría. Si yo pudiera conservar viva esta verdad en mi corazón todo el tiempo, -que el Hijo de Dios es mi hermano-, no desearía nada más. Tendría suficiente bendición, tanto para esta vida como para la eternidad. Esto no daría lugar a ningún pensamiento triste en mi corazón. Porque él estaría todo el tiempo fervoroso de tanta alegría. Pues, si la pobre humanidad caída en pecado recibió tal honor, -que el Hijo de Dios se hiciera uno de nosotros y se declarara nuestro hermano-, ¡entonces no quiero saber nada más! ¡Los seres humanos fuimos exaltados por encima de los ángeles y potestades!

    Ahora podemos decir que las terribles consecuencias de la caída en el pecado, fueron ampliamente compensadas. Ahora, es un honor ser un hombre humano. Así es, y hasta los ángeles tienen razones para decir: “¡Oh, cómo quisiera ser hombre!” Acertadamente Lutero dijo: “Ahora que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, deberíamos amar y alegrarnos sinceramente por todo lo relativo a la humanidad, y jamás deberíamos volver a sentir rechazo por ningún ser humano”.

    Para hallar consuelo y ánimo ante las adversidades de la vida, los creyentes deberían vivir más intensamente esta verdad. Tienen que orar pidiéndole a Dios que les dé entendimiento, para que puedan comprender mejor este misterio y exclamar llenos de alegría: ¡Ahora no necesito nada más! Si el Hijo de Dios ha llegado a ser mi hermano, puedo ver que el amor de Dios a la humanidad es más grande de lo que suelo pensar normalmente.

    Las cosas no son como parecen a veces, -que Dios no se interesa por nosotros. No, si no que seguramente habrá un buen motivo para que a veces parezca que no le importamos nada a Él.

    Publicado por editorial El Sembrador